UN MONSTRUO VIENE A VERME

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No deja de llamarme la atención la inquina de gran parte de la crítica especializada hacia las producciones con números millonarios en taquilla. Lo cierto es que esta tendencia no es algo nuevo y moderno, sino que viene produciéndose desde la primera vez que un primate vio una pintura rupestre dibujada por otro y emitió un gruñido de aprobación o desaprobación, pero a mí hay cosas que me sorprenden una y otra vez, en un bucle continuo de ojos como platos y boca buzón.

Parece que ciertos plumillas esperan agazapados a ver cómo funciona la película en los cines antes de emitir su veredicto, no vaya a ser que abracen un film que guste a la mayoría y pierdan esa sensación de ser únicos e irrepetibles, de seres iluminados que son capaces de atrapar las dobles lecturas o las influencias argumentales de películas de los años 30, que dan verdadero valor a una peli.

Hace poco, en una revista online que suelo leer y con la cual suelo coincidir en muchas ocasiones, observé el siguiente titular (o uno parecido): “Por qué no nos gustó Un monstruo viene a verme”. Esto fue antes de que acudiese al cine a verla y no entré al cuerpo del artículo para no sufrir destripes innecesarios, pero reconozco que el inflamado titular me molestó un poco. Quizá dentro todo se suavizara y fuese una de esas frases reclamo pensadas para que el internauta sienta la curiosidad suficiente para entrar y leer, pero a mí me parecía la típica frase del compañero de clase sabihondo y pedante, que está esperando la mínima oportunidad para espetarte que no tienes ni puta idea de cine o de música o de la misma vida.

Por supuesto que no a todo el mundo le tiene por qué gustar la nueva película de Juan Antonio Bayona pero lo que está claro es que le gusta a una jugosa mayoría. Y no es para menos. Está dirigida con maestría, los cuentos del monstruo son visualmente asombrosos, con una animación exquisita, no hay un momento de aburrimiento y no creo que sea tan melodramática como algunos claman, voces que llegan a calificarla como porno sentimental. Aunque, también sea dicho, quizá la culpa de que la mayoría del respetable entre al cine con esta percepción es culpa de una campaña de promoción masiva y orientada en este sentido. Un intento de Mediaset, productora de la peli, de advertir al mundo de que corran al supermercado más cercano a hacerse con una buena dosis de pañuelos de papel antes de que se agoten.

Está claro que la historia de ese niño consumido por el dolor y la culpa no es una screwball comedy pero, al contrario de lo que los prejuicios me dictaban, me pareció mucho más bonita y esperanzadora que triste y lacrimógena.

Jota cierra con este nuevo film su trilogía sobre la madre, aunque en este caso los personajes principales orbitan alrededor de ella en vez de centrarse en su figura. Tanto el hijo, una verdadera olla a presión que necesita la visita del monstruo árbol y sus historias para exorcizar una herida abierta que le está destrozando, como el de la abuela, un caramelo para Sigourney Weaver que demuestra la poderosa presencia que tiene en pantalla esta altísima actriz.

La idea primigenia parte de la escritora anglo-irlandesa Siobhán Dowd, quien tenía el comienzo, los personajes y el tono general de la obra cuando un cáncer terminal se la llevó por delante en 2007. Siobhan trabajaba con el editor de Walter Books, Denise Johnstone-Burt, y previendo que no le iba a dar tiempo a escribir su novela se reunió con el editor y otro de los escritores que trabajaba con él, Patrick Ness, para que fuese éste último quien la escribiese, a la vez que se encargaban los dibujos al ilustrador Jim Kay. El trabajo fue tan notable como para que fuese la única novela que conseguía ganar el premio Carnegie Medal de literatura infantil/juvenil y el premio Kate Greenaway Medal de ilustración de libros infantiles.

El mismo Patrick Ness se encargó posteriormente de guionizar la historia y ésta se mantiene prácticamente inalterable, salvo un epílogo final que quizá acaba explicando algo más de lo que lo hace el libro. Pero lo importante es que la esencia permanece ahí, las moralejas algo cabronas  que se conjugan a la perfección con el estilo épico de las preciosas animaciones, el aprendizaje de un niño demasiado pequeño para asumir sentimientos que muchos adultos no son capaz de asimilar duele en cada mirada de ese pequeño actor al que habrá que seguir la pista llamado Lewis MacDougall y la solemnidad y grandiosidad del centenario tejo que hilvana la historia se adivina sabia y eterna en la grave y poderosa voz de Liam Neeson.

No es de extrañar que “Un monstruo viene a verme” haya batido records de taquilla y no es sólo porque la campaña de marketing haya sido intensa y ubicua, ni porque haya coincidido con la famosa Fiesta del cine, ni porque tiene un monstruo en el cartel en fechas de Halloween, aunque todo esto haya ayudado. Ha batido records porque es una gran película dirigida por un gran director que, afortunadamente, ha encontrado reconocimiento fuera de nuestras fronteras, consiguiendo de esta forma presupuestos y apoyos que ni por el forro hubiese conseguido en este país.

Todo a pesar de esos Grinchs del cine que sólo disfrutan de verdad cuando se sienten partícipes de rarezas que el público mayoritario jamás descubrirá. Aunque esas rarezas sean peñazos insufribles.

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