TALLULAH

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Novedades en el viaje transdimensional de esta nave de batalla destinada a recorrerse los universos cinematográficas de esta y otras realidades, con paradas habituales en el cine ochentero más nostálgico. Por primera vez desde que dejamos el muelle estelar, vamos a hablar sobre un estreno que no hemos visto en una sala de cine. El modelo de negocio está cambiando, amigos y no queremos quedarnos atrasados en la carrera, así que hemos orbitado en la atmósfera de Netflix y hemos acabado aterrizando en una pequeña película protagonizada por la reivindicativa Ellen Page y la veterana Allison Janney llamada “Tallulah”.

La película se presentó en el festival de Sundance de este año y era una propuesta de Sian Heder, quien la escribió y dirigió alargando la idea que había plasmado en su cortometraje “Mother” y después de la buena recepción del público, allá que fue la plataforma de vídeo bajo demanda a adquirir los derechos.

Un cortometraje y un film muy personales ya que la idea surgió después de una traumática experiencia que tuvo cuando trabajaba como niñera en un gran hotel de Beverly Hills. Cuenta Sian que tuvo que cuidar al hijo pequeño de una irresponsable madre que había acudido a la ciudad para tener un encuentro extramarital. Su charla con aquella madre y la sensación de desprotección que le inspiró la criatura provocó que se pasara el camino de vuelta a su casa llorando como una descosida, llegando a pensar que se tenía que haber llevado al crío consigo.

Efectivamente, este es el punto de partida de la película, el encuentro de una madre alcohólica, depresiva, irresponsable y muy loca y una adolescente con unos hábitos de vida bastante anárquicos, que se hace pasar como miembro del staff de un hotel. A la madre la interpreta de forma brutal y magistral Tammy Blanchard, una actriz que ya me había impresionado en la impactante “La invitación” con un papel también muy esquizofrénico y una habitual de los escenarios de Broadway que, ahora que me he aprendido su nombre, comenzaré a seguir más de cerca. A la adolescente, por otra parte, la interpreta Ellen Page, de quien a estas alturas poco más tenemos que decir después de verla triunfar desde pequeñita y luchar, de un tiempo a esta parte, por la igualdad de la comunidad LGTB.

Y ahí tenemos la primera gran diferencia con respecto a la experiencia de la directora, el confrontar esa madre perdida con esa adolescente que vive en una camioneta, comiendo los restos que desechan restaurantes y supermercados y que no quiere ninguna responsabilidad en su vida. Que sea un personaje como el que interpreta Page, la Tallulah del título, el que decida llevarse y cuidar al niño, le da una dimensión diferente que el que fuera una persona responsable y centrada.

De hecho, no hay personajes centrados, racionales y de vidas impolutas en la película. Aparte de estas dos mujeres que se encuentran, tenemos al novio de Tallulah, Lu para los amigos, un niño de mamá que desea seguir a Lu viviendo el día a día pero que no lo consigue y la madre de éste, una mujer divorciada, que vive en un piso que no es suyo y que no es capaz de superar la humillación de que su marido la haya dejado cuando éste decidió salir del armario.

Un ramillete de vidas humanas que vagan buscando su camino sin encontrarlo, infelices y sin saber cómo cambiar de rumbo, que ven cómo sus vidas pegan un vuelco con la entrada de la niña robada. Es en estos personajes donde radica la fuerza de la película, gracias a diálogos que van desde lo bueno hasta lo brillante y unas actuaciones comprometidas y potentes.

Sin embargo, la película va pegando tirones y no es del todo homogénea. Hay momentos que parecen algo metidos a la fuerza, como para estirar el relato y que desentonan con la historia central. Entre ellos, quizá destacaría el conato de romance de Margo (la madre del novio de Lu) con el portero del edificio, cuyas consecuencias jamás se llegan a mostrar y algunos de los puntos de la relación entre Lu y Margo, que tratan de retratar la buena influencia que causa la llegada de una personalidad fresca y llena de improvisación en la vida de una señora de vida rutinaria.

De todas formas, el buen hacer del plantel, salva con creces los baches de la película e incluso el sabor de boca del conjunto se sobrepone a un final algo ambiguo y anticlimático con una metáfora bastante infantil para remarcar un concepto que ya todo el mundo había pillado.

Desde luego, Netflix está leyendo como nadie la buena dirección que debe tener un servicio de películas y series por suscripción, con las compras de derechos de estreno de películas en festivales, producciones propias y alianzas, como la que acaba de firmar con Disney/Marvel Studios. Una serie de atrevidos movimientos que la posicionan en la delantera de este tipo de negocios.

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