STELLA

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Sigo poniéndome al día como puedo de las películas vistas hasta la fecha, a pesar de mis disputas con telefónica por el ADSL, con la que llevo perdidas varias batallas ¡pero no la guerra!

Después de derrotar enemigos lanzándoles el escudo con la estrellita del Capi, cambiamos de rumbo, género y velocidad y nos comimos una pequeña película francesa con niño, que viene a ser como un género cinematográfico en sí mismo. Bueno lo de francesa da igual, el género en sí es el tamizar a través de los ojos de un proyecto de adulto una época, un lugar, una realidad. En este caso, un bar de barrio del París de los años 70 regentado por los padres de la niña protagonista.

La chavala lleva en su mochila de clase todo el peso de la película y a través de ella (de la niña, no de la mochila) vemos las consecuencias de vivir con unos padres inmaduros que tan sólo se preocupan de continuar una eterna juerga adolescente en su local, sin preocuparse de que su hija estudie, se acueste a horas razonables o socialice mínimamente con sus compañeros.

Por azar, avatares del destino o pura suerte, Stella se hace amiga de una chica, la primera que tiene en el ámbito escolar y no sólo eso, sino que Gladys, la niña en cuestión, es totalmente diferente a ella. Es la mejor estudiante de clase, le encanta leer (madre mía, leer sin hacer nada más, ahí, quieto), su familia se junta en largos debates de sobremesa en varios idiomas y vive en una casa en la que reina el silencio al ponerse el sol. Toda una novedad.

Tras flipar con que una persona tan diferente a ella pueda interesarse por ella, empieza a atisbar una realidad que se sale del sucio bar en el que vive. Quizá la relación de sus padres entre ellos y con los clientes del bar no sea lo normal, quizá su falta de atención tenga solución, quizá haya más diversiones que jugar a las cartas con los parroquianos habituales, quizá exista una salida a la apatía que domina su vida.

Estos trazos gruesos de la película son lo mejor de la misma pero (siempre un pero, me voy a convetir en un crítico gafapasta y protestón) la realización se vuelve en muchos momentos pesada y lenta, como una digestión de fabes con chorizo. Planos larguísimos, separando las distintas postales cotidianas, que no vienen a nada, como si Sylvie Verheyde, la directora,  necesitase rellenar el tiempo con algo y no hubiera ya argamasa argumental. ¿Qué necesidad tengo de ver a Stella corriendo por la acera durante cinco minutos, sin que la trama avance, sin que suceda absolutamente nada, sin que aporte nada nuevo a ella o lo que le rodea?

Esa necesidad de otorgar poética al conjunto a base de retales vacíos es lo único que conseguía sacarme de la peli. Sin la vocación de autor y yendo más al grano, quizá extendiendo momentos cotidianos de la prota, ahondando así en miedos, traumas y descubrimientos, hubiese disfrutado más. O, directamente, prescindiendo de diez o quince minutos de película, que tampoco es obligatorio que pase de los cien minutos.

Salvo ese detalle, amén de algún otro como una escena traumática fuera de cámara que no sabes muy bien en qué ha quedado, ya que no se vuelve a utilizar ni mentar, el conjunto es interesante y llevadero, además de ofrecer la anecdótica oportunidad de ver uno de los últimos trabajos de ese rebelde sin causa con padre famoso que fue Guillaume Depardieu, en un pequeño papel de inadaptado majete.

Por otra parte, si no sabéis de quién estoy hablando, dicha oportunidad es una boñiga, claro está.

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