UN DIOS SALVAJE

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El género humano es… ¿cómo diría yo? Como la familia Real. Todo protocolo, buenas maneras y buena fachada por fuera y unos líos, unos tejemanejes y una de pelusas escondidas debajo de la alfombra inimaginable. Lo de lavar los trapos en casa y pretender de puertas para afuera que se es estupendo, amabilérrimo y cabal es una de las leyes fundamentales implementadas en nuestro firmware. Quizá fue eso lo que se nos pegó al ser expulsados del paraíso y no lo de ganar el pan con el sudor de nuestra frente, que está ya pasado de moda. Ahora los que dan tralla a las glándulas sudoríparas no tienen ni para pan y los que tienen para rellenar el pan con caviar de Beluga con incrustaciones de diamantes lo hacen exprimiendo el sudor, la sangre, las lágrimas y la médula ósea de los primeros.

Pero me estoy desviando.

De lo que quería hablar es de la acertada disección de esa clase media burguesa agilipollada que puebla el llamado primer mundo, a cargo de la dramaturga Yasmina Reza, que se dedica a retratar las maneras, la moral y los prejuicios de las mismas almas que después nos descojonamos con sus textos. Quizá sea otra de nuestras grandes cualidades, el ver retratadas las características más abyectas de nuestro ser en una pantalla o un escenario y, en una pirueta mental fantástica pensar: uf, menos mal que YO no soy así, pero esos personajes se parecen mucho a fulanito, menganita, marcianito y chuflanita.

Lo mejor de las obras de Reza son esos diálogos veloces e inteligentes que disparan las afiladas lenguas de sus personajes. No necesita nada más. Personajes, un escenario y la mala y acertada baba de su texto y, su amigo Roman Polanski, lo sabe muy bien. Por eso, cuando decidió llevar a la pantalla grande una de sus obras, tenía claro que no iba a ser más que una obra de teatro filmada. Eso sí, muy bien filmada, situando con precisión la cámara en el limitado espacio de una casa, como ya había hecho, de forma magistral, en “La muerte y la doncella”.

Además, Polanski es un chico listo… o por lo menos lo es ahora que pregunta la edad de las señoritas antes de invitarlas a cocacolas, y se rodea de cuatro actorazos inmensos, consiguiendo sacarles cuatro interpretaciones de las que hacen época. Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C. Reilly se dejan llevar por el menudo director y se meten en esas dos parejas de progenitores que intentan arreglar una escena de matonismo a cargo de sus respectivos vástagos (uno agresor, otro agredido), vestidos, al menos al principio, con los vistosos trajes de las buenas maneras y lo políticamente y socialmente correcto.

A medida que la obra avanza, de manera ágil, sin un momento de descanso en ese derribo de las buenas maneras, los personajes van perdiendo capas de educación hasta quedar expuestos a los demás tal y como son. Las relaciones entre las parejas, al principio unidas frente al otro bando, van viendo como se descascarilla la fachada del “aquí no pasa nada” para acabar filtrando todas las fugas que va provocando la convivencia y la diversidad de caracteres.

La bola de detritus que viene acumulando pullas desde principio de película, llega al final del film, 80 minutos más tarde de los títulos de crédito iniciales, convertida en un godzilla gigantesco y es cuando Polanski decide cerrar de manera extraña y, a mi modo de ver, brillante. Está todo contado, las caretas yacen por el suelo del salón y no ha lugar para epílogos innecesarios, cuando el espectador dispone de todas las cartas de navegación para hacerse una idea de dónde nos encontramos y cómo hemos llegado hasta aquí.

Un deleite para los sentidos, la razón, la autocrítica constructiva y el sentido del humor, que no podía haber tenido mejores aliados.

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