SPOTLIGHT

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Hay hechos que son tan horribles, tan dramáticos, tan escalofriantes, que cuando son llevados al cine, las películas que los narran tratan de desaparecer delante de nuestros ojos. Se transforman en ventanas transparentes que nos dejen entrar en la historia sin que el formato lleve nuestros pensamientos a nada que no sea el propio mensaje.

Eso es lo que consigue Tom McCarthy en “Spotlight”. Cuando la película acaba, uno no recuerda planos secuencia vertiginosos, ni una realización experimental, ni siquiera nos damos cuenta de que las notas de Howard Shore acompañan las andanzas de los periodistas hasta que aparecen los títulos de crédito.

Porque para McCarthy, responsable de la enorme “The visitor” o de co-escribir la historia de “Up”, lo interesante es la extensa y pormenorizada investigación que llevó a los periodistas del Boston Globe a sacar a la luz los sistemáticos encubrimientos que llevaba a cabo la iglesia católica con respecto a un número increíble de curas acusados de pederastia. La valentía de unos reporteros que saben que van a dinamitar el equilibrio de fuerzas en su ciudad, que se atreven a pelear contra una institución que maneja hilos políticos y conciencias como si fuesen las piezas de su propio tablero de juego, donde lo único que importa es mantener el poder y la imagen.

“Spotlight” no necesita tirar de dramatismo, ni de sobreactuaciones, ni de sobrecarga emocional para trasladar al espectador el mundo de horror, miedo, vergüenza y desamparo de las víctimas de estos párrocos. Ni siquiera necesita presentar a los violadores como monstruos enfermos alejados de la raza humana. Le basta con presentar los hechos al ritmo de la propia investigación de los reporteros, dejando caer cada nuevo descubrimiento con sobriedad, manteniendo el foco en la sorpresa de los investigadores, que no pueden creer los exorbitados números de lo que, en un principio, se creía que eran casos muy aislados (espera, casos aislados, ¿a qué me recuerda eso a mí…?).

A esta sensación de realismo contribuye en buena medida el excelente y medido trabajo de sus actores. Michael Keaton, Rachel McAdams, Mark Ruffalo, Liev Schreiber, Brian D’Arcy James, John Slattery, Stanley Tucci, Jamey Sheridan o Billy Crudup están excelsos mostrando el día a día de la redacción, los dilatados tiempos que requiere un reportaje de investigación de esta magnitud, las zancadillas, tanto institucionales como personales, que se encuentran en el camino, las secuelas anímicas y familiares de los periodistas o los abogados implicados, las interrupciones que provocan en la investigación otras noticias que no pueden ser ignoradas e incluso las repercusiones (y en algunos casos la falta de ellas) que provoca el reportaje cuando finalmente sale a la luz.

Una película que se antoja como necesaria más por la detallada información que nos aporta sobre el triste y frustrante mundo que nos rodea que por sus cualidades cinematográficas. Una buena excusa para que no se acerquen a verla todos esos espectadores que repiten como un mantra aquello de “yo es que al cine no voy a sufrir, voy a entretenerme y divertirme”.

Desde luego, si uno consigue meterse en la cruzada de estos profesionales tan necesarios, se entretendrá a rabiar, porque el ritmo de nuevos datos, nuevos nombres (tantos que en algunos momentos fue inevitable perderme entre ellos) y nuevos escándalos, es constante y frenético. Sin embargo, lo de divertirse ya no es tan seguro.

Cabreo, frustración, indefensión y un debate interno posterior con respecto a cómo han construído la sociedad. Seguro que el espectador se lleva todas esas cosas. Pero lo que es diversión pura y dura, lo dudo.

Para los que sólo conciben el cine como evasión, pueden acercarse esta semana a ver “Zootrópolis”, continuar leyendo comics de superhéroes y seguir viendo “Un príncipe para tres princesas”, tres planes que no me ruboriza decir que tengo planeado llevar a cabo. Salvo que, entre ellos, yo sí utilizo el cine, los comics o los programas de televisión para mucho más que el simple entretenimiento aneuronal.

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