THE CHILDREN

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De las películas que pudimos ver en la VII muestra SyFy, cuatro de ellas pueden ser englobadas dentro del género de terror, pero solo hay una elegida en ese cuarteto que daba el suficiente desasosiego, canguelo y nerviosismo como para que nos dejase satisfechos (bueno, a algunos satisfechos, a alguna otra, exhausta). “The children” es una de las mejores películas de terror que he visto últimamente.

Y es que las películas con niños, si están bien hechas y la idea es atractiva, suelen funcionar bastante bien. Retoños adorables, con sus sonrisas inocentes y sus voces melosas, pero con aviesas y crueles intenciones, ya sean fantasmales con ansias de venganza o cabroncetes de vocación. Porque, ¿qué es más difícil que luchar contra esos ojillos acuosos? Es como si te atacasen un grupo de koalas suaves y aterciopelados. ¿Cómo le clavas una estaca entre la quinta y sexta costilla para alejarlo de ti, si te están poniendo caritas?

Pues en esa escalofriante idea se basa la película. Un grupo de amigos/familiares pasa la navidad en una casita de estilo rústico, con la nieve agolpándose en la entrada, los trineos dispuestos acarrear mocosos y las rencillas personales olvidadas debajo de la alfombra de hipocresía que suelen adornar esas fiestas. Hasta que uno de los retoños se empieza a encontrar mal. ¿Un catarro? Algo nos dice que no.

La enfermedad parece ser contagiosa y poco a poco los chavales van generando una mala hostia hacia los mayores, que al principio se confunde con accidentes. Pero la estremecedora realidad va instalándose en los adultos que quedan. Mi hijo está dispuesto a darme matarile. ¿Cómo seré capaz de pararle?

El director y guionista Tom Shankland, del que ya había visto la oscurísima “Waz”, construye una película en una continua recta ascendente. Cada escena es un pasito más hacia la debacle, hacia la locura, hacia la desesperación. Sin prisas nos va dejando pistas de que algo anda rematadamente mal en esos niños, empezando por el aterrador chaval semi-autista. Las miradas de complicidad, los pequeños detalles fuera de tono, todo nos produce una angustia enorme. Todo es sutil, nada es evidente hasta que es demasiado tarde y la negativa de los padres a ver lo que tienen delante de sus ojos pone los nervios a flor de piel.

Da gusto ver cómo no es necesario incluir un susto en el minuto diez de película, ni vaciar un cubo de sangre cada cinco minutos para no aburrir al personal. Basta con presentar la situación poco a poco y dejar que siga su curso, dejando las escenas gore en su justa medida (que haberlas hailas y bien chulas que están). Eso, y que los actores no desentonen, pero tratándose de una producción británica, eso es complicado que pase. Hasta la típica rubia que hace de putón verbenero, le da unas diez millones de vueltas a cualquier actriz novata usamericana que se metiera en ese papel. Por no hablar de los niños, que demuestran que el gen británico de la actuación existe y es hereditario.

Después de haber pasado por “The crazies” y “The descent 2” y estar a punto de sufrir, al día siguiente, “Halloween 2”, esta película fue una buena forma para reconciliarse con el mejor cine de género… y de paso para reconsiderar seriamente el tema de tener hijos, que luego se hace cuesta arriba eso de hacerles daño.

Que sabio era Saturno, sin problemas de conciencia.

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