STAR TREK: EN LA OSCURIDAD

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El cine es un invento grandioso. Y no me refiero a la evolucionada maquinucha que proyecta imágenes, ni al sonido envolvente, ni al 3D, ni a las palomitas dulces, sino al concepto. Esos misteriosos senderos que hacen que una peli llegue a nuestro corazoncito o no, imágenes que se quedan grapadas a nuestra memoria y otras que pasan sin saludar y que si te he visto no me acuerdo. Temas que a priori, consideramos nuestros preferidos pueden abundar en una película que nos deja en un cinemas interruptus y otros que nos dan algo de pereza se aúpan a podiums mentales en los momentos más insospechados.

En un lapso de unas dos o tres semanas, he asistido a tres ejemplos de esta insondable magia que hace imposible predecir, ni al más poderoso pitoniso, si una película triunfará o no. O mejor, si nos gustará o no.

“Man of steel”, un gigantesco monstruo con cara de blockbuster, diseñado y construido para reventar taquillas (de hecho, eso es lo que está haciendo a lo largo del planeta) me dejó más bien frío en muchos momentos. “Star Trek: en la oscuridad”, una de las competidoras de este verano con el kryptoniano pero con la desventaja de ser una segunda parte y, a la vez, una decimosegunda parte, me dejó boquiabierto en la butaca y con la adrenalina disparada. En “La bicicleta verde” no hay tipos que vuelan, ni naves espaciales ni armas futuristas, tan sólo una niña aplastada por el sermón profundamente machista de unos tipos aferrados a creencias caducas y ancestrales y me dejó igual de asombrado y emocionado que los tripulantes de la U.S.S. Enterprise.

Dos películas de temática fantástica y pretensiones similares que consiguen resultados en mí diferentes y dos películas de temática absolutamente alejada que dejan sensaciones, no sé si similares pero sí agradables y perdurables. No me digáis que esto no es hechicería fina.

Pero hoy voy a hablar de la trekkie y por qué entiendo que consigue llevarse el klingon al agua en esta supuesta competición con el hombre de acero. Y es algo que me huelo que tiene que ver con las diferentes maneras que tienen sus directores de hacer cine.

Supongo que debería comenzar por comentar de qué va “Star Trek: en la oscuridad”, aunque estoy seguro que la mayoría tiene una idea bastante clara. La peli continúa las aventuras de los tripulantes de la nave Enterprise, cuya historia, el mismo director, J. J. Abrams, reinició en un nuevo universo de forma genial en la anterior película. Kirk, Spok, Scotty, Bones y Uhura siguen estableciendo lazos mientras se enfrentan a amenazas de diversa índole. Y es quizás en esta idea en la que la trekkie le pega el gran golpe ganador al superhombre: los lazos.

J. J. Abrams se preocupa todo el rato, como buen fan y discípulo de Spielberg, de que empaticemos con los personajes, de que sus amistades y sus amores nos resulten simpáticos, de que sus problemas nos preocupen, de que sus miedos nos atemoricen, de que sintamos su dolor. Zack Snyder está más preocupado porque el fotograma quede molón, que la lucha sea épica y gigante, que el espectáculo sea constante y atronador. Y ojo, a Abrams también le preocupa la épica y sus escenas de acción son muchas y muy buenas pero sabe que si no sentimos aprecio por sus personajes, si no llegamos a apreciar su psicología y sus intereses, jamás vamos a preocuparnos realmente por lo que les pueda pasar en la parte pirotécnica.

Esa es la gran diferencia entre los dos directores, su preocupación por el arco argumental de los personajes de sus películas y tenemos en su filmografía un grandísimo ejemplo: como película más personal, J. J. Abrams hizo la nostálgica “Super 8” y Zack Snyder hizo la vacua “Sucker punch”.

Y eso que, en sus historias, en el plan de los malos y en muchas de sus elecciones de guión, existen agujeros de tamaños similares, explicaciones pseudocientíficas sin ningún tipo de sentido y trampas argumentales igual de rastreras. La diferencia es que, mientras en la de Superman se convierten en el centro de la trama y no podemos dejar de fijarnos en ellas, en Star Trek estamos más preocupados por ver cómo reaccionan los personajes ante ellas, sin importarnos tanto su irracionalidad.

Por no hablar del sentido del humor, patente en muchos de los diálogos de la película trekkie, entre Spock y Kirk o Kirk y Bones o Spock y Uhura. Abrams siempre encuentra algún momento en el que liberar presión y hacernos soltar una carcajada. Snyder está demasiado ocupado en ser serio, oscuro y épico y a veces se le olvida que está jugando con un tipo en mallas que vuela.

Relaciones, lazos, afectos, amistades.

Allí donde Snyder nos presenta un enamoramiento express y frío como el hielo de la fortaleza de la soledad entre Kent y Lane, Abrams se empeña en seguir dotando de calor y sentimiento la amistad entre Spock y Kirk. Allá donde no nos acaba importando mucho que Superman se cargue a Zod por castigador y malo malísimo, sentimos algo de penuca por las motivaciones que mueven a John Harrison para acometer sus actos. Allí donde no llegamos a sentir del todo el sufrimiento de Superman, nos emociona el del capitán de la Enterprise.

“Man of steel” se va perdiendo poco a poco en la memoria porque nunca hemos llegado a hacernos demasiado amigos de un protagonista distante, con motivaciones lejanas y nunca demasiado bien explicadas, a pesar de que hayamos disfrutado como enanos de una pelea que se lleva por delante Metropolis. “Star Trek: en la oscuridad” nos deja en las neuronas el buen rollo entre los tripulantes de la nave y su preocupación de unos por los otros además de las milimetradas secuencias de acción y rijostios.

En definitiva, J. J. Abrams vuelve a demostrar que ha asimilado perfectamente el sentido del espectáculo de su mentor, que es capaz de dotar a la serie espacial de una universalidad de la que nunca ha gozado, llegando a mucho más público alejándose de las tramas pausadas y más cerebrales o filosóficas. En definitiva, ha dejado un poco de lado la parte Spock, fría y calculadora, ensalzando la parte Kirk, emotiva y alocada. Ha otorgado a Benedict Cumberbatch un caramelo de papel que será el primero de una interesantísima carrera que empieza a despegar sin freno, después de revitalizar al detective del 221B de Baker Street. Sigue demostrando que espectáculo y cuidado de la trama, al menos en cuanto a cuidado de los personajes, tienen que ir unidos para llegar a pegar fuerte entre el público.

Y cómo no, hace que la noticia de que él va a ser quien se ocupe de recuperar la saga de Star Wars con el capítulo VII, vaya a suponer una larguísima y emocionante espera.

Y otro día os hablo de “La bicicleta verde”, que también mola un puñao.

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