TRANSFORMERS: DARK OF THE MOON

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El lema de los juegos olímpicos modernos podría estar, perfectamente, bordado a mano en los gallumbos de Michael Bay. Ya sabéis, aquel de “Citius, altius, fortius”, “Más rápido, más alto, más fuerte”, que pronunció el Barón Pierre de Coubertin en la inauguración de los juegos olímpicos de Atenas de 1896 y que marcó el inicio de la nueva era de los cinco aritos. Según la omnisapiente Wikipedia, el lema fue ideado por fray Henri Didon para su Colegio Alberto Magno de París (que no se diga que nunca se saca nada de provecho de los posts de Nunca Jamás) que era amiguete del Barón. Lo que no dice la enciclopedia del pueblo es si era antepasado de Bay, o si algún pariente del director estudió en el colegio de marras. El caso es que Michael “Machote” Bay la intenta aplicar en cada nueva película. Y no te digo nada en segundas y terceras partes de sus sagas. Más rápido, más explosivo, más cachondo, más ruidoso, más espectacular.

En el 2007, el director, con el mago Spielberg en la producción, se hacía cargo de aquellos juguetes de Hasbro que habitaron muchas tardes de juegos de muchos de los que fuimos niños en los 80. No había nada más cañero y abierto a batallas sobre la alfombra de la habitación que un puñado de coches, camiones y aviones que se transformaban en robots. Luego nos llegó la serie de dibujos animados y lo acabamos de flipar. Optimus Prime, Megatron y Bumblebee quedaron grabados a fuego en nuestra nostalgia infantil así que, como bien saben los productores, apelar a ese rinconcito cerebral del friki suele provocar el apoquine de la entrada correspondiente en el cine más ruidoso que uno pueda encontrar.

Cuatro años más tarde, nos llega la tercera parte, intentando remontar el descerebrado guión de una segunda película que consiguió nuevas cotas de estupidez en el mundo de los blockbusters veraniegos y eso no es nada fácil, tiene su mérito. Ahora, sin la felina Megan Fox en la pantalla, que también demostró una falta de inteligencia notable al discutir y poner a parir al director que le daba de comer, nos llega este “Lado oscuro de la luna”, con un argumento no mucho más coherente pero sí mucho mejor hilado y compensado y con una nueva cara femenina (y digo cara por no destacar otras partes de su anatomía) salida de los catálogos de Victoria’s Secret (literalmente) que, junto a los coches, las explosiones y las bromas de humor sencillote, conforman una peli con un target bastante clarito: testosterónicos del mundo, uníos, babead y rugid. Y si podéis llevaros a vuestras pacientes y resignadas parejas al cine, mejor para los bolsillos de los jerifaltes de la Paramount.

Para que no nos perdamos, la cinta está dividida en dos partes bien diferenciadas. La primera, se dedica a ponernos al corriente de la vida del protagonista, Sam Witwicky, correctamente interpretado por Shia LaBeouf, al que le ha dejado la zorra (atención al sublime juego de palabras… aplauso y medio) de su anterior novia, que ha empezado a salir con otra moza espectacular y que trata de buscar su primer trabajo mientras trata de sobrellevar el golpe que supone a su hombría el que su nueva novia le mantenga. Asimismo, nos irán desvelando el nuevo conflicto entre Autobots (usease, los robots buenos) y Decepticons (los malos), que pelean por hacerse los primeros por unos supositorios tamaño XXL que consiguen teletransportar cosas. Así que, en esta parte, tenemos humor facilón, laaaargos planos de Rosie Huntington-Whiteley (la cordera de labios imposibles) saliendo y entrando en cochazos (escenas que seguramente fueron filmadas mientras Michael Bay se golpeaba el pecho y aúllaba desde su silla de director) y alguna persecución para ir abriendo el apetito. Algo ligero a la espera del plato fuerte.

Plato contundente que llega en la última hora o tres cuartos de la película, en donde Bay despliega toda su artillería… y que pedazo de artillería que se gasta el gachó. Esa última parte no tiene tregua, las tres dimensiones por fin lucen como no había visto hacerlo desde hacía mucho tiempo y por fin consigue contenerse lo suficiente como para no marear a golpe de cámara parkinsoniana y montajes de trilero. La destrucción de Chicago por parte de los robots es, simplemente, impresionante. La escena en el edificio de cristal, el vuelo de los hombres pájaro, las transformaciones y los rijostios de los robots, todo es de una perfección técnica y fílmica impresionante. Y es que una cosa hay que reconocerle al director más duro del otro lado del Atlántico y es que planifica y rueda las escenas de acción como los ángeles. Otra cosa es que parezca que el resto de la peli le interese menos y no se esmere o que de vez en cuando le suba la líbido a niveles estratosféricos y se calque planos de la Rosie, a cámara lenta, con cara congestionada, mientras el mundo se cae a su alrededor, que acaban quedando algo ridículos.

Así que no tengo nada que objetar en esta nueva aventura de la tropa procedente de Cybertron. Ofrece el subidón de adrenalina que promete dos horazas y media que se pasan en un suspiro, el pago extra de las gafitas está esta vez justificado, nos llevamos a casa imágenes de poster de habitación de quinceañero muy majas y el guión es lo suficientemente trabajado como para no pensar que lo ha escrito un mono borracho. Creo que no se le puede pedir mucho más a una producción de estas características.

Ay, pobres aquellos que reniegan del espectáculo palomitero, el montaje sincopático y la acción descerebrada por sistema para darse atracones diarios de cine koreano e iraní. Que no es que reniegue del cine contemplativo y filosófico, pero una dieta sana tiene que contener de todo. Si no, se llega a la anemia cinéfila, la falta de miras y el gafapastismo crónico y eso no es bueno… es aburrido.

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