UN DÍA PERFECTO

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Con ese apellido pomposo uno se imaginaría que estamos hablando de un conde, bien engominado, con el pelo para atrás, vestido de franela de colores chillones y empuñando un bastón con el mango en forma de cabeza de león rugiente.

Pues va a ser que no.

Fernando León de Aranoa es un tipo desgarbado, de barba canosa y eterno pelo largo y rizado. Y, además a mi juicio, es uno de los guionistas más lúcidos y talentosos de nuestro país. También es director, documentalista y escritor. Una voz libre en una cinematografía patria aquejada de repetición y falta de valentía.

Su primera película, “Familia”, me dejó noqueado. La historia de aquella familia de mentira me pareció una idea sublime y tanto Juan Luis Galiardo, como Amparo Muñoz o Elena Anaya estaban perfectos. Había que seguirle el rastro a aquel director y guionista de ideas rarunas.

Luego llegó “Barrio” y confirmó que era uno de los mejores dialoguistas de este país. Sus cintas trataban temas de calado, algunos profundamente tristes y aún así salpicaba sus conversaciones de un fino y honesto sentido del humor. Quizá el que hubiese trabajado como guionista, en sus inicios, para el “Un, dos, tres…” o para Martes y trece, fuera una pista de que no sólo de conflictos sociales vivía su mente.

“Los lunes al sol” se filmó en Vigo y tuve la oportunidad de acercarme al rodaje y trabajar unos días como extra. Ver trabajar a dos palmos de ti a Javier Bardem y Luis Tosar es un privilegio. Era impresionante cómo se adueñaban del espacio con el mínimo gesto y el control de su voz en cuanto el director gritaba “Acción”.

Ahora, nos acaba de llegar su último título, “Un día perfecto”. Basado en la novela de Paula Farias “Dejarse llover” y en las propias experiencias del director en los campos de refugiados, narra un día en la vida de un grupo de cooperantes que han de limpiar un pozo de una pequeña aldea de los Balcanes, en el que se encuentran un gordaco muerto en el fondo contaminando la única fuente de agua potable en muchos kilómetros a la redonda.

Un puertorriqueño, un estadounidense, una francesa, una rusa y un bosnio tratan de no pelearse con los locales, con los militares, con las milicias y entre ellos mismos para poder ayudar a una pequeña comunidad que ve su tierra destruída por conflictos ajenos a una vida cotidiana que nada tiene que ver con las ínfulas de conquista de unos pocos.

Esta película no habla del propio conflicto bosnio, sino de lo absurdo del día a día de unos voluntarios que se esfuerzan lo indecible por arreglar algo para ver que, por lo normal, nada cambia. Del desencanto de los veteranos, que se toman los reveses con filosofía y las muertes con distancia, de la fuerza de los novatos, que deben aprender a poner a poner distancia emocional para no destruirse por el camino, de la valentía de los locales que ayudan a los extranjeros, que se sienten apartados de todo el mundo y de la estupidez de las políticas internacionales, que cegadas por una normativa creada en algún despacho bien alejado de aquellas montañas, no hacen más que entorpecer a todo el mundo.

Fernando León narra esta larga jornada con ironía y sentido del humor, construyendo unos personajes con personalidades bien alejadas y unos actores que les dan vida que brillan en cada diálogo, en cada réplica y en cada puñetazo de los acontecimientos.

Benicio del Toro y Tim Robbins tienen una química brutal durante toda la película y de verdad te crees que llevan años pegándose cabezazos contra una realidad muy difícil de cambiar. El primero, cansado y tratando de decidir si puede volver a su país y empezar una vida normal, con novia, piso en propiedad y catálogo de Ikea. El otro, enganchado a una vida en continuo movimiento, observando su entorno a través de un filtro de sarcasmo y haciendo gala de una interminable verborrea.

Completan la francesa Mélanie Thierry como la infatigable novata, la rusa Olga Kurylenko como el elemento de choque que aparece en el grupo y el bosnio Fedja Stukan como el tranquilo traductor, que trata de ayudar a su pueblo aún a sabiendas de que no está bien visto ayudar a los extranjeros que no entienden nada de la cultura y las costumbres de un país masacrado.

Fernando León de Aranoa, lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a relatar un problemón de los gordos desde una perspectiva que no vapulea al espectador, con una cinta que provoca carcajadas y acaba dejando un poso ligeramente optimista entre el cabreo general de ver que la injusticia se incrusta en los conflictos clavando sus garras en las entrañas del alma humana.

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