VICTORIA

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Mucho se ha hablado, a raíz de esta película, sobre si el continente debe condicionar al contenido o debe ser al revés, sobre si la espectacularidad de un brutal plano secuencia real de 140 minutos se cierne alrededor de un argumento demasiado simple, sobre las irreales decisiones de unos personajes que parecen mecerse al ritmo de la irracionalidad y demás disquisiciones filosóficas.

Es cierto que el formato condiciona el visionado, pues uno no puede parar de maravillarse ante la construcción de esta película alemana con protagonista española, sin embargo, la decisión de que la cámara siga en todo momento cada acción y decisión del personaje que da nombre a la cinta nos hace partícipes de tal manera de la historia que uno acaba atrapado de forma irremediable y agotado ante tanta carrera, tanto ir y venir y tanto giro afortunado. Así que, me resbalan las discusiones del primer párrafo. Lo importante, en este caso, es que la zambullida en la noche loca de Victoria y sus nuevos colegas es un viaje brutal.

Sebastian Schipper tenía en mente una historia nocturna con protagonista española y en Barcelona conoce, a través de un casting, a Laia Costa. En menos que dura un plano de acción de Michael Bay, Laia se ha trasladado a Berlín para vivir tres meses repletos de improvisaciones sobre un esquema muy básico: una chica solitaria y extranjera conoce a una pandilla de alemanes y juntos pasan por ciertos lugares escogidos donde interactúan con ciertos personajes, pero cada nuevo ensayo es diferente. No hay líneas de guión, no hay definición de personajes, no hay motivaciones previas, cada nuevo camino por el mapa establecido ha de ser diferente, visceral, único.

Este trabajo de descubrimiento por el que muchos actores matarían, irá moldeando, poquito a poco, los personajes y la historia hasta que, finalizado el crecimiento natural del proyecto, durante tres noches se intentará la titánica misión de conseguir una película fresca, personal y creada a partir de la materia interior de cada uno de los actores, rodada en un vistoso y arriesgado plano secuencia. Y, a la tercera, lo consiguen. Y la presentan en Alemania. Y es seleccionada en los premios del cine germano en unas cuantas categorías. Y Laia se impone a pesos pesados como Charlotte Rampling y Juliette Binoche y se alza con el galardón a la mejor actriz. Y la película se lleva el de mejor película, mejor dirección, mejor música y mejor fotografía. Y aunque tanto la peli como Laia hacen historia, en nuestro país pasa un poco de puntillas.

Una pena porque, la película, guste o no guste, no deja indiferente. Uno puede empatizar o no con los traumas de esta niña que ha sacrificado su juventud por una carrera musical como pianista para ver cómo nunca destacará y trata de recuperarla entre bailes techno en una ciudad desconocida, o con los miedos y problemas de esos ninis de buen corazón y malas decisiones con los que se encuentra, o con los caminos que toman en su periplo. Sin embargo, el espectador vivirá cada carrera, cada lágrima y cada carcajada al lado de ellos, como uno más, hasta que la película le deje completamente exhausto.

Luego, cuando la sensación se disipe, quedará el poso del brutal curro de cada uno de los profesionales que han participado. El aguante de Laia y sus compañeros alemanes para sostener sobre sus hombros más de dos horas de inmersión constante en el personaje, el arrojo y la capacidad de extracción de magia del director hacia sus actores y la pericia y las toneladas de talento del cámara danés Stuart Brandth Grøvien, que está, en cada momento, en el lugar indicado y al que es probable que se lo rifen en cada región del planeta a partir de ahora.

Puede que la película haya pasado desapercibida en nuestro país porque no tiene la maquinaria publicitaria que tuvo, por emplo “Birdman”, en su momento y porque seguimos siendo un país al que le queda mucho que aprender en cuanto a cultura. Pero eso no quita para que tú, inteligente lector de esta bitácora espacial, puedas presumir de haber visto una de las mejores películas europeas del año.

Y ya de paso, enamorarte de Laia Costa y pensar, en algún momento, que esta chica es un clon patrio de Michelle Williams.

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