YO, TONYA

El ascenso y la caída en desgracia de la patinadora artística Tonya Harding es una historia de sobra conocida en los Estates. Así como lo fue el asesinato que se narró de forma cruda e inquietante en “Foxcatcher”, fueron carne de análisis y entrevistas en la televisión americana durante un amplio periodo y, aunque seguramente llegó al resto del mundo, no ha permanecido de la misma forma en la memoria colectiva.

La historia de Tonya no es graciosa, en absoluto. Creció en el seno de una familia pobre y vivió en una caravana. Su padre las abandonó a ella y a su madre cuando era pequeña y su madre parecía haberse olvidado su empatía y sus sentimientos en el bolsillo de otro pantalón. Se emparejó con un tipo con la mano muy larga y se rodeó en exceso de colaboradores que lucían con orgullo su estupidez y su carencia de escrúpulos. A pesar de sus evidentes dotes físicas para el patinaje, los jurados tendían a puntuarle por debajo de lo merecido por sus maneras poco femeninas y por su fuerte personalidad fuera de la pista y aún así consiguió llegar a lo más alto de la disciplina siendo la primera mujer estadounidense en realizar un triple Axel.

Por si fuera poco, en lo más alto de su carrera, a punto de viajar a las olimpiadas para representar a su país, se vio envuelta en el escándalo que la dio a conocer a todo el mundo y que supone el punto de partida del título que hoy encabeza este post: alguien golpeó con saña la pierna de su más directa competidora, Nancy Kerrigan y todo indica que la orden procedía del entorno de Harding, aunque ella siempre negó su conocimiento.

A partir de entonces, la patinadora se convirtió en un chiste recurrente y blanco de la ira de la sociedad americana.

Como vemos, esto podría haber dado para un drama, para un thriller y para una mezcla de ambos, sin embargo el director Craig Gillespie (responsable de la poética “Lars y una chica de verdad” o del remake de “Noche de miedo”), el guionista Steven Rogers (no el mítico Capitán América, sino el escritor de películas que disparan a la emoción del espectador como “Quédate a mi lado”, “Kate & Leopold” y “Postdata: te quiero”) y la actriz australiana Margot Robbie, que no necesita presentación, en calidad de protagonista y productora, han decidido biografiar la carrera de la patinadora alternando el sufrimiento con mucho humor y les ha salido una delicia de película.

Desde el inicio de la cinta se muestra el tono de falso documental y pone en duda la versión mostrada aclarando que las imágenes parten de entrevistas “libres de ironía, salvajemente contradictorias y totalmente verdaderas con Tonya Harding y Jeff Gillooly” (sic). Efectivamente, Tonya Harding, encarnada como hemos dicho por Robbie y Jeff Gillooly, su marido en aquella época aciaga, interpretado por Sebastian Stan, muy alejado del Soldado de Invierno que le dio a conocer, se sientan frente a la cámara y tratan de justificar sus actos, echar balones fuera o, directamente, inculpar a otras personas.

A lo largo de la peli se rompe en más de una ocasión la cuarta pared poniendo de relieve que aquello continúa siendo un relato en primera persona plagado de contradicciones y no la narración fidedigna de unos hechos y esta implicación que toma la película le sienta como dedo al culo.

Comienza con una niña que pierde a un padre al que idolatra y se debe resignar a vivir con una madre muy hija de puta con la firme determinación de convertirla en una estrella del patinaje y en todo momento trata de sintonizar al público con ese juguete roto, esa muchacha de modales masculinos y de titánica fuerza, tanto mental como física, que es vapuleada por todo aquel que se cruza en su camino y que, aún así, consigue escalar en un mundo deportivo que la repudia.

El relato funciona como un tiro durante prácticamente todo el metraje salvo, quizá, un tercer acto que a mí se me alargó demasiado, que se dedica a atar cabos innecesariamente cuando está ya todo el pescado vendido. Y funciona, en gran parte, gracias al genio de dos actrices brutales.

Por un lado, Margot Robbie, una intérprete que se está especializando en diferentes matices del chonismo, desde el glamouroso de “El lobo de Wall Street”, pasando por el sexy macarra de “Escuadrón suicida” hasta éste cargado de testosterona, que consigue que el espíritu de Tonya Harding le posea sin tener nada que ver físicamente, a través de continuos cambios de maquillaje que la desfavorecen y de un lenguaje corporal y una dicción muy barriobajeros. Por no hablar del entrenamiento exhaustivo al que se vio sometida para lograr ejecutar ella misma una gran parte de las figuras sobre el hielo, salvo los saltos más complicados.

Por otro lado, una Allison Janney componiendo una progenitora salvajemente despiadada, de rostro continuamente avinagrado y total carencia de sentimientos que, a la postre, ha logrado, de manera muy merecida, hacerse con el ansiado Oscar.

Ellas son el corazón de la película y consiguen, ayudadas por el tono y una dirección muy dinámica, que nos identifiquemos con este personaje maltratado por la vida que pelea, a su manera, por salir adelante a pesar de las hostias continuas, tanto físicas como metafóricas.

Ya lo dice la propia protagonista en el film: “No hay tal cosa como la verdad. Cada uno tiene su propia verdad”.

Di que sí, Tonya.

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