STOCKHOLM

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Hay una tesis central que hermana, de cierta manera, “Stockholm” con “La vida de Adèle” y es el propósito de retratar, de la manera más natural posible, un trozo de vida de dos personas. Quizá es lo único que las une porque en todo lo demás, las películas están tan alejadas que no es que parezcan dos géneros diferentes, sino que parecen dos expresiones artísticas totalmente distintas, como si estuviéramos intentando comparar cine y encaje de bolillos.

Allí donde la excelente peli francesa es naturalidad, fluidez, grandes y explicativos silencios, contención, elipsis y apabullante trabajo actoral, la española se ve lastrada por un guión demasiado artificial por momentos, que avanza a trompicones, con diálogos de relleno y con una palmaria diferencia de nivel de credibilidad entre los dos protagonistas de la historia.

Lo de compararlas es simplemente un capricho. De hecho, dudo que a nadie más se le venga a la cabeza la una viendo la otra pero me sirve para dejar constancia de la enorme dificultad que supone retratar la Vida, así, empezando con V mayúscula, en la gran pantalla. Hay que ser un jodido genio, con el olfato con el que estaba dotado Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de “El perfume” de Patrick Süskind, para capturar ese intangible que retrata el alma humana.

Y es que, aunque “Stockholm” es menos ambiciosa que el film galo e intenta contarnos un pedazo mucho más corto de línea temporal, el que transcurre entre una noche de marcha y la mañana siguiente entre dos chavales con personalidades, deseos y problemas muy alejados y aunque sabe qué es lo que quiere contar, en muchos momentos se va por las ramas, rellenando con paja para que la historia no se le quede en un mediometraje.

Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, guionistas ambos y director el primero, quieren dividir la fábula en dos mitades pero ambos deben de ser conscientes de que la chicha se apelotona en la segunda, así que buscan divertir y entretener en la primera de alguna forma. El resultado es que les falta grano y les sobra artificialidad. El guaperas que intenta seducir a una muchacha que no quiere saber nada de revolcones de una noche se trata con la despreocupación de una comedia romántica pero, salvo algún que otro acierto que nos arranca una sonrisa, no hay casi nada que nos mantenga deseosos de saber el desenlace, algo que, por otra parte, sabemos de sobra.

Y justo antes de que se produzca el cambio de tercio, la noche dé su paso a la mañana y todo se vuelva claustrofóbico y mucho más interesante, Sorogoyen se permite una licencia cinematográfica que nos pega una patada en el culo y nos saca violentamente de la película, un pegote ajeno a la uniformidad del resto de la película, un videoclip a ritmo de música clásica vacuo y desafortunado.

Menos mal que olvidamos casi todos los males de la primera parte nada más comienza la segunda, donde la cháchara da lugar a angustiosos silencios, el postureo a las demoledoras miradas repletas de sentido y la verdadera personalidad de los personajes llenan la pantalla convirtiendo una película del montón en una interesante disección de unas psiques atormentadas y llenas de aristas.

Una segunda mitad que deja en bragas a la primera, en la que no podemos apartar la vista de los cristalinos y profundos ojos de Aura Garrido, un animal actoral que está creciendo a pasos agigantados, con una naturalidad fuera de serie, capaz de epatar y empatizar con el espectador a cada cambio de registro. Una actriz como la copa de un pino que carga esta parte de la peli sobre sus espaldas y agita al espectador convirtiéndose en un continente translúcido que deja a la vista un interior con problemas e inseguridades, una muchacha que está cansada de perder, de dejarse arrastrar, de no saber imponer su decisión ante la de los demás. Un listón a grandísima altura que no puede alcanzar un Javier Pereira que, sin desentonar, no consigue llegar al excelente nivel de su compañera de reparto.

Y creo que hasta aquí puedo leer antes de destripar más de lo necesario.

Stockholm no es una obra maestra sino más bien un film irregular pero posee una entidad suficiente en el último tramo como para esperar de Rodrigo Sorogoyen, un director forjado en la televisión con buenas ideas, que consiguiera continuar una prometedora carrera en el cine.

Si el deficiente concepto que tenemos en este país de la cultura, en general y el cine, en particular, le dejan, claro está.

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