THE KARATE KID

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Era éste, a priori, otro de esos remakes ochenteros sin ningún sentido, que venían a escarbar en nuestra memoria infantil buscando vaciar los bolsillos a una tropa de treintañeros a los que todo lo que huela a Pantera Rosa con Mirinda nos provoca chirivitas en los ojos. Por si esto no fuera todo, sonaba además a niño rico dándole a sus padres multimillonarios una lista de regalos por su cumpleaños:

Querido papá molón y buenrrollista y mamá buenorra y simpática,

este año he sido muy bueno. He soportado sin protestar hacer con papá una peli coñazo y he sacado un notable alto en mates. No me he reído mucho de las pintas de mi hermanita Willow (aunque se llame como el enano de la peli) y me he acabado dos veces el plato de espinacas. Por eso quería pediros la tercera planta del Toys ‘R’ Us, una maqueta a tamaño real de un X-Wing, una fábrica de caramelos de cola y ser el protagonista de una película millonaria.

Un beso muy grande

Jaden.”

Lo del X-Wing no lo consiguieron, porque George Lucas les pedía demasiada pasta por los derechos de colocación en habitación infantil privada, pero el resto se hizo realidad sin mucho problema. Así que de esta forma se llegó al revisionado de aquella mítica cinta en la que Daniel San y el señor Miyagi ponían cera y pulían cera, se enfrentaban a los canis de la escuela Cobra Kai y nos sorprendían con la épica técnica de la grulla.

Como ya sabréis, por muy mala y casposa que parezca la película, si viene con la etiqueta ochentera, hay una vocecilla interior que me controla en estas situaciones y no puedo evitar acercarme al cine a comprobar cómo se mean en mis ídolos de juventud. ¿Y sabéis qué? Contra todo pronóstico y al contrario de lo que me esperaba, salí bastante satisfecho del cine.

Bastante satisfecho pero algo apesadumbrado, ya que si el director hubiera sido consciente del tipo de film que tenía entre sus manos, dicha sensación podría haberse transformado en muy satisfecho y hasta haber pensado que la copia superaba al original. Pero el desconocido Harald Zuart (director de la infame “La pantera rosa 2” y de “Superagente Cody Banks”) no se da cuenta de que está haciendo una película familiar, destinada a entretener sin pérdidas de tiempo y cree que está filmando “El último emperador”, plantándonos una duración de ¡2 horas y 20 minutos! en los que los primeros 40 se dedica a filmar un drama muy poco afortunado de cómo la madre y el hijo se mudan a China desde Detroit tras el fallecimiento del padre y las dificultades del retoño en un ambiente totalmente nuevo en el que hablan muy raro.

Superado el hastío de esa plomiza primera parte y a partir de que el asunto se centra (como debería haber sido desde un principio, tras una ágil y liviana presentación) en la relación entre pupilo y maestro (que pasan de Daniel San y señor Miyagi a Dre Parker y Señor Han), las palizas que le meten al chaval los gamberros del barrio (que reducen la edad de la adolescencia a la infancia) y el entrenamiento hasta ese enorme torneo final, el pulso narrativo coge fuerza, la historia gana enteros en interés y la emoción se dispara como un cohete.

La historia es, básicamente la que todos conocemos, con el lavado de cara suficiente como para ofrecer un punto de interés (al contrario de lo que sucedía con “Pesadilla en Elm Street”, donde se dedicaban a fotocopiar el guión). Una madre y un hijo que, como decíamos, se mudan a la China mandarina en donde el chaval comienza a practicar Kung Fu (¿pero no se titulaba “The karate kid”? Preguntarás clavando tu pupila en mi pupila castaña. Pozí, pero en China son más de Kung fu, así como en Bilbao son más de pintxos) con las enseñanzas del bedel del edificio en el que vive para poder hacer frente a los malotes del cole, enamorar a la compañera de turno e intentar (aunque intentar se queda corto… ¡que es el hijo de Will Smith!) ganar el torneo correspondiente con tan solo un mes de práctica.

Las batallas individuales entre ambas películas se saldan con unas cuantas sorpresas. Entre el hijísimo Jaden Smith y el mítico Ralph Macchio, ambos juegan bien sus cartas. Aunque en las escenas más dramáticas Jaden derrocha talento, la mayor parte del tiempo el amigo Ralph le gana con creces en cuanto a naturalidad y carisma. Pero cuando la pelea parece que se va a decantar del lado del ochentero, comienza el kung fu y las peleas y el pequeño Smith se sale, demostrando que se ha empleado a fondo en las enseñanzas de Jackie Chan, logrando que las coreografías de los combates sean mucho más espectaculares esta vez. Podríamos dejarlo en un empate técnico.

En el enfrentamiento entre el legendario Pat Morita y el dicharachero Jackie Chan, el lance es aún más igualado. Es muy difícil combatir contra el icono del señor Miyagi, instalado en la memoria colectiva de todo el que haya visto el film original en su época, pero Chan sorprende y mucho con la construcción de un personaje muy alejado a la imagen que tenemos de él. Mucho más contenido, bordando los momentos más intensos y con una apariencia mucho más frágil, nos entrega a un mentor traumatizado por un suceso personal terrible, parco en palabras e inmensamente cercano. Démosles otro empate.

En cuanto a los malos de la función, no hay color. El malísimo Martin Klove de la escuela Cobra Kai interpretado por John Kreese se come con patatas al actual maestro Li, interpretado por Rongguang Yu (un conocido actor y experto en artes marciales chino que ya había trabajado con Jackie), en gran medida porque el peso del segundo es mucho menor en la historia que el primero. K.O. sin discusiones en este apartado para la peli de 1984.

Por último, la espectacularidad de las escenas de acción, tanto en los entrenamientos como en las peleas callejeras y el torneo final, caen sin ninguna discusión en manos del remake. Se agradecen mucho los guiños a la película antigua; por ejemplo, muestra a Jackie Chan dando cera a un coche en un breve momento pero el ejercicio del pupilo se cambia por el de ponerse y quitarse la chaqueta (mención aparte merece el emotivo lance final, donde asistimos a una grulla 2.0 que es para morirse por emocionante y fantasma, momento en el que no sabes si aplaudir o partirte la caja). Pero en general, todo está mucho mejor hecho, la preparación de maestro y aprendiz está a años luz de la ochentera, las coreografías están muchísimo más cuidadas y el tramo final, en pleno torneo, es mucho más emocionante. Puntazo para la película aspirante.

Al final, la contienda puede zanjarse con un equilibrado empate, con lo que el visionado de esta nueva propuesta se hace ameno aunque nos deje la sensación de que, con menos pretenciosidad todo hubiera quedado mucho más redondo. Como bonustrack nos ofrece la posibilidad de admirar preciosos planos de China (gracias a Jackie, un ídolo en su país, se pudo filmar tanto en la muralla como dentro de la ciudad prohibida) y la sensación de que el rodaje no ha sido una completa pérdida de tiempo.

Que no es poco lector San.

Era éste, a priori, otro de esos remakes ochenteros sin ningún sentido, que venían a escarbar en nuestra memoria infantil buscando vaciar los bolsillos a una tropa de treintañeros a los que todo lo que huela a Pantera Rosa con Mirinda nos provoca chirivitas en los ojos. Por si esto no fuera todo, sonaba además a niño rico dándole a sus padres multimillonarios una lista de regalos por su cumpleaños:

“Querido papá molón y buenrrollista y mamá buenorra y simpática,

este año he sido muy bueno. He soportado sin protestar hacer con papá una peli coñazo y he sacado un notable alto en mates. No me he reído mucho de las pintas de mi hermanita Willow (aunque se llame como el enano de la peli) y me he acabado dos veces el plato de espinacas. Por eso quería pediros la tercera planta del Toys ‘R’ Us, una maqueta a tamaño real de un X-Wing, una fábrica de caramelos de cola y ser el protagonista de una película millonaria.

Un beso muy grande

Jaden.”

Lo del X-Wing no lo consiguieron, porque George Lucas les pedía demasiada pasta por los derechos de colocación en habitación infantil privada, pero el resto se hizo realidad sin mucho problema. Así que de esta forma se llegó al revisionado de aquella mítica cinta en la que Daniel San y el señor Miyagi ponían cera y pulían cera, se enfrentaban a los canis de la escuela Cobra Kai y nos sorprendían con la épica técnica de la grulla.

Como ya sabréis, por muy mala y casposa que parezca la película, si viene con la etiqueta ochentera, hay una vocecilla interior que me controla en estas situaciones y no puedo evitar acercarme al cine a comprobar cómo se mean en mis ídolos de juventud. ¿Y sabéis qué? Contra todo pronóstico y al contrario de lo que me esperaba, salí bastante satisfecho del cine.

Digo bastante satisfecho algo apesadumbrado, ya que si el director hubiera sido consciente del tipo de film que tenía entre sus manos, dicha sensación podría haberse transformado en muy satisfecho y hasta haber pensado que la copia superaba al original. Pero el desconocido Harald Zuart (director de la infame “La pantera rosa 2” y de “Superagente Cody Banks”) no se da cuenta de que está haciendo una película familiar, destinada a entretener sin pérdidas de tiempo y cree que está filmando “El último emperador”, plantándonos una duración de ¡2 horas y 20 minutos! en los que los primeros 40 se dedica a filmar un drama muy poco afortunado de cómo la madre y el hijo se mudan a China desde Detroit tras el fallecimiento del padre y las dificultades del retoño en un ambiente totalmente nuevo en el que hablan muy raro.

Superado el hastío de esa plomiza primera parte y a partir de que el asunto se centra (como debería haber sido desde un principio, tras una ágil y liviana presentación) en la relación entre pupilo y maestro (que pasan de Daniel San y señor Miyagi a Dre Parker y Señor Han), las palizas que le meten al chaval los gamberros del barrio (que reducen la edad de la adolescencia a la infancia) y el entrenamiento hasta ese enorme torneo final, el pulso narrativo coge fuerza, la historia gana enteros en interés y la emoción se dispara como un cohete.

La historia es, básicamente la que todos conocemos, con el lavado de cara suficiente como para ofrecer un punto de interés (al contrario de lo que sucedía con “Pesadilla en Elm Street”, donde se dedicaban a fotocopiar el guión). Una madre y un hijo que, como decíamos, se mudan a la China mandarina y que comienza a practicar Kung Fu (¿pero no se titulaba “The karate kid”? Preguntarás clavando tu pupila en mi pupila castaña. Pozí, pero en China son más de Kung fu, así como en Bilbao son más de pintxos) con las enseñanzas del bedel del edificio en el que vive para poder hacer frente a los malotes del cole, enamorar a la compañera de turno e intentar (aunque intentar se queda corto… ¡que es el hijo de Will Smith!) ganar el torneo correspondiente con tan solo un mes de práctica.

Las batallas individuales entre ambas películas se saldan con unas cuantas sorpresas. Entre el hijísimo Jaden Smith y el mítico Ralph Macchio, ambos juegan bien sus cartas. Aunque en las escenas más dramáticas Jaden derrocha talento, la mayor parte del tiempo el amigo Ralph le gana con creces en cuanto a naturalidad y carisma. Pero cuando la pelea parece que se va a decantar del lado del ochentero, comienza el kung fu y las peleas y el pequeño Smith se sale, demostrando que se ha empleado a fondo en las enseñanzas de Jackie Chan, logrando que las coreografías de los combates sean mucho más espectaculares esta vez. Podríamos dejarlo en un empate técnico.

En el enfrentamiento entre el legendario Pat Morita y el dicharachero Jackie Chan, el lance es aún más igualado. Es muy difícil combatir contra el icono del señor Miyagi, instalado en la memoria colectiva de todo el que haya visto el film original en su época, pero Chan sorprende y mucho con la construcción de un personaje muy alejado a la imagen que tenemos de él. Mucho más contenido, bordando los momentos más intensos y con una apariencia mucho más frágil, nos entrega a un mentor traumatizado por un suceso personal terrible, parco en palabras e inmensamente cercano. Démosles otro empate.

En cuanto a los malos de la función, no hay color. El malísimo Martin Klove de la escuela Cobra Kai interpretado por John Kreese se come con patatas al actual maestro Li, interpretado por Rongguang Yu (un conocido actor y experto en artes marciales chino que ya había trabajado con Jackie), en gran medida porque el peso del segundo es mucho menor en la historia que el primero. K.O. sin discusiones en este apartado para la peli de 1984.

Por último, la espectacularidad de las escenas de acción, tanto en los entrenamientos como en las peleas callejeras y el torneo final, caen sin ninguna discusión en manos del remake. Se agradecen mucho los guiños a la película antigua; por ejemplo, muestra a Jackie Chan dando cera a un coche en un breve momento pero el ejercicio del pupilo se cambia por el de ponerse y quitarse la chaqueta (mención aparte merece el emotivo lance final, donde asistimos a una grulla 2.0 que es para morirse por emocionante y fantasma, momento en el que no sabes si aplaudir o partirte la caja). Pero en general, todo está mucho mejor hecho, la preparación de maestro y aprendiz está a años luz de la ochentera, las coreografías están muchísimo más cuidadas y el tramo final, en pleno torneo, es mucho más emocionante. Puntazo para la película aspirante.

Al final, la contienda puede zanjarse con un equilibrado empate, con lo que el visionado de esta nueva propuesta se hace ameno aunque nos deje la sensación de que, con menos pretenciosidad todo hubiera quedado mucho más redondo. Como bonustrack nos ofrece la posibilidad de admirar preciosos planos de China (gracias a Jackie, un ídolo en su país, se pudo filmar tanto en la muralla como dentro de la ciudad prohibida) y la sensación de que el rodaje no ha sido una completa pérdida de tiempo.

Que no es poco lector San.

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