SUPER 8

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Podría empezar esta reseña, perfectamente, con ese primer párrafo absurdote que solía introducir las películas de mi infancia, sección que, por cierto, tengo más abandonada que el sentido común en el parlamento español. Ese párrafo en el que ponía unos cuantos momentos infantiles, asociados a las películas de videoclub que marcaron mi iniciación en el mundo del cine entre producciones de bajo presupuesto, extraterrestres, los primeros terrores y aventuras heróicas. Secretos que se encerraban en las cajas de cintas VHS que mi padre y yo íbamos a alquilar al videoclub Buho y que descubría con la inocencia de un chaval hambriento de grandes hazañas.

Entre los directores que se introducían en el enorme aparato reproductor (que aún descansa en el pueblo, como símbolo de un tiempo ya pasado), empezaba a auparse un barbudo con gusto por la ciencia ficción y la acción más aventurera. El tipo se llamaba Steven Spielberg y no tardaría en conocerse como el rey Midas de Hollywood.

Una década más tarde, un empollón del cine llamado Jeffrey Jacob Abrams, recibiría una suculenta beca que consistía en restaurar las películas en formato Super 8 que Spielberg había rodado en su adolescencia. Algo así como si le dijeran a Hannibal Lecter que le dan una beca para poder hacer nouvelle cuisine con el panorama político mundial.

No me imagino la de veces que se habrá visto J. J. Abrams las películas de Spielberg, o de John Landis, o de Joe Dante, o de los grandes directores que nos dieron los 80 para lograr asimilar el espíritu de aquellas películas que maravillaron a toda una generación. Films con una sensibilidad, un ritmo y un estilo que había desaparecido hoy en día. Evidentemente también con un buen rollismo, una inocencia y un mensaje blanco y blandito que, en elevadas dosis, pueden provocar la necesidad de otro tipo de cine más transgresor y gamberro. Pero siempre me he preguntado si los cinéfilos del mañana serían totalmente distintos a mí, con un cine tan diferente al infantil y juvenil de aquella época, con extraterrestres bondadosos, pandillas unidas hasta la muerte y aventuras “bigger than life”.

El caso es que J. J. ha volcado todo ese cine mamado en los 80 y lo ha aderezado a sus recuerdos (y supongo que los del propio Spielberg) de sus primeros acercamientos infantiles al cine, le ha regalado su enorme destreza como realizador, como ya habíamos visto en “Misión imposible III”, “Star Trek”, lo ha regado con su estrategia viral y creadora de hypes, se ha aliado con su, antes maestro, ahora amigo, Steven Spielberg y nos ha regalado una perla de ese cine que ya no se hace, un viaje a la nostalgia, un delicioso bocado de grandioso aroma ochentero.

Estamos en 1979 y un grupo de chavales se las ingenia para dar lo mejor de sí en el rodaje de una currada película de zombies. No se sabe cómo, pero Charles, el orondo director, fiel amigo de Joe, el chaval protagonista, ha convencido a la chica más guapa de la escuela para el papel femenino, así que una noche cualquiera, cogen prestado el coche del padre de la rubia y se dirigen a la estación de tren a rodar una de las escenas clave. En ese momento, un mercancías se acerca a lo lejos y el director anima al equipo a acelerar la grabación y aprovechar el momento. Pero, en medio de la escena, una camioneta aparece en escena y se dirige a toda pastilla hacia el tren, en dirección contraria. El choque hace descarrilar al enorme convoy y las explosiones y una lluvia de metal hacen que los chavales se dispersen en todas direcciones. Cuando todo se calma y piensan que todo ha pasado, descubrirán que en el interior del tren se ocultaba un secreto que cambiará sus vidas para siempre.

Es casi imposible que alguien de mi generación que ha crecido con “Los Goonies”, “E.T. el extraterrestre”, “Encuentros en la tercera fase”, “Cuenta conmigo” o “Exploradores”, no disfrute con esta película. Todo en ella traerá recuerdos a aquellos primeros bocados de cinefilia. Los travellings spielberianos, la inocencia en los ojos del protagonista, los secundarios que no son lo que parecen, el mensaje humanista e incluso la tremenda partitura de Michael Giacchino. Un baúl que se abre y entre su olor a naftalina descubre pequeños objetos que hace tiempo que no vemos, cuyo tacto nos recuerda a tardes de recreo y bocatas de chorizo de Pamplona.

Incluso el reparto está impecable, desde los mayores, ligeramente estereotipados hasta la pandilla de amigos, entre los que destacan el actor protagonista, Joel Courtney y la rubia por la que todos suspiran, Elle Fanning, hermana de Dakota, con una cantidad de registros que no me extrañaría que acabara superando a esta última.

Si hay algún punto que pudiera dejar insatisfecho a parte del respetable, es la falta de originalidad. Efectivamente, no hay nada que nos sorprenda sobremanera, todo suena a música ya escuchada, pero creo que esto es exactamente lo que se pretende. No se busca la revolución o la sorpresa, sino dejar el regusto a esos sabores que creímos que no volveríamos a probar y que, por tenerlos a buen recaudo en algún lugar de la memoria, paladeamos con fruición al volverlos a encontrar.

J. J. Abrams va camino de convertirse en el nuevo ídolo de los cinéfagos del mañana. Ambición, imaginación, entrega y talento no le faltan. No creo equivocarme lo más mínimo al asegurar que este friki nos tiene reservadas un gran número de alegrías en el futuro.

4 thoughts on “SUPER 8

  1. Aprovecho este post (que me he tragado enterito, así como tu (ejem) corta introducción) para darte la enhorabuena por el cambio de look del blog! Nena guta! Muaaaaaaaa

  2. Neovallense: más que prefabricado, yo lo vi como algo familiar y eso es parte de la gracia del asunto. Pero entiendo también tu postura, no eres el único.

    Magú: Graciaaaaaaaaaas.

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