SING STREET

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Hay individuos que disfrutan la música con fruición y pasión, que no pueden resistirse a la llamada de unos acordes conocidos, como si una fuerza ulterior tomase los mandos de unas cuerdas invisibles y le convirtieran en un ser bailongo y sin un ápice de vergüenza.

Son aquellos que no pueden evitar menear las rodillas hasta el descoyunte cuando suena el “Twist and shout” the The Beatles, que intentan, con resultados infames, realizar el moonwalk cada vez que escuchan el “Billy Jean” de Michael Jackson, que acaban con dolor cervical agudo después de darle al headbanging cada vez que ponen el “Highway to hell” de AC/DC, que se abrazan a desconocidos gritando LOLOLOLOLO al final de “I want survive” de Gloria Gaynor, que intentan desdoblarse en diferentes clones, a cada cual más tontuno, como en “Mis dobles mi mujer y yo”, para afrontar cada voz de la parte operística del “Bohemian Rhapsody” de Queen, que no dudan en liderar la repetitiva mecánica coreográfica del “Saturday night” de Whigfield en cada boda a la que son invitados, que tras una ruptura se escuchan los greatest hits de baladas de Celine Dion, Whitney Houston y Mariah Carey para poder revolcarse en su propia tristeza, que trabajan con los cascos incrustados en los pabellones auditivos y moviendo un pie con aquel ritmillo y que prefieren acabar afónicos perdidos intentando alcanzar los tonos más agudos del “Take on me” de A-ha aún a riesgo de no poder hablar con nadie el resto de la velada.

Uno de estos melómanos empedernidos es el irlandés John Carney. Vale y yo también, pero hoy no hemos venido a hablar de mí, sino de la última película de este realizador que se ha especializado en dejar en la memoria del espectador imágenes asociadas a canciones tan pegadizas que permanecen adheridas, como un Bang Bang masticado, a las paredes del cerebelo.

Tras tres películas que en su momento pasaron desapercibidas, al menos en España, y por lo menos para mí, Carney dio el campanazo en 2007 con “Once”, una película anti-romántica protagonizada por un cantautor con el corazón roto y una pianista con muchas más partes quebradas que el corazón. Una película cuya banda sonora se instaló para quedarse a vivir en millones de discos duros de todo el mundo, que recibió un premio Grammy y cuya canción principal consiguió un Oscar. Una de esas películas que si no ha recibido ya el estatus de culto (no sé muy bien quién otorga dicho diploma) a punto debe estar de hacerlo y que se encuentra en toda deuvedeteca romántica que se precie junto a “Love actually” y “Big fish”.

Tras otro par de películas que tan sólo habrán sido vistas a nivel muy local, quizá en su comunidad de vecinos y por algún familiar atento, hace tres años estrenaba “Begin again”, otro alegato plagado de romanticismo frustrado y, de nuevo, con un trasfondo musical que la convertían en un nuevo producto deliciosamente agradable de ver.

Aunque, cuando estaba todo el pescado vendido y la película no había funcionado mal en taquilla el director se lanzó de cabeza a una absurda polémica criticando de forma muy poco elegante la profesionalidad de su actriz principal, una Keira Knightley adorable y achuchable (una vez más), en las imágenes no se aprecia la tensión que debió conllevar un rodaje que provocaba unas declaraciones de esta índole por parte de su máximo responsable.

Si bien “Begin again” quizá no esté a la altura narrativa y emocional de “Once”, se trata de otra alabanza al músico de raza, aquel que vive sus canciones con intensidad, al margen de una industria musical demasiado preocupada en otros menesteres menos artísticos y más mundanos.

Ahora, después de tres años en blanco, nos llega su nueva aventura polifónica, su película más romántica, la más nostálgica, la más mágica y la más luminosa, ambientada en los 80 y centrada en un chaval idealista que trata de conquistar a una malotilla un año mayor que él que ve cada día al salir de su nuevo instituto, mientras trata de lidiar con el divorcio de unos padres que no paran de dar voces en casa, un abusón que le hace la vida imposible en los recreos y unos profesores indolentes y crueles que tratan a los estudiantes como ganado.

Sin embargo, no os fiéis de las desgracias enumeradas en el párrafo anterior. La tercera película musical de John Carney es la más alegre de las tres y está plagada de personajes bondadosos y simpáticos. El propio protagonista, Conor, es capaz de sobreponerse a las penurias gracias a un ímpetu imparable y una personalidad algo naíf y está rodeado por personajes igualmente amables: la aspirante a modelo que exhibe una fachada muy diferente a lo que alberga en su interior, el compañero de clase amante de los conejos y genio compositor, el hermano fumeta y vago que ejerce como guía musical y espiritual del protagonista… prácticamente todos los personajes, salvo un claro antagonista, representan el lado más agradable de la naturaleza humana, por lo que el film se convierte en un apasionante camino a través de las diferentes corrientes musicales de la década de los ochenta.

Es casi imposible ser un apasionado de la música y no disfrutar “Sing street”. En ningún momento se hace la peli empalagosa y Carney consigue un perfecto equilibrio entre los momentos dramáticos, los cómicos y los musicales, llegando a un fin de fiesta que entronca con los finales clásicos de películas generacionales usamericanas como “Regreso al futuro”, “Grease”, “Dirty dancing” o “Footloose”, en un claro homenaje a una década repleta de color y locura. Eso por no comentar que también se hace muy cuesta arriba el no enamorarse del personaje de Raphina, encarnada de manera deliciosa por Lucy Boynton.

Quizá sea el amor de este piloto estelar por los 80, pero esta película acaba de entrar por la puerta grande en mi Hall of Fame personal de películas para mover el cucu.

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