UN AMIGO PARA FRANK

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Los directores jóvenes salidos del mundo de la publicidad y los videoclips, suelen suponer un soplo de brisa fresca para el mundo del séptimo arte, que a menudo peca de convencionalismos, estancamientos, miedo a la novedad y despachismo que suele acabar generando un cine avejentado, inmovilista y profúndamente encorsetado en géneros y modas. Dale un éxito a un encorbatado miembro de una productora e intentará repetir exactamente la misma jugada todo lo que pueda, hasta agotar el ornitorrinco de los huevos de oro.

Sin embargo, en vídeos musicales y spots publicitarios, se permite y se premia el experimento, la innovación, el cabalgar la cresta de la ola, ofreciendo al público nuevas ideas. Por tanto, cuando uno de estos imaginativos genios, consigue dar el salto al largometraje, suelen traer consigo ese ímpetu propio de la juventud, la fuerza imparable de los creadores que aún se retroalimentan de su propia ilusión. Así descubrimos a gente como Michel Gondry, David Fincher o Spike Jonze, tipos que nos sorprendieron con algunas de sus propuestas (“Olvídate de mí”, “Se7en”, “Como ser John Malkovich”) y que luchan fieramente por no encasillarse, porque no sepamos quÉ esperar de ellos, por ofrecernos films que destrocen nuestras expectativas.

Jake Schreier ha conseguido dar ese salto y es uno de los chicos de moda con su primer largometraje, “Un amigo para Frank”, del que todo el mundo habla y que ganó el premio del público en Sitges y el premio al mejor primer guión en los Independent Spirit Awards. Y dicho guión, escrito por su colega de la escuela de cine Christopher D. Ford, empieza de manera muy prometedora, con un drama social con una dosis ajustada de comedia blanca y un toque de ciencia ficción que le sienta de fábula.

La historia se centra en Frank, un antiguo ladrón de joyas algo huraño que vive sólo y que ve cómo la tecnología cambia a pasos agigantados el mundo en el que está acostumbrado a vivir. Él trata de continuar plácidamente su existencia, aferrándose a viejos hábitos, como el paseo diario hasta una de las pocas bibliotecas analógicas que existen, donde flirtea con la bibliotecaria madurita, que le pone ojitos. Además, tiene que luchar contra un Alzheimer incipiente que empieza a causarle lagunas visibles en su memoria.

La relación con sus hijos tampoco es una bicoca. El hijo está algo harto de tener que visitar su mal humor cada semana, comiéndose diez horas de viaje para comprobar que su padre está bien y la única comunicación con su hija son las videollamadas desde perdidos rincones del planeta. Así que Hunter, el hijo, le da un ultimátum: o se muda a una residencia o acepta el robot de asistencia y compañía que le regala.

El comienzo, como decía, es prometedor. La presentación del personaje central, con sus hábitos y su humor gruñón, la relación con sus hijos y, por encima de todo, la relación que comienza a establecer con el robot, nos meten en la película de cabeza. El descubrimiento de Frank de las “habilidades” del humanoide y el objetivo y los razonamientos del trasto para que Frank cambie su estilo de vida dan lugar a los mejores momentos de la peli, con diálogos muy buenos y un avance fluido. Sin embargo, cuando la historia se aproxima al final, nos empieza a dejar con una sensación de vacío algo extraña. Con la percepción de que todo podía haber ido un poco más allá.

En el momento en el que el director debería haber metido la estocada, se conforma con el humor blandito y el drama superficial con el que empieza y nos quedamos con el regusto de que si hubiera profundizado en ciertos aspectos, podía haber pasado de una buena peli a una peli excelente. Sobre todo cuando el “The End” aparece en la pantalla y todo acaba sin acabar mucho, sin algún punch final, con algo demasiado “Los problemas crecen”. O peor, ya que ni siquiera hay algún tipo de moraleja o enseñanza, sólo un epílogo gris, sin chispa y sin emoción de ningún tipo. Como si al final de Caperucita Roja te acabaran contando que la digestión del Lobo fue larga y pesada y se tuvo que tomar una sal de frutas para dormir mejor.

Así que, todo se deja ver muy bien, con multitud de sonrisas a lo largo de la peli, con buenrrollismo constante y queriendo uno comprarse un juguete tan majo como el VGC-60L, pero me temo que va a ser una película de olvidado rápido.

Aún así, para ser una opera prima la cosa no está nada mal, así que habrá que seguirle la pista al joven Shreier, que debería irse de copichuelas con Kike Maillo y entre los dos sacar ideas para un proyecto conjunto que lo acabaría petando.

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