SITGES 14: THE SHOCK LABYRINTH: EXTREME

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Tan sólo faltaban dos. Empezábamos el cuarto día de festival y parecía hacerse evidente que a la vuelta íbamos a tener que buscar un psicólogo, porque en el fondo sabíamos que habituarse a la coprofagia no podía ser bueno. Aún así, ya nos llevábamos algunos puntos positivos: habíamos visto dos o tres buenas películas, habíamos disfrutado de una suculenta cena de cumpleaños cortesía de Ibán (muchísimas gracias, por cierto) y el susodicho no roncaba por las noches. Está claro, empezábamos a conformarnos con muy poco.

Para el último día, habíamos elegido un menú ligero, sin platos cinéfilos de difícil digestión. O eso creíamos. Para empezar, nos esperaba una película nipona de terror en 3D, de unos niños que parecían perderse en una especie de laberíntico parque de atracciones, un producto visual, sin pretensiones y de puro entretenimiento. O eso creíamos. Para cerrar, una película localizada en la edad media con el actor que hace de Boromir en la saga de “El señor de los anillos”, Sean Bean, haciendo de nuevo de Boromir, en una especie de trama de espadas, brujería y santa inquisición. Esta vez no podía salir mal.

O eso creíamos.

Crédulos como estábamos, nos calzamos en la napia las gafotas tridimensionales y esperamos a ver qué pasaba. Y lo que pasó fue que inmediatamente nos vimos engullidos por un agujero de gusano que nos trasladó a un universo donde cada minuto duraba en realidad 5. Con lo que los 90 minutos que duraba la película según la información del festival, se transformaron en ocho horas mentales de absoluto aburrimiento, perpetua perplejidad y continuo sinsentido de unos chavales que vagaban por los mismos pasillos una y otra vez, reencontrándose con sus versiones infantiles, corriendo de un lado para otro e intereactuando con un conejito de peluche rosa volador en una de las tramas más marcianas, caóticas y leeeeentas que he visto en mi vida. Eso sí, todo ello en 3D, con planos a cámara leeeeenta y manos que se salían de la pantalla. Uuuuh, que miedo.

La historia comienza con unos chavales adentrándose en la casa del terror de un parque de atracciones (que parece ser que existe y es uno de los más grandes de Japón). Entran n, salen n-1, así que es evidente que han perdido a una de las chicas dentro, saliendo escopetados y con cargo de conciencia y trauma asegurado. Diez años después, en medio de una tormenta, la perdida regresa y con ella vuelven al parque. Allí comenzarán un bucle interminable en el que viven la misma situación chorrocientas veces vista desde los puntos de vista de cada uno de ellos, de pequeños y de mayores (y esos son muchos puntos de vista, amigos), uniéndose ambos hilos temporales. Así que lo que vemos es lo mismo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… hasta que nuestros nervios estallan y sentimos la necesidad de arrancarle alguna extremidad al de al lado para desahogar, ya que no tenemos al guionista a mano.

Los nipones ya son lentos planteando de por sí. Les gusta recrearse con largos planos, saliban con los momentos de suspense en los que no pasa demasiado… vamos, que se toman su tiempo asustando. Sabiendo esto, deberían prohibirles por ley el uso del 3D, en donde, de por sí, se suele abusar de la cámara lenta para el disfrute de los efectos, ya que si los ves a toda leche pueden provocar mareos, náuseas y que en caso de duda consultes con tu farmacéutico. Darle 3D a un japonés paradito con un guión en espiral sin demasiado que contar es como decirle a Pau Donés que componga “jingles” para anuncios, sabes que el riesgo de acabar con los nervios nerviosos es alto.

Tema aparte es el conejito de peluche. Sin venir a cuento, de vez en cuando, en momentos salpicados aquí y allá, aparecía en la escena el dichoso muñegote, guiando a los protagonistas, volando por el medio de la escena o abriendo la panza para que una japonesita salga de su interior, todo con mucho misterio. ¿Simbolismos incomprensibles? ¿Fetichismos varios? ¿sobredosis de psicotrópicos? ¿incomprensión intercultural? A nosotros simplemente nos pareció una soplapichez más en una cinta de terror juvenil que supuso, unánimemente, la nota más baja de todas las pelis que habíamos visto hasta ese momento.

Y mira que es difícil ponernos de acuerdo.

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