SOLO UNA NOCHE

Photobucket

Ciertas películas atrapan por la honestidad de su propuesta. No se trata de grandes argumentos, con giros de guión sorprendentes, ni viajes iniciáticos, ni reinos ignotos. Ni de personajes peculiares con aroma a Oscar, con comportamientos extraños. Son, tan sólo, pedacitos de vida. Gente cotidiana, con problemas que que le podrían a cualquiera, conversaciones de las que todos podríamos tener, decisiones humanas y consecuencias razonables. En esas películas, uno se siente como espiando vidas ajenas a través del agujero de alguna cerradura y todos tenemos ese espíritu voyeur que disfruta contemplando los trapos sucios de otros.

“Sólo una noche” (que loco estoy, saltándome las leyes de la RAE con esa tilde) entra de lleno en esta categoría. Una pequeña historia, un retazo vital en la convivencia de unos cuantos personajes muy bien escritos. Dicen que actuando, lo más difícil es ser natural. Escribiendo, pasa lo mismo. Dotar a un personaje de esa chispa de alma que le convierte en humano es complicado. Que sus actos, sus palabras y sus sentimientos empaticen con el público es una alquimia difícil de conseguir. En este caso, se consigue plenamente y eso es lo que otorga la baza ganadora a la película.

Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington) son una pareja como otra cualquiera, sólo que más cool y más usamericana europeizada que la media, con su casoplón de cocina enorme, copas de vino nocturnas y ese caos organizado u orden caótico que tan bien da en pantalla. Con sus peleas, reconciliaciones, celos infundados y buen rollito, son, efectivamente, como cualquier pareja, con una convivencia bastante plácida, hasta que llega la última noche a la que alude el título anglosajón. En ella, sus ideales, sus barreras, la resistencia al deseo y su fidelidad serán puestos a prueba, cada uno en un escenario sentimental totalmente diferente. Joanna se enfrentará al reencuentro con un antiguo amor y Michael tendrá que soportar el deseo carnal envuelto en el cuerpo de Eva Mendes en un viaje de negocios. De repente, ambos se encuentran pensando y sintiendo cosas que no se imaginaban y tendrán que pelear contra sus propios instintos, descubriendo partes de su personalidad que no conocían.

Amor, deseo, culpa, compromiso e inseguridades, palabras que vienen en el pie de foto de cualquier vida, en un ritmo cadencioso, sin planos de autor, sin giros imposibles. La humanidad despojada de glamour, de la forma más natural posible, sin conservantes ni colorantes, sin mujeres fatales, sin mártires, nada más que tipos corrientes. Una visión a la que ayuda la interpretación de los actores, que se mueven en esta obra de teatro filmada de forma excepcional. El machote Sam Worthington, sin guerreros azules ni caballos alados, poniendo estoicidad y contención a un tipo enamorado que lucha contra lo prohibido, la estilizadísima Keira Knightley sin espadas piratas ni corsés de época, que se enfrenta al remordimiento de la contradicción, el hasta ahora desconocido para mí Guillaume Canet, que supone la tentación intelectual, interpretando al bohemio escritor enamorado y Eva Mendes en un papel más de bomba sexual, aunque muy humanizada en este caso, víctima de sus actos y de sus palabras, que supone la tentación física. Todos enormes, excepto, quizás, la Mendes, que queda algo por debajo de sus compañeros.

A pesar de la sinceridad del guión de la debutante en la dirección Massy Tardjedin, hay algún momento impostado, más centrado en la búsqueda de la imagen que en la palabra. Esa conversación en la piscina, o la fiesta en el loft, que quizás rompen con la austeridad del resto de la película, suponen pequeñas concesiones que rechinan en el conjunto. Aún así, en una época en la que domina el guión simple, los diálogos de relleno y el montaje acelerado, “Sólo una noche” supone un oasis que parece sacado de la época dorada de Hollywood, donde Billy Wilder o George Cukor nos dejaban joyas imperecederas de ritmo pausado e ideas de calado.

Quizá no pasará a la historia del cine y sólo suponga una pequeña película a ser catada por unos cuantos curiosos, pero desde luego es un tipo de cine que necesitamos de vez en cuando, de ese que se mete dentro en el momento menos pensado y nos deja una bola que rumiar con calma para nuestros adentros. Vamos, algo que no podemos hacer con los Transformers, por mucho que se puedan disfrutar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.