STOKER

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La famosa “Black list”. Aquellos guiones que descansan en cámaras acorazadas con forro de Adamantium en lo más profundo de Jolibú, custodiadas por Pitbulls de tres cabezas (ya tu sabe, sabe, sabe… a ver quién es capaz de soportarlo y penetrar). Los catalogados como las joyas de la corona aún no filmados, a la espera de un director que les ponga alma e imágenes. Potenciales películas de culto, blockbusters o truños, quien sabe.

En esa lista descansaba el guión de “Stoker” y el autor del mismo, escondido detrás de un seudónimo, era el que menos esperaba nadie en la industria. Bueno, quizá no el que menos. Si llega a aparecer por la puerta del despacho Paris Hilton atribuyéndose las palabras, la sorpresa hubiera sido aún mayor. Aún así, poca gente se esperaba que aquel lienzo de tatuajes de trabajados músculos que protagonizó una de las mejores primeras temporadas de series de todos los tiempos, en la que un ingeniero ingeniaba un endiablado plan para sacar a su hermano de la cárcel, fuera también un solvente guionista. En efecto, Wentworth Miller, el actor que daba vida a Michael Scofield en “Prison break” es el tipo que ha ideado este thriller oscuro, de malsana pulsión erótica, con personajes extraños e hipnóticos.

Aunque nunca sabremos (a no ser que se publique el guión, claro está) cuánto hay de maestría en la pluma de Miller y cuánto en el retorcido ojo de Park Chan-Wook, el director coreano que nos ha brindado tremendas películas como su trilogía de la venganza (“Sympathy for Mr. Vengeance”, “Oldboy” y “Simpathy for Lady Vengeance”), martillos de géneros como “Thirst” o rarezas psicotrópicas como “Soy un cyborg”. Un director juguetón, al que le gusta incomodar al espectador, experimentar con las imágenes y con una visión para la belleza desasosegante realmente extraordinaria.

En todo caso, ojo y pluma se unen para contar la historia de una familia de genes ligeramente defectuosos. Un padre recién fallecido que ha enseñado a su hija a cazar para canalizar posibles instintos insanos. Una hija con déficit emocional que no deja escapar una sonrisa ni por casualidad y rehuye el contacto físico como los expresidentes rehuyen el silencio. Una madre a la que el luto le dura media hora escasa y con una búsqueda constante de amor y, si puede ser, algo de roce. Y un tío que aparece en escena para liar aún más la madeja, jugando a un juego misterioso, acercándose a madre e hija, ocultando sus intenciones, con una relación con su hermano muerto misteriosa.

Park Chan-Wook saborea el relato dejándonos imágenes que se graban con cincel detrás de los ojos, incrementando la tensión tanto psicológica como sexual a base de pinceladas de trazo fino y utiliza una banda sonora muy bien elegida, con un lugar de honor para esa versión melosa y enigmática llamada “Summer wine” que maúllan, más que cantan, Ville Valo y Natalia Avelon. Además, dirige a la perfección a tres actores que bordan sus personajes, introduciéndose en la piel de tres personalidades complejas y oscuras.

Mia Wasikowska ha sabido elegir retos complicados y alejados del que le dio la fama, la tontita Alice adolescente del perdido Tim Burton y ofrece un recital de miradas hurañas y frases cortantes. Nicole Kidman ha abandonado el botox que dejaba su cara más tirante que la piel de un tambor y más inexpresiva que un ecce homo y sigue demostrando que puede abordar los papeles más alejados, arriesgándose con propuestas extremas. Y a Matthew Goode practicamente lo descubro, pues sólo lo había visto en “Match point” y no me acuerdo muy bien de él y en “Watchmen” en la que pasaba algo desapercibido entre tanto efecto especial y cámaras lentas.

Concretando, el director coreano acierta de lleno en su primera incursión en tierras yankis y sirve un relato claustrofóbico, pegajoso e inquietante, amoldándose en cierta manera a la industria del país que le paga sin perder su esencia y su gusto por la podredumbre humana.

Ole por su camaleonismo.

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