SYFY VIII: THIRST

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Volvemos a las películas del festival SYFY de Madrid y nos plantamos en las de notas aceptables, que aún hay unas cuantas. Al final siempre me abduce un periodo de actividad vital frenética y me tiro días sin actualizar el blog y sin sacarme de encima las pelis pendientes y vuelvo a aparecer en el siguiente festival pillándome el toro e introduciéndome un asta por el ojete. No tengo remedio.

“Thirst”, (“Sed”, traducido a nuestro idioma) era la gran incógnita de la velada porque de su director, Park Chan-wook, un coreano majareta, se puede esperar uno cualquier cosa menos falta de propuestas y originalidad. Ya habíamos visto una peli suya hacía dos festivales (unos visto, otros dormido), sobre una chiquilla que estaba como una regadera y se creía un ciborg. También es suyo uno de los cuentos de terror reunidos en “Three extremes” cuya propuesta es bastante interesante y es el autor de la llamada “trilogía de la venganza”, compuesta por “Sympathy for Mr. Vengeance”, “Oldboy” y “Sympathy for Lady Vengeance”, que tengo pendiente de absorber en algún momento de mi vida.

En esta peli trata de aportar un nuevo punto de vista al universo vampírico, construyendo un complejo relato en donde se mezclan conceptos como la culpa, la fe, la venganza, la esperanza o la necesidad de la gente de creer en santos y mártires. Para ello nos presentan a la figura central del cuento, un cura que se presta voluntario a un experimento médico que trata de encontrar la cura de una enfermedad mortal, en el que es inoculado con un virus que le provoca pústulas y podredumbres varias. Cuando el tipo está ya muy chungo, empieza a curarse milagrosamente y la gente ve en ello un milagro, convirtiéndose así en una especie de santo, hasta que descubre que empieza a sentir un apetito incontenible por la sangre y a ser arrastrado por pasiones que desconocía.

A partir de aquí, la historia se centra en cómo el sacerdote asume su nueva condición, qué es lo que hace para obtener la sangre que necesita sin hacer daño a los demás, cómo utiliza sus nuevas capacidades vampíricas, como la fuerza sobrehumana y la capacidad de volar (ahí es nada) y cómo lidia con sus aventuras sexuales con una señorita malota y egoísta, casada con un tipejo tontorrón, consentido y enfermucho y con la madre de este, una matrona borrachuca y autoritaria. Un batiburrillo de ideas que se entremezclan, pasando del terror a la comedia, del sinsentido a la reflexión, de la acción al plano contemplativo, durante unos excesivos 133 minutos.

Tanta idea junta, tanto cambio de ritmo y de enfoque, hacen de “Thirst” una película muy irregular. Hubo momentos que me engancharon una barbaridad, en los que me descojoné de las atribulaciones del tipo y de las absurdeces de la familia del tontorrón y hubo otros en los que las idas de pinza de Park Chan-Wook me parecieron demasiado hiperbólicas. Este hombre no tiene medida y supongo que en eso se basa su gracia, pero la historia acaba dando demasiadas vueltas en busca de un final, eso sí, redondo y consecuente.

Desde luego, lo que supone la llamada a las puertas del director coreano al universo del conde Drácula, es un soplo de brisa marina a esa amalgama de productos prefabricados destinados a romper taquillas de cines y televisiones como crepúsculos, diarios vampíricos y demás menús con sabor a pollo. Una mirada personal de un director con ganas de arriesgar, lo cual ya es algo muy de agradecer.

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