WHITE GOD

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La idea generalizada es que el perro es el mejor amigo del hombre y, desde luego, el amor incondicional y sin límites que sienten por sus amos es digno de estudio pero, ¿esta relación es recíproca?

Viendo la cantidad de perros abandonados, creo que podemos convenir, sin discutir demasiado, que no. Y si ya hay homínidos que no sienten especial simpatía por sus propios compañeros caninos, no digamos la mezcla de miedo, desprecio e indiferencia de gran parte de la población hacia el resto de perretes del mundo.

Somos una raza bastante destructiva. Nos masacramos entre nosotros con facilidad, sin apenas cargo de conciencia, así que cuesta poco imaginarse que la preocupación hacia otras formas de vida la tenemos más bien limitada.

Está claro que estoy generalizando. Ahora que convivo con un compañero de piso cuadrúpedo y nos estamos habituando a nuestra presencia, conociéndonos y aprendiendo el uno del otro, puedo asegurar desde ya mismo que jamás se me ocurriría hacerle daño o abandonarle. Tampoco me mola el sufrimiento humano, la verdad. Y estaría dispuesto a apostar a que la mayoría de la gente que me rodea tiene una capacidad empática alta, tanto hacia sus congéneres como hacia el resto de habitantes del planeta (excepto las avispas, con las avispas me llevo mal). Aunque a veces tiremos de humor negro, somos buena gente, de verdad, señoría.

Desde Hungría, nos llega una propuesta en forma de peli en la que se teoriza sobre qué es lo que pasaría si los perros se cansasen de ser vapuleados, maltratados, utilizados, abandonados y apaleados e iniciasen una vendetta contra sus vecinos bípedos. Esto es lo que le pasa a Hagen, un perro mestizo que se ve, de repente, abandonado por su dueña, obligada a ello por un padre déspota y ligeramente bipolar.

A partir de aquí, el colega Hagen se encontrará con humanos a cada cual más cabrón para acabar decidiendo que se acabó eso de ser el mejor amigo, mientras la adolescente que solía acariciarle, pasearle y mimarle, lo busca de forma desesperada mientras se cruza con un puñado de adultos también muy gilipollas.

La peli, que arranca con un punto de partida interesante, se desarrolla de forma pausada (a veces demasiado para mi paciencia) convirtiéndose poco a poco en una suerte de reverso tenebroso y un pelín gore de telefilm de Disney, con animalejos simpáticos y muchacha rebelde que se ven rodeados de personas odiosas.

Desde luego, los dos personajes más cuidados y creíbles son Hagen (el cánido) y Lili (la joven trompetista dueña de Hagen). El resto son un puñado de clichés, aprendices de Cruella de Vil, con giros más locos que los de la BatMoto del Caballero Oscuro. Una caterva de malosos que tienen de empatía lo que LeBron James de humildad, con lo que es difícil llegar a entrar del todo en el juego propuesto por su director y guionista Kornél Mundruczó.

A pesar de esto y de alguna que otra trama totalmente prescindible (el incidente de la discoteca, sin ir más lejos), el film tiene momentos muy destacables, la mayoría de ellos protagonizados por el binomio protagonista. El colega canino actúa mejor que muchos actores de sueldos millonarios y la actriz protagonista, Zsófia Psotta, es achuchable a tiempo completo, desprendiendo una naturalidad y frescura admirables.

Por cierto, como anécdota, es curioso estar viendo una película con la continua sensación de Déjà vu de tener delante a una antigua compañera de carrera. Menuda, con expresivos ojos claros, cara aniñada y estudiante de música, la chiquilla parecía un clon de la imagen mental que tengo de mi ex-compi de clase, que podría estar algo distorsionada, ya que hace eones que no la veo.

Así que, aprovecho y saludo desde Nunca Jamás: hola Tenea, ¿que pacha?

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