YEARS AND YEARS

En estos tiempos de crispación continua, de políticos incapaces y de votantes que siguen como corderitos soflamas vacías recubiertas de épica, en estos años de falta de empatía, de escalada constante del odio entre semejantes, de disputas familiares en nochevieja, de cuñadismo continuo, de desencanto político, en esta época en la que triunfa el eslogan sobre el razonamiento, la última serie de Russell T. Davies para la BBC se erige casi como una profecía. O tal vez como una advertencia ante un posible futuro que cada vez se antoja más plausible.

Ninguno de los giros argumentales que acompaña a la familia Lyons es descabellado. Quizá nos lo hubiese parecido hace unos años. Quizá las cosas, antes, eran diferentes, quizá aún teníamos alguna capacidad crítica y ganas de trabajar por un mundo mejor. O quizá, también es posible, éramos más inocentes y aún no nos habíamos dado cuenta de quienes eran los buitres que manejaban los hilos de la economía y de la política. Quizá éramos demasiado jóvenes, como sociedad, para leer de forma adecuada las infames reglas que regían este mundo.

«Years and years» sigue a una familia de clase media británica desde hoy en día hasta el año 2035, a lo largo de seis episodios que dibujan, a través de su mirada, los cambios globales, sociales y políticos, en los que nos podríamos ver sumidos durante los próximos 15 años. Comenzando por los dislates del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, por la crisis de refugiados y por el asentamiento de la extrema derecha en Europa e imaginando, a partir de ahí, dónde podemos acabar.

Con un cruce entre «Black mirror», con esos pequeños pero significativos adelantos tecnológicos, la sátira política y social y el drama familiar, Davies nos agarra por el cuello de la camisa y nos avisa de dónde nos estamos metiendo. En un preciso momento, de forma clara y contundente por boca de la matriarca de la familia:

«Cada pequeña cosa que ha ido mal, es culpa vuestra. (…) Podemos sentarnos aquí todo el día culpando a otros. Culpamos a la economía. Culpamos a Europa. A la oposición. Al clima. Y luego culpamos a esas vastas oleadas de historia, ya sabéis, escapan a nuestro control, como si fuésemos indefensos y pequeños y diminutos. Pero aún así, es culpa nuestra. Todos sabéis por qué. Es esa camiseta de una libra. Una camiseta que cuesta una libra. No nos podemos resistir. Ninguno de nosotros. Vemos una camiseta que cuesta una libra y todos pensamos: oh, es una ganga. Tengo que tenerla. Y la compramos. Y el vendedor consigue cinco miserables céntimos por esa camiseta. Y a algún pequeño campesino, en un campo, le pagan 0.01 céntimos. Y pensamos que está bien. Todos nosotros. Y entregamos nuestra libra y compramos el sistema, de por vida.

Vi que todo iba a peor cuando empezaron, en los supermercados, cuando reemplazaron a todas las mujeres en las cajas registradoras por aquellas cajas automáticas. (…) No hicimos nada, ¿verdad? Hace veinte años, cuando las primeras fueron despedidas, ¿os fuisteis de allí? ¿Escribisteis cartas de reclamación? ¿Comprasteis en otro lugar? Nooooo. Soplasteis y resoplasteis pero tragasteis con ello. Y ahora todas aquellas mujeres han desaparecido y somos nosotros quienes dejamos que pasase. Y creo que nos gustan, esas cajas automáticas, las queremos, porque de esa manera podemos pasar con nuestro carro, recoger nuestra compra y no tenemos que mirar a aquella mujer a los ojos. Aquella mujer que cobra menos que nosotros. Se ha ido. Nos hemos deshecho de ella. Despedida. Bien hecho. Así que sí, es culpa nuestra. Éste es el mundo que hemos construido. Felicidades. Brindemos.»

Es imposible no vernos reconocidos en estas palabras. Las injusticias continúan produciéndose a nuestro alrededor, vemos como las empresas se deslocalizan, se reducen plantillas, se incentivan las grandes empresas mientras el pequeño comercio desaparece, todo en aras de una economía suicida, de la promesa de un absurdo crecimiento infinito mientras nos vamos dejando guiar por los intereses y la avaricia desenfrenada de una minoría.

Sin embargo, tenemos suerte. Tenemos nuestro trabajo, nuestras suscripciones a Netflix y HBO, nuestras vacaciones, nuestra burbuja de confort y pensamos que lo que le pasa a la cajera, no nos va a pasar a nosotros. El mundo es así y hay que adaptarse o perecer. Y mientras todas las cartas de reclamación y todas las manifestaciones son desechadas por la comodidad de nuestro sofá, el mundo se va a la porra.

Los presos independentistas, se lo han buscado. El cambio climático, ya habrá tiempo de revertirlo. Las guerras en Oriente Medio, nos quedan muy lejos. Los migrantes, que no se hubieran hecho al mar si sabían a lo que se exponían. La sanidad, lo público está fatal y no funciona. Las subvenciones, siempre van a los mismos y son un timo. La violencia machista, son unos pocos desgraciados, eso no podría pasarme a mí.

Sin embargo, Russell T. Davies nos da un resquicio para la esperanza. Siempre estamos a tiempo de despertar, de mirar alrededor y ver en qué nos hemos convertido para darnos cuenta de que somos muchos más que ellos. De que la concordia, la empatía y la humanidad pueden imponerse sobre el extremismo, el odio y la intolerancia.

Sólo tenemos que levantar la vista y mirarnos a los ojos. Dejar las banderas, las soflamas y los mensajes que intentan separarnos a un lado, dar un golpe en el tablero y cambiar las reglas, a mejor.

Davies aún cree que estamos a tiempo. El problema es si nosotros mismos lo creemos.

One thought on “YEARS AND YEARS

  1. Solo digo una cosa: ojalá que estemos a tiempo.

    P.S.: Porque yo veo la cosa negra, muy negra. Pero aún así no dejo de ir a una manifestación siempre que puedo, he optado por la banca ética, estoy intentando usar el menor plástico posible comprando a granel y usando bolsas de tela, también me he unido a una cooperativa de energías renovables, muy raramente compro en Amazon y, también, siempre que voy a un hipermercado hago cola para que me atienda una cajera… Todavía me queda mucho por hacer.

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