UP

Photobucket

De nuevo, el peregrino, acude al Pórtico de la Gloria a través del camino de Santiago, el religioso se acerca a La Meca, el caballero atiende a la llamada del grial, Batman se enfunda el traje negro al ver perfilarse su bat-señal entre las nubes. Toda esta chorrada inicial para decir que por fin me acerqué a disfrutar el estreno que espero cada año con impaciencia, el del nuevo truco que se traen bajo la manga los magos de Pixar.

Para entrar en harina rápidamente y que los lectores no me acusen de dar vueltas alrededor de mi cansina enfermedad verborréica, comenzaré por la conclusión: estos tipos lo han vuelto a lograr. Han vuelto a ofrecernos una historia original, con personajes de los que enamorarse, con un tratamiento hacia los infantes que no rebaja su capacidad intelectual, con momentos de humor ingenioso y otros de una ternura infinita y con un gusto por los detalles que ralla el perfeccionismo crónico. Sin embargo, esta vez no he alcanzado la plenitud casi cósmica con la que suelo salir de sus películas, sino que, habiendo momentos imborrables, hay otros que son, quizás, los más infantiles de todas sus películas. ¿Es esto malo? Más bien diferente. Mientas que los proyectos de persona de la casa disfrutarán más que nunca con pájaros de colores, perros parlantes y chistes fáciles de digerir, yo habré notado que al todo le falta un puntito para coronarse en nueva obra maestra de la animación.

Sin embargo, los genios no cesan sus destellos de perfección. El prólogo de la película, no es sólo uno de los ejercicios cinematográficos más redondos, concisos y emotivos del mundo de la animación, sino del mundo del celuloide, en general. En menos de diez minutos, Pete Doctor y Bob Peterson, los directores y guionistas de “Up”, son capaces de plasmar en imágenes, sin apenas diálogo, una de las más bellas y longevas historias de amor. Un verdadero prodigio de narración, donde nos da tiempo a sentir con el protagonista los nervios de un amor infantil, el amor puro y sin fisuras hacia otro ser humano, las alegrías y decepciones, los logros y los proyectos rotos, los miedos y las esperanzas. Diez minutos de excelencia que valen por películas enteras, por millones de besos de tornillo y por billones de encendidos, pasionales y ardientes discursos.

A partir de ese momento, una vez que nos han situado en el contexto de una vida, comienza la historia de un tierno cascarrabias con una sola idea en la cabeza: la de cumplir el sueño que él y su mujer no han podido cumplir juntos. Un viaje iniciático emprendido por un octogenario, con el carácter y la apariencia del Spencer Tracy de “Adivina quien viene a cenar esta noche” que aún tiene muchas cosas que aprender y un inocente chaval que busca la atención de un padre ausente. Un torbellino de colores, gags e imaginación desplegado ante nuestros ojos a la vez que se van moviendo con maestría, diferentes sedales que consiguen atrapar en sus cebos a cualquier espectador presente en la sala.

De nuevo, tenemos la posibilidad de verla en 3D, sin que esto sume demasiado valor, ya que en ningún momento pretenden los autores colocar la espectacularidad por encima de la historia, salvo en unos preciosos y detallistas paisajes que provocan que tengamos ganas de atarnos unos cuantos globos a la silla del trabajo y dejarnos caer por alguna tierra paradisíaca.

Lo malo de todo esto, es que vuelve a faltar un año para asistir al siguiente regalo de la que se está convirtiendo, pasito a pasito, en la más grande fábrica de sueños animados de la historia.

Leer critica Up en Muchocine.net

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.