SKYFALL

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Después de que la etapa de Pierce Brosnan al volante del mítico Aston Martin del agente 007 me dejase la sensación de que la interpretación del irlandés, elegante y rebosante de ironía, quedaba muy por encima de los guiones de sus películas, demasiado infantiloides en muchos de los casos, esperé con impaciencia la llegada de la nueva era tras los glaciales ojos de Daniel Craig. La época de rotura de estereotipos novelescos y de cómics, con la oscura “Batman begins” a la cabeza, poblaba las carteleras y los espías de Jolibú hablaban de un tratamiento semejante en el agente secreto salido de la mente de Ian Fleming.

Sin embargo, la crudeza, el realismo y la oscuridad de “Casino Royale”, la primera aventura en la que Craig se enfundaba el smoking del agente británico, me sacaron de la película. Tanto habían tratado de retorcer la figura de Bond que apenas reconocía nada en el personaje de todo lo que me emociona de él. Sin gadgets, sin el sarcasmo característico, sin el aura de intocable, en definitiva, sin gracia.

El siguiente intento, “Quantum of Solace”, simple y llanamente, me pareció un truñete.

Sin embargo, dada mi condición de infradotado (intelectualmente, no supongáis de más), el anuncio de una nueva entrega, volvió a dirigir mi antena de próximos estrenos golosos hacia el MI5 y sus tejemanejes. Para más inri, se anunció a Sam Mendes como director y de goloso pasó a ser imprescindible. A pesar de los palos anteriores, sí. Puro masoquismo cinematográfico.

Esta vez no podían cagarla. O más bien, no debían. La película conmemoraría el 50 aniversario de la saga desde su estreno en una pantalla de cine. La ocasión merecía un reencuentro con las raíces, volver a ilusionar al público con todo aquello que había hecho de Bond, James Bond, un icono del séptimo arte. Y vive el Spaghetti Volador que Sam Mendes lo consigue.

Parece que las dos películas anteriores están hechas para que el realizador inglés se luzca con un film emocionante, apabullante, repleto de acción, con una trama (por fin) sólida, un malote a la altura y un final exquisito, que supone el comienzo de la leyenda del agente británico más famoso de todos los tiempos.

El comienzo es apoteósico, como debe ser un prólogo de la saga. Sin tiempo para tomar aliento, con acción desde el segundo uno, haciendo suya la máxima de que una película tiene que empezar muy muy alto para luego ir subiendo aún más. Y no acaba ahí la emoción, sino que a continuación golpea una canción que se convierte, desde la primera escucha, en un clásico moderno de la franquicia. La voz de Adele recuerda a los grandes temas de Shirley Bassey y visualmente, los títulos de crédito, recuperan la elegancia y sensualidad de los grandes títulos.

Desde ahí hacia delante todo raya a un nivel altísimo. El retorno del agente, su primer encuentro con el villano, el pulso entre este enigmático ex-agente oscuro e inteligente, como si se tratase de un reverso oscuro del protagonista y el propio Bond, las persecuciones por Londres, con secuencias espectaculares en escenarios muy bien elegidos y el duelo final en las Highlands, épico, emocionante, intenso.

Sam Mendes no olvida ni por un segundo a los fans más acérrimos de 007 y llena la trama de guiños, de pistas que llevan hacia los puntos fuertes del universo Bond, consiguiendo un retorno a los inicios absolutamente redondo, que me recordó a lo que consiguió J. J. Abrams con el reflote de la saga de Star Trek, haciendo gala de un compromiso y un respeto mayúsculo.

Por si esto fuera poco, los actores elegidos están poco menos que perfectos. Tanto los que ya conocíamos, Daniel Craig y Judi Dench, como las nuevas incorporaciones, Ralph Fiennes en el papel de político de carácter, Naomie Harris como una agente muy guerrera, Albert Finney poniendo clase en el tramo final del film, Ben Whishaw encarnando por fin al mítico Q, al que tanto echábamos de menos (a él y a sus inventos, aunque aquí sean más bien pocos) y cómo no, el que se está llevando la mayoría de los elogios por parte de la crítica, Javier Bardem como el malísimo ex-agente Silva.

Así que, por fin lo puedo decir. El gran talento de Daniel Craig, que había demostrado en otro tipo de producciones, por fin está al servicio de una gran película. Al servicio de un mito revivido. Al servicio de Su Majestad. Con licencia para matarnos con altas dosis de adrenalina.

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