TERMINATOR: GÉNESIS

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Estoy viejo, pero no obsoleto.

No, listillos, no va por mí. Esta frase, o alguna parecida, se repite al menos tres veces a lo largo de la nueva entrega del robot obsesionado con Sarah Connor y podría servir para reivindicar al Chuache tanto como a la propia saga. Ambos parecen haber dado al mundo sus mejores momentos y, aún así, ambos, conscientes de ello, se resisten a caer en el olvido, reinventándose en una escapada hacia delante.

La jugada, en este caso, no les sale del todo mal. Sin lugar a dudas, este “Terminator: Génesis” es bastante mejor que la última entrega que vimos, con un Christian Bale fuera de sus cabales en el set y, al menos al nivel de una tercera parte que a mí me dejó muy buen sabor de boca, con aquel final nihilista y pesimista que parecía cerrar la saga con dignidad. Sin embargo, sigue muy alejada de aquella primera aventura ochentera y con muchas más ideas que presupuesto y, sobre todo, de aquella obra maestra que supuso la consagración de James Cameron en 1991 y que nos voló las mentes con los robots de acero líquido.

Empecemos por los aciertos de la cinta, que echando cuentas, superan a las partes que no me gustaron.

La historia, el armazón imprescindible para que una película me llegue (o no, porque después de ver “Mad Max: Fury Road” ya no estoy tan seguro de que sea condición sine qua non), es bastante molona. En un universo de saltos en el tiempo y mundos paralelos, tienes infinitas posibilidades argumentales. Puedes ignorar ciertas películas (en este caso, la 3 y la 4 como si nunca hubiesen existido), jugar a retorcer otras (los guiños con la 1 y la 2 son constantes) y a meter a los conocidos personajes, John Connor, Sarah Connor y Kyle Reese, en nuevos problemas.

Por este lado, la mayoría de las decisiones que toman los guionistas, me parecen bastante molonas. Cuando has viajado unas cuantas veces al pasado a meter el zueco, la probabilidad de que te encuentres todo igual debe ser nimia, así que mola bastante el desbarajuste que se encuentra Kyle Reese cuando se planta en los ochenta con la idea fija de proteger a su Sarita.

A partir de aquí, las decisiones que toma Skynet para hacerse con el control de la humanidad de formas diferentes, requieren una suspensión de la credibilidad por parte del espectador, que debe disfrutar sin hacerse demasiadas preguntas, para las que habrá muy pocas respuestas, pero esto no es algo que me suela molestar si los personajes me llegan.

Y, en general, me llegan. Ese Terminator abuelete, tan hierático como siempre pero consciente de que su retiro está cada vez más cerca, un Kyle Reese encarnado por Jai Courtney, que empieza a reivindicarse como héroe de acción majete después del fiasco de “La jungla: un buen día para morir” y la sosez de la saga “Divergente”, un John Connor creíble y humano con la cara inundada de cicatrices de palo de Jason Clarke y, la que quizás es la opción más discutible, una Emilia Clarke muy alejada de la rotundidad que otorgó al personaje, en su día, Linda Hamilton.

Es difícil creerse a Khaleesi como heroína de acción durante las primeras escenas pero, a medida que la cinta avanza, la actriz consigue hacerse con una nueva versión de Sarah Connor y convencernos de que no hay que tener unos bíceps bien torneados para ser una tía dura. No dejamos de echar de menos a la inmortal Linda Hamilton pero aceptamos madre de dragones como salvadora de la humanidad.

También tenemos por ahí a J. K. Simmons en un papel que no aporta casi nada a la historia y que si hubiese sido suprimido hubiese dado bastante lo mismo. Pero, como cualquier cosa que haga este animal interpretativo queda bien, pues ahí está como adorno decorativo de alto nivel y voy yo y lo disfruto.

En cuanto a lo que no me suliveyó, un par de detalles.

Por un lado, ¿por qué esa necesidad de introducir algún nuevo tipo de Terminator a toda costa? Con el de acero líquido has llegado al tope. Es de lo más molón que le ha pasado al cine de ciencia ficción en muchos años, pero imposible quedarse ahí, así que hay que inventarse algo nuevo, aunque se cargue las bases pseudocientíficas que tan bien sustentaban la saga hasta este momento. No voy a desvelar el tipo de robot ni cómo se construye para no incurrir en spoilers innecesarios, pero que levante la mano el que no dejó escapar un leve suspiro de disgusto al verlo.

Y por otro, un epílogo innecesario, facilón, complaciente, buenista y corta rollos. Tampoco voy a desvelar en qué consiste, pero si la película hubiese acabado diez minutos antes, todo hubiese tenido un poso más dramático y auténtico.

Por lo demás, acción a raudales, personajes carismáticos y una entrega que debería rematar la saga antes de que alguien vuelva a cagarla.

Queridos jefazos de los estudios de Jolibú, no pasa nada por dejar a los héroes del cine vivir su retiro dorado en la memoria de los cinéfagos. Cada vez que resucitáis otra leyenda en una película de mierda, un Goonie muere.

Tenedlo en cuenta y actuad con mesura.

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