WHIPLASH

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En realidad, hemos visto la historia decenas de veces. No dejamos de escuchar referencias a “El sargento de hierro”, “Cisne negro” y “La chaqueta metálica” y, sin embargo, a mí me vino a la cabeza una de mis películas favoritas, el ascenso meteórico de un chaval con una mente prodigiosa para el ajedrez. Aquella “En busca de Bobby Fisher” tenía también un profesor calvorota, aunque menos cabrón, un protagonista joven, aunque mucho más y unos padres preocupados, aunque más presentes en el relato.

Sin embargo, cuando la ajedrecística ponía la nota en las relaciones personales del niño y cubría a todos los personajes de buenismo, “Whiplash” se centra en la relación entre el prota y su batería y construye un profesor sin apenas resquicio a la bondad, obsesionado por descubrir al nuevo Charlie Parker del jazz y juega sus bazas en un montaje asombroso, eléctrico e intimidante.

La mirada del joven director, Damien Chazelle, se centra en tres vértices muy definidos: alumno, profesor e instrumento y todo lo demás es secundario y aparece desenfocado. El resto de compañeros de la universidad y su posible rivalidad, la preocupación de un padre sin la pasión del hijo, el interés romántico de Andrew, cualquier otro componente que no esté entre la mirada acerada del maestro, las llagas sangrantes del aspirante a baterista y la piel estirada de los tambores, aparece por la película sin nervio, de forma casi plácida.

Por eso, cada vez que los ritmos alocados de las baquetas se entremezclan con los gritos de ese monstruo escénico que es J. K. Simmons y las perlas de sudor de Andrew aparecen en pantalla, nos agarramos de nuevo a la butaca. Nuestra parte sádica quiere ver cuánto más puede aguantar la mente de Andrew sin colapsar, cuánto más puede estirar la goma ese músico frustrado que descarga su desencanto contra sus alumnos, hasta dónde puede llegar el genio guiado por una rítmica bofetada.

“Whiplash” es una de esas películas que hubieran quedado en el olvido si no fuera por la presencia de uno de esos duelos actorales que dejan huella. Por un lado, el ya mencionado J. K. Simmons, que ya había superado el nivel de secundario que a todo el mundo suena pero nadie sabe cómo se llama. Un tipo camaleónico en el que ya nos habíamos fijado en la trilogía de Spiderman de Raimi, las pelis de Jason Reitman o las de los hermanos Coen. Ese actor de reparto que todo el mundo quería tener, al que sólo le faltaba un papel protagonista con visibilidad para dar el gran salto.

Por otro, Miles Teller, que se planta delante del genio y se dispone a recibir hostias y absorber talento a partes iguales. Que resiste los planos generales en los que aporrea platillos como si hubiese nacido con una batería debajo del brazo y que logra que nos identifiquemos y angustiemos con su obsesión por lograr entrar en el hall of fame del jazz.

Por ello, es curioso cómo pensando en frío, la película parece tener muy poca chicha argumental. Una idea central condenadamente potente y poco más. Aún así, aunque no seas un fan del estilo musical, aunque no distingas entre una buena batería y un ritmillo preprogramado en el teclado Casio, es muy difícil no sucumbir al duelo y salir de la sala con la sensación de haber asistido a algo grande.

Patapám, pssssss.

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