TRANCE

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Danny Boyle se quejaba hace poco en una entrevista de la “pixarización” del cine; no confundir con “pixelación”, que es cuando os bajáis una peli guarreras de la mula y os sale como si hubiese sido ingerida y luego cagada por HAL9000. En este caso, el británico se refería a que el cine adulto está desapareciendo de las pantallas; no confundir con el cine porno, que es cuando os bajáis una peli de la mula y la protagonista resulta ser una señorita de enormes prótesis mamarias y poco texto. En fin, no nos perdamos. Danny Boyle viene a explicar que ese cine adulto está siendo sustituido de forma sistemática por esa cacareada visión de lo políticamente correcto, la suavización de imágenes y vocabulario y, en general, la infantilización temática.

Ya no existen aquellas películas de Sam Peckimpah, de Oliver Stone, de Sergio Leone, parece querer decir, en las que la naturaleza humana se distinguía por su baja ralea, por su violencia, por sus más primitivos instintos y no se escatimaba ni lo más mínimo en mostrar en imágenes esta brutalidad.

Esto tiene más pinta de discurso promocional de su propia película, porque parece que se olvide de gente como Tarantino o Nicholas Winding Refn, poco dados a las sutilezas y a edulcorar los momentos más crudos de sus películas. De todas formas, Boyle no es que firme una película difícil de ver, aunque tampoco se esconde a la hora de mostrar lo que quiere. Dos o tres escenas dan la muestra, una tortura dactilar grimosilla, una escena de desnudo frontal sin tapujos y un disparo calculado avalan su discurso.

Al margen del tratamiento del sexo o la violencia, que tampoco es que sea excesivo, como he dicho, la película es un thriller bastante bien organizado, con varias sorpresas y giros de guión adecuadamente colocados a lo largo del metraje y momentos algo psicotrópicos en los que no sabemos muy bien qué es lo que está pasando, algo que le viene bien al tema central del hipnotismo y la manipulación mental.

Un grupo de malhechores planea el robo de un Goya de gran valor pero, al final del golpe, cuando todo parece haber salido a pedir de boca, un empleado de la casa de subastas comete una imprudencia provocando la ira del jefazo y un culatazo en la sien que lo deja inconsciente, causándole una amnesia parcial que, a continuación, impide recuperar el cuadro robado. La solución es buscar una psicóloga experta en hipnosis que hurgue en su psique hasta encontrar ese recuerdo perdido y así completar el atraco.

Tras la rápida exposición de los hechos, narrada con voz en off por el propio protagonista, comienza el hilo central que se focaliza en los esfuerzos de la terapeuta por rebuscar en la mente del protagonista y las extrañas relaciones que se establecen entre todos, terapeuta, amnésico, jefe de los malos y resto de malos. Un juego de engaños con una cierta cualidad onírica en la que no sabemos muy bien qué es producto de la imaginación de Simon, el atolondrado personaje interpretado por James McAvoy y qué es la realidad. Lo cual a veces convierte la película en un tripi de difícil digestión, con otros momentos realmente sublimes, como el vertiginoso final de la cinta (quitando los últimos giros de guión que pueden o no gustar, por aquello de sentirse engañados y bla bla bla, allá cada cual con su tolerancia a las trampas del guión. Yo soy de los que se deja engañar sin ningún tipo de enfado, siempre que la treta conlleve diversión) o algunas escenas de diseño alocado en las que Danny Boyle se está especializando con el paso de los años.

Y en medio de este torbellino de sucesos, un trío de protagonistas que sabe perfectamente a lo que juega. El mencionado James McAvoy, que con su cara de no haber roto un plato consigue ese aura bipolar bajo la que no sabemos muy bien qué secreto esconde. Vincent Cassel, especializado en papeles de cabroncete, en gran parte gracias a ese físico picassiano que la naturaleza le ha dado (y que ha servido para conquistar a una de las diosas mortales de la historia moderna, Monica Belucci) y que tan bien sabe explotar, pasando de la brutalidad a la ternura en décimas de segundo, conforma un gangster alejado de tópicos y muy humano. Y Rosario Dawson, valiente a la hora de ofrecernos escenas de desnudez frontal, imponente en las escenas físicas y tierna en las tristonas, un vértice perfecto para el extraño triángulo de pasión y engaños que se establece entre la terna actoral.

El poso que me queda un par de días después de verla es haber asistido a otra demostración pirotécnica de Mr. Boyle y un guión con luces y sombras, quizá demasiado artificial en algunos momentos pero con una estructura global sólida. No será considerada su mayor acierto pero tampoco su fracaso más rotundo y las imágenes quedan revoloteando por el córtex cerebral hasta bastantes días después de salir del cine, cosa que no consiguen muchas de las películas que pasan por la cartelera, de olvidado casi instantáneo.

Y sí, lo sé, debería estar ya hablando aquí de mi experta, sabia, esperada y universal opinión del hombre de acero, pero estamos reservando la ocasión del visionado para que se produzca con la gente indicada en el momento adecuado. Este fin de semana será ese momento, regado con una buena jarra de cerveza, acompañado de una calórica hamburguesa y, cómo no, mejorado por conversaciónes trufadas de chorradas de toda índole, como no podía ser menos.

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