SOBRAN LAS PALABRAS

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Venga, no nos hagamos más los perezosos. Dejemos el “cinco minutitos más”, el mañana empiezo y el remoloneo general para comenzar la actividad física y cerebral del año, que hay que sacarse ese volumen de más en la pancha y ese atontamiento general en la neurona.

El año cinéfilo ha empezado con grandes expectativas. No sólo porque hemos acertado en la primera cita delante de las pantallas sino por las esperanzadoras noticias que nos llegan sobre el panorama nacional de los veinticuatro fotogramas por segundo. Se habla de que el IVA cultural podría volver a bajar (¿puede que se hayan dado cuenta de la subnormalidad de la medida y rectifiquen? ¿me froto ya los ojos?) y una mayoría de exhibidores se ponen de acuerdo para bajar sustancialmente las entradas un día a la semana (sustancialmente es hablar de cinco eurazos en algunos casos).

Si recuperamos un poquito de la ilusión por el cine y el teatro y rompemos dos o tres prejuicios, será un gran paso para conseguir instaurar el amor por la cultura como uno de nuestros pilares y la primera baldosa hacia la libertad de pensamiento.

Pero dejémonos de cháchara, que me gusta más irme por las ramas que a un tití en celo.

“Sobran las palabras” es una comedia indie pequeña y brillantemente escrita en la que se meriendan la pantalla Julian Louis-Dreyfus, la Elaine de “Seinfeld” y el recientemente fallecido James Gandolfini, el Tony Soprano de “Los Soprano”. Una historia sin grandes pretensiones pero con un guión enorme, inteligente y ocurrente, de esos que saben crecer ayudados por enormes secundarios, entre los que destacan Toni Collette y Catherine Keener.

La peli es un bonito cuento sobre el miedo a la soledad, principalmente. Y en segundo plano, enriqueciendo la idea principal, sobre la madurez, sobre las parejas cuarentonas o sobre el temor a volverse a equivocar en la elección de pareja. Un relato cotidiano y nada prepotente sustentado en equívocos algo locos que dan lugar a situaciones comunes.

Una masajista divorciada que trata de asumir la marcha de su única hija a la universidad, conoce a un hombre en las mismas condiciones. La inicial ilusión de encontrar a un tipo gracioso, con el que tiene una conversación natural y fluida desde el minuto uno se irá tiñendo de miedos en conversaciones con sus pacientes o con una pareja íntima que trata de sobrevivir unida en medio de una oleada de divorcios y separaciones.

Una de las grandes claves de la película es la simpatía que despiertan desde el inicio los dos personajes protagonistas. Louis-Dreyfus y Gandolfini están muy cómodos en sus papeles y son conscientes del partido que pueden sacar a las situaciones y a los geniales diálogos, así que se sumergen de pies a cabeza en las personalidades de estos dos seres imperfectos y algo perdidos. Su comicidad traspasa la pantalla sin perder la cercanía de unos personajes que bien podrían formar parte de nuestras amistades. Se nota una complicidad total entre ellos e incluso entre el resto del plantel, que parecen formar una enorme familia que se conoce desde hace lustros.

Mi primera película del año es una joya que permanecerá escondida para una gran parte del público, por su escasa publicidad y su aspecto de historia mínima apta para el consumo doméstico. Mi consejo es que le deis una oportunidad a este puñado de loosers simpáticos si queréis una tarde que finalice con una sonrisa y con la certeza de haber contemplado un gran tesoro encerrado en un pequeño y escondido envase.

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