SHAME

Photobucket

No lo puedo resistir. No puedo evitar comenzar diciendo que Fassbender, se ha convertido con el paso de las películas y, particularmente, con esta “Shame”, en uno de los actores más dotados de su generación. Hasta George Clooney tuvo la galantería de reconocerlo en plena recogida de galardón en los globos de oro, como podéis ver aquí.

Dicho lo inevitable, vayamos a la parte cinéfila, que es la que, de vez en cuando, nos ocupa. Lo que primero me viene al tarro es que soy un cinéfilo de palo, de los de mercadillo. Hay dos películas que recibieron el año pasado grandes alabanzas desde los círculos más eruditos y gafotas de la crítica mundial y, sin llegar a aburrirme, pareciéndome buenas películas, ninguna de las dos me pareció una obra maestra. Una fue “Drive”, de la cual ya hablé. La otra es esta “Shame”. Dos films que se centran en contar algo muy concreto, contenidas, con grandes interpretaciones y en las que los directores han salido con palmaditas en las espalda de todo evento al que han acudido.

“Shame” explora el significado de la palabra (vergüenza, traducido a algo que todos entendamos) de forma sistemática, ahondando en la personalidad de un tipo incapaz de disfrutar de su sexualidad y profundamente obsesionado con todo lo que tenga que ver con el sexo. Un homre cuya vida gira alrededor de un sólo y único pensamiento, de una necesidad física que no puede controlar y que le provoca un serio trastorno relacional, tanto a nivel de amistades, como de pareja e incluso familiar. Una personalidad rota por un pasado que no se desvela y que le afecta tanto a él como a su frágil hermana, una chica dependiente y con déficit de autoestima.

El director Steve McQueen (que no es el mítico actor de “Bullit” o “La gran evasión” resucitado, por si dudabais), que firma el guión al alimón con Abi Morgan, un tipo que hasta ahora sólo había escrito para la televisión hasta que se ha puesto de moda firmando tanto la peli de hoy como el vehículo de lucimiento de Meryl Streep “La dama de hierro, se dedica a retratar el día a día de la triste vida de este menda, que de repente, ve alterada su cotidianeidad con la llegada de su hermana. Escena tras escena asistimos a diferentes y potentes formas de vergüenza. Vergüenza privada, vergüenza ajena, vergüenza familiar, vergúenza pública… el catálogo de modalidades es amplio y consistente. Para conseguirlo, no se corta a la hora de retratar a Fassbender de la manera más cruda y patética posible, en situaciones que incomodan con tan sólo imaginarlas.

El actor de sangre germana e irlandesa, corresponde sumergiéndose en el regalo de papel protagónico y desnudándose frente a la cámara, en sentido figurado y literal, sin ningún tipo de complejo (vamos, si tiene complejos con esa anatomía es para darle de collejas y no parar). Cada gesto, cada mirada, cada acción, reflejan el cacao mental que acarrea el personaje. La espiral autodestructiva en la que está inmerso es una losa que cae sobre el espectador en cada nuevo paso hacia ninguna parte.

Y aún así, con todo esto, la película me deja momentos de parón. Como si en los instantes de reposo, en los que el guión nos concede algo de tregua, sólo hubiera vacío. Me hace preguntarme si, sin la provocación, la película conserva sustancia. ¿Me atrae de verdad la historia o, realmente, es como cuando uno es incapaz de apartar la vista de algo grotesco, sin llegar a poder fijarla sin una mueca como de chupar limón?

De lo que estoy seguro, es que tanto Michael Fassbender como Carey Mulligan tienen gran parte de culpa de ese magnetismo malsano que impregna la pantalla la gran mayoría del tiempo. Dos actores inmensos que no paran de llevar sus carreras a otros niveles, de arriesgarse enfrentándose a retos.

Resumiendo, quizá la película no llegue al nivel de podio de mi circuito particular, pero las actuaciones son la polla.

Ala, ya lo he vuelto a hacer

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.