SITGES 2011 – A LONELY PLACE TO DIE

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La segunda película del día más largo posible (difícilmente se podían meter más películas en nuestra programación de sábado sin asomarse a la locura) y la tercera en lo que iba de festival, llegó con una producción británica de suspense y acción. Una peli con un punto de partida de esos que generan una expectación suficiente, al leer su sinopsis, como para sentarse en la butaca con ganas de indagar dónde lleva.

Un grupo de amigos, aficionados a la escalada, el descenso de barrancos y esa clase de deportes de aventura, se encuentran en las montañas escocesas dispuestos a respirar aire puro, perderse entre la naturaleza y sentir el vértigo de pegarse como moscas a paredes de piedra con chipicientos metros de caída libre.

En un momento de descanso, en una zona de bosque espeso, con el viento soplando entre los árboles, creen escuchar algo. Al principio, creen que el lamento es parte de los jugueteos del dios Eolo entre las hojas y las ramas de la foresta (toma frase poética, palidece Antonio Gala). Luego, se dan cuenta de que la voz, es humana y el grito, de auxilio. Así que corren buscando su origen hasta que descubren una especie de tubería enterrada en el suelo.

Cuando consiguen encontrar la trampilla disimulada bajo la hojarasca, se encuentran un hueco horadado en la tierra y una niña encerrada dentro, asustada, sucia y hablando un idioma desconocido. Tras conseguir que la infante confíe en ellos, deciden dividirse y buscar ayuda, acongojados por la posibilidad de que a quienquiera que la hubiese encerrado allí, por las razones que fuera, quizá no le haría gracia que llegaran ellos a llevársela.

Lo que empieza como una película de suspense, con el misterio de una chiquilla sepultada en medio de una tierra mitológica, llena de leyendas y un ambiente frío y hostil como unas montañas perdidas en medio de la nada, muta enseguida en una película de persecuciones con unos malosos ávidos de venganza y con objetivos mucho más mundanos de lo que me hubiera gustado encontrarme.

En el momento en el que descubrimos el por qué del encierro, las motivaciones de los captores y se va acercando un desenlace que no se insinúa demasiado sorprendente, la expectación que generaban los primeros minutos, se va diluyendo como una cucharada de Nesquik en una taza de leche caliente. Tras la sorpresa inicial, cada pieza va cayendo en los moldes clásicos del thriller de persecuciones por lugares salvajes, que tantas veces hemos visto.

A pesar de ello, las escenas filmadas en esas paredes escarpadas que intentan superar los protagonistas, en una huída a veces imposible, están filmadas con nervio, contagiando el vértigo de tener tu vida enganchada a una cuerda y un mosquetón. La adrenalina de la primera parte de la película, con el peligro sin rostro acechando detrás de cualquier peñasco, con las carreras entre ríos, despeñaderos y bosques, es lo mejor de la misma y se disfruta de lo lindo durante un buen rato.

Luego, se aplica la máxima de que cualquier miedo o peligro pierde color cuando se racionaliza y los senderos transitados del género acaban por malgastar la pólvora de una película que apuntaba muy alto. Aún así, el nivel del festival seguía sin bajar a los sótanos que habíamos visitado la edición anterior y esto nos llenaba de júbilo y esperanza.

Y basta ya de adjetivos rimbombantes y frases rebuscadas para paliar el hecho de que la película no dé más de sí.

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