TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS

Se acercan inexorables los premios Oscar de la academia Usamericana y una de las que parte en buena forma es esta película de Martin McDonagh, un realizador londinense que ya había enseñado la patita con “Escondidos en Brujas” y “Siete psicópatas”.

Siete nominaciones (tantas como psicópatas) en su quiniela personal en los premios mencionados, mejor película dramática, mejor guión, mejor actriz y mejor actor de reparto en los Globos de Oro, mejor guión en el la Mostra de Venecia, mejor película en el festival de Toronto, premio del público en el Festival de San Sebastián y un montón de nominaciones y premios más a lo largo del globo.

Como dice el refrán, cuando el río suena, agua lleva y el film de McDonagh lleva una cantidad de agua impresionante, construyendo su película más redonda hasta la fecha. Y no es poco decir; “Siete psicópatas” supuso un delicioso descubrimiento rabiosamente divertido en el Festival de Sitges de 2012. El británico se consolida como un brillante dialoguista y un director de actores magnífico, constructor de historias originales que sabe aunar como pocos el drama y la comedia equilibrando la balanza de manera asombrosa y todo regado con una dosis de mala hostia admirable.

A las afueras de Ebbing, Missouri, como reza el título original de forma muy descriptiva, aparecen tres enormes anuncios de carretera que critican la actuación de la policía local en la investigación de la violación y el asesinato de una joven. La responsable es la madre de la muchacha, una mujer repleta de determinación, con otro hijo y divorciada que hace directamente responsable al sheriff de la localidad.

Un sheriff que lidia con un cáncer y con una oficina con mala reputación, con un ayudante tan racista como entrañable, que aún vive con su dominante madre y dedica los fines de semana a emborracharse. Una madre que lidia con la admiración y el rechazo a sus acciones de su hijo y con un ex-marido violento que se encuentra en plena relación con una adolescente algo inocente.

Y es que los personajes que salen de la imaginación de McDonagh son terriblemente humanos, contradictorios, repletos de tantos defectos como bondades. Un muestrario de lo mejor y lo peor del alma humana que se equivocan, se arrepienten, aciertan y se reafirman mientras escupen disparos verbales a velocidad de vértigo. Un conjunto de antihéroes que se mueven en el drama más acongojante a la vez que sueltan esa frase lapidaria que te acaba arrancando una carcajada en el momento menos oportuno, haciéndote sentir culpable.

Porque si tuviera que destacar una sola virtud de este guionista y director cinematográfico y teatral es la capacidad que tiene para mezclar la escena más trágica con un diálogo tan afilado como gracioso. El tipo, gran admirador de David Mamet, Quentin Tarantino y Harold Pinter, parece haber aprehendido el talento de estos tres enormes escritores y haberlo destilado en un estilo propio que derrama en guiones furiosos y repletos de pequeños detalles que los engrandecen.

Por si esto fuera poco, consigue extraer oro de las interpretaciones de sus actores. Tanto Frances McDormand, como Sam Rockwell o Woody Harrelson, tres actores de probadas capacidades interpretativas, están inmensos en todo momento, desfilando entre la entereza y el derrumbe en cada escena. No me extrañaría lo más mínimo que los dos primeros se llevaran en la ceremonia de los Oscar sendos premios en sus categorías.

¿Queréis más razones para acercaros a ver la que podría ser la mejor película de lo que llevamos de año? Un personaje principal femenino impresionante que se enfrenta al machismo y el racismo de un pequeño pueblo americano en un cine que de verdad necesita este tipo de protagonistas.

Con esta película, el nombre de Martin McDonagh pasa a mi listado personal de directores a no perder la pista.

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