UNA CUESTIÓN DE TIEMPO

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Estaría dispuesto a apostar mi reino a que Richard Curtis, el director británico y simpaticote que nos regaló la espléndida “Love actually” o que triunfó en la televisión de su país de la mano del cómico Rowan Atkinson, no firmará jamás una película oscura, pesimista y de un dramatismo que se hunde en un pozo sin salidas. Para eso ya tenemos a Haneke o a Von Trier. Lo suyo es el optimismo, la luz, la risa, el amor, la cara bondadosa del ser humano, the bright side of life como cantaban al final de “La vida de Brian”.

Curtis apela a nuestro lado romántico y tierno y nos presenta historias en las que el amor triunfa por encima de todas las cosas. Quiere hacernos olvidar el lado gris de nuestra existencia, los telediarios, los índices de paro y los buitres corruptos para volver a creer en los romances eternos, en las medias langostas y el flechazo a primera vista.

Y de vez en cuando, es algo que necistamos.

Paletadas de optimismo.

Como en casi todos los guiones del director británico, el protagonista es un tipo bastante normal, algo atolondrado y patoso, rayando la inadaptación social, bonachón, enamoradizo, empático… un tipo al que toda espectadora quiere achuchar, vamos. Y este caso no es ninguna excepción. El prototipo de héroe “curtisiano” está encarnado por Domhnall Gleeson, hijo del superdotado actor Brendan Gleeson, al que descubrí en el segundo capítulo de la segunda temporada de “Black mirror” haciendo de un extraño androide. Un tipo que ha heredado el talento de su padre para la acutación y que borda el papel de humano enamorado hasta la médula, bonachón y familiar.

Pero una comedia romántica no sería nada sin su media naranja y en esta peli viene con la forma y la enorme y contagiosa sonrisa de la que podría ser considerada como la novia indie de América: Rachel McAdams. Una mujer capaz de enamorar al espectador y hacer llorar cual madalena a la espectadora, como demuestra en “Todos los días de mi vida”, “Más allá del tiempo” o “El diario de Noa”.

Eso no es todo. Como buen forjador de historias, Richard Curtis está convencido de que un buen argumento debe estar sazonado con unos secundarios (o actores de reparto, que se les llama ahora) interesantes. Tipos peculiares que pululan alrededor del romance soltando perlas, ayudando en unos casos y despistando en otros, ejerciendo de catalizadores, puntos de giro o simplemente de alivio cómico. Y en este caso se alía (aparte de otros rostros menos conocidos) con un gigante como Bill Nighy, que despliega una química brutal con el protagonista, convirtiendo cada escena juntos en una delicia.

Además, queridos geeks, no sólo de romance y love at first sight vive el film, sino que hay ¡saltos en el tiempo! Eso sí, tomároslo como lo que son, un recurso para plantear conflictos en la trama y no como un tratado científico o lo pasaréis mal, que hay que aprender a dejar pasar los posibles agujeros racionales si contribuyen a equilibrar el dramatismo. Hombre ya.

En fin, que ya lo sabéis, amigos, Richard Curtis es vuestro mayor aliado si queréis consolidar esa relación que no acaba de asentarse, demostrando que sois metrosexuales modernos y con vuestro puntito tierno.

Y, para vosotras, tirad por lo de los viajes en el tiempo para llevar al cine a ese compañero de sofá que tiene gases cada vez que se huele un pastel en forma de guión. Si son fans de Marty McFly, no pueden dejar pasar la oportunidad de comprobar cómo se convierte un DeLorean en un armario de doble puerta.

Y todos contentos.

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