THOR: EL MUNDO OSCURO

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Después de los insistentes problemas del blog (amiguetes de blog.com, creo que voy a migrar en breve, porque sois un coñazo), seguimos con nuestras cosas. Como decíamos ayer…

Marvel la está liando. Mucho. Y está poniendo los dientes muy largos a su colega y rival en esto de los héroes enmascarados y de vestimenta apretada, que no saben muy bien por dónde tirar para seguirles la estela.

Como si fueran el supervillano de la función, han trazado, con paciencia y mucha visión de futuro, un plan maestro para construir un macrouniverso fílmico que empieza a tener la ambiciosa entidad de los cómics, algo que parecía imposible hace no mucho tiempo. Un universo donde conviven héroes, se entrelazan historias y se reparten guiños. Un gigantesco crossover continuo dividido en fases, donde desarrollan las personalidades de varios protagonistas de la historia de la editorial y culminan en pirotécnicas reuniones.

Hasta ahora hemos visto cómo han ejecutado por completo la que ellos llaman la “Fase 1”, con la película de superhéroes definitiva: “Los vengadores”, pero, cuando llevamos un par de películas de la “Fase 2” y nos cuentan que empiezan a esbozar lo que será la “Fase 3”, su plan de dominar el mundo se va volviendo cada vez más ambicioso.

Y nos gusta.

Le toca el turno a la segunda parte del dios nórdico del trueno y, visto cómo había salido la primera, con el pequeño fiasco de encontrarnos con una película con visibles y palpables lagunas de ritmo y argumento tras haber recibido con palmas la noticia de que el shakesperiano Kenneth Brannagh la iba a dirigir, se esperaba que Alan Taylor, un artesano salido de la mejor televisión usamericana (“Boardwalk empire”, “Mad men”, “Juego de tronos”, “Bored to death”, “Deadwood”, “Los soprano”, “El ala oeste de la casa blanca”…) levantara otra vez el vuelo del rubio Mr. Pataki, agarrado fuertemente a Mjolnir.

“Thor: el mundo oscuro” soluciona gran parte de los problemas que tenía la presentación del héroe y, aunque hay algún vicio que continúa, supone un gigantesco paso adelante para la franquicia. Y sobre todo, lo que mejora, de forma radical y absoluta es que “Thor: el mundo oscuro” es rabiosamente entretenida y jugosamente divertida, algo que, no creo equivocarme mucho, debe bastante a los apuntes del genial Joss Whedon, que estaba ahí para enriquecer y puntualizar cada vez que alguien le preguntaba su opinión. El particular sentido del humor de Whedon, tan cercano a los propios tebeos de la editorial, con esas puyas que siembran las grandes batallas, despojándolas de los oscuros aires nolanianos, campa a sus anchas durante toda la película, provocando más de una carcajada en momentos de épica y congoje.

También se establece un equilibrio entre la parte que sucede en lugares místicos (Asgard y alrededores) y la que transcurre en la tierra, haciéndonos olvidar el plomizo pueblo de Nuevo Mexico de la primera parte y ahonda en la relación entre Thor y sus asgardianos compatriotas: Odin, Frigga, Loki y sus compañeros de batalla Sif, Fandral, Volstagg y Hogun. Cada uno tiene sus momentos de gloria, cada uno tiene su peso específico en la historia (¿enseñanzas también de Whedon el aprovechar el potencial de los secundarios?) con mención especial para una Rene Russo que llena la pantalla en sus escasas apariciones como matriarca del clan y, cómo no, para un Tom Hiddleston que disfruta de su personaje y le dota de un número ilimitado de capas.

Tampoco olvidamos a la parte terrícola del reparto, cuyo mayor y mejor cambio recae en el personaje interpretado por Natalie Portman, sosísimo y plano como una balda Billy de Ikea en su primera parte y que cobra personalidad en esta segunda, pasando de dama en peligro a pieza fundamental para el desarrollo. Sin embargo debemos decir que aunque el personaje de becaria graciosa de Kat Dennings cobra un poquito de entidad, sigue siendo un bufón que sólo existe para tirar una línea cómica en cada diálogo y el de Stellan Skarsgard desaprovecha el talento del actor para convertirle en otro secundario cómico, aunque tenga la excusa proveniente de los sucesos de “Los vengadores”.

La mayor parte del peso de la película, lógicamente, recae en Chris Hemsworth (impensable cualquier otro actor, en estos momentos, con ese equilibrio entre presencia física y capacidad actoral, que sea digno de sostener el martillo) y su hermanastro en la ficción, explorando varios niveles de una relación complicada y muy interesante, junto con un malo malísimo, encarnado por Christopher Eccleston, que, a pesar de las capas de maquillaje, conforma un adversario temible.

Y, para unirlo todo, un McGuffin que es una pieza de un puzzle mucho mayor, que expande el universo Marvel. El Ether, un humillo rojizo que confiere poderes espectaculares a quien lo domine, forma parte de una colección de objetos que sonará a los más frikis de los comics de la casa: las gemas del infinito. Siete items que conferirán a quien las posea el poder de un Dios, que parece que unirá el universo de Los vengadores con el de Los guardianes de la galaxia, película que ya está rodándose a las órdenes de James Gunn y que podría acabar siendo el asunto central de, agarraos, “Avengers 3”, final de la “Fase 3” que ni siquiera está empezada.

Lo que decíamos, un plan maestro ambicioso y a largo plazo que promete tenernos enganchados a las ideas de unos empresarios fuera de lo común, que cocinan las cosas con previsión y a fuego lento y encima dan oportunidades a directores muy jóvenes salidos del ámbito de la televisión, con grandísimas ideas y sin cortarles las alas.

Mientras, DC, trata de seguir su ritmo a marchas forzadas provocando la primera unión en pantalla grande entre sus dos buques insignia: Superman y Batman.

Pero, viendo cómo les ha salido “El hombre de acero”, de momento la distancia que separa a ambas editoriales es un abismo.

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