TAKE SHELTER

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No se ha hablado tanto de los mayas desde la serie de dibujos animados de la abeja, ni del fin del mundo desde que Arrabal salió un tanto achispado en la tele. Los filmes apocalípticos, plagados de sueños extraños, profecías, siniestros y conjeturas filosófico-religioso-paranoides, campan a sus anchas por las carteleras. Algunos oscuros, otros esperanzadores, otros espectaculares, otros agobiantes. El caso es que este es el año de exprimir el fruto armaggedoniano hasta que no quede una sola gota de jugo en su interior.

Afortunadamente, no sólo de CGI vive Jolibú y de cuando en vez llegan propuestas diferentes, que quizá juegan con la idea, sin caer de pleno en ella. Que simplemente se sirven del concepto para enmarcar historias que van mucho más allá. El ejemplo es esta “Take shelter”, que ha ido rodando por un montón de festivales, consiguiendo adeptos y críticas positivas a partes iguales, gracias a una historia claustrofóbica y de ritmo sereno, que se enzarza en una carrera de fondo yendo de menos a más y unas actuaciones sobresalientes que le otorgan un poso de realidad.

Curtis y Samantha son una pareja afortunada. Tienen una vida en común plácida y feliz, una niña despierta y cariñosa, que, aunque padece de sordera, puede recibir un implante en breve gracias al estupendo seguro médico que les proporciona el trabajo de Curtis. Trabajo, por cierto, que sin ser ninguna maravilla, sí es estable y les proporciona los ingresos suficientes.

Todo se comienza a torcer a partir de que Curtis empieza a tener unas pesadillas rarunas y profúndamente vívidas. Sueños en los que se forma una tormenta terrible, las nubes bajan hasta la tierra en forma de amenazantes remolinos de aire y una lluvia aceitosa y densa convierte a quien toca en seres violentos e irracionales.

Al hombre le empieza a costar mantener los sueños separados de la realidad y de su vida diaria y empieza a preguntarse si no será el comienzo de alguna enfermedad mental, sobre todo teniendo en cuenta que su madre se encuentra internada desde que tenía 30 años, con un tratamiento permanente que mantiene a raya su esquizofrenia.

Jeff Nichols, que se hace cargo de la escritura y de la dirección de la cinta, construye un ambiente cambiante, que pasa de retratar una vida cotidiana a una existencia en permanente tensión, paranoia y duda. La sensación de agobio y claustrofobia se va incrementando de manera lenta a medida que pasan los minutos. Lo que al principio puede resultar incluso aburrido, va comiéndonos poco a poco los nervios, sin necesidad de subir la voz, con simples detalles, cada vez más palpables.

El gran triunfo de la propuesta de Nichols es transmitirnos en cada momento el mismo estado de ánimo del protagonista, un enorme Michael Shannon, que en sólo tres películas (una aún por estrenar) parece haberse convertido en el actor fetiche del dire. Sin olvidar a la otra gran causante de que estemos en medio del follón de esta pareja que empieza a desconfiar de todo lo que pasa a su alrededor, la guapísima Jessica Chastain, cada vez más deseada por los realizadores listos, después de ver interpretaciones como la que se gasta en “Criadas y señoras”, “El árbol de la vida” o esta “Take shelter”.

Es este un film para dejarse sumergir en la espiral de confusión que vive el protagonista, para rayarse con sus rayes, dudar de todo igual que él y comprobar la capacidad de aguante que tenemos ante una situación cada vez más negra, cada vez más rodeada por una tormenta malsana que parece cambiarlo todo.

¿Os atreveríais a seguir al tipo a su refugio o desconfiaríais de esos ojos enajenados y os quedaríais fuera? ¿Confiaríais en alquien que os ama, aunque sepáis que vive en una locura? ¿Hasta dónde puede tensarse la goma de la confianza?

Sólo hay una manera de comprobarlo. Entrad en el refugio.

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