ROBOCOP (2014)

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Dura es la vida del friki ochentero en estos tiempos oscuros. Uno vive plácidamente, revisitando su DVDteca (que poco a poco va mutando a Blu-Ray-teca) de hits repletos de hombreras y cardados periódicamente y asistiendo a maravillas de acción que, poco a poco, van transformando esta década en algo que revisitaremos dentro de veinte años, sabiendo que, de forma periódica, con nocturnidad y alevosía, nos anunciarán un remake de nuestras historias más queridas.

Hemos visto revisitaciones de “Desafío total”, “Noche de miedo”, “Pesadilla en Elm Street”, “Karate kid” e incluso “Flashdance” y, algunas noches, nos despertamos sudorosos, conteniendo los temblores tras escalofriantes pesadillas en las que algún directivo sin sentimientos ha decidido dar luz verde a una nueva versión de “Los Goonies” o de “La princesa prometida”.

Lo más sencillo sería mirar hacia otro lado y hacer como si nada hubiese pasado. Lo he hecho en otras ocasiones (no me he atrevido a ver qué habían hecho con la nueva versión de Quatto y la prostituta de tres tetas) y lo iba a volver a hacer con esta nueva visión del clásico de Verhoeven pero Iban, amablemente, me ha regalado un par de invitaciones y, claro, así es difícil negarse.

Es difícil saber qué hubiese yo pensado de esta película si no existiese el “Robocop” de 1987. Pero existe. Y es un peliculón soberbio. Y, podéis volver a comprobarlo cuando queráis, ha envejecido asombrosamente bien. Así que es imposible que no se establezca una comparación desde el minuto cero de la película.

Supongo que a estas alturas es evidente lo que estoy a punto de decir pero, el Alex Murphy de José Padilha sale perdiendo por paliza.

Dado que me ha sido imposible ver la peli sin dejar de compararla con la anterior, me resulta muy complicado también comentarla sin hacer lo mismo y, por lo tanto, me temo que, en las próximas líneas, me remitiré a ciertos aspectos del nuevo argumento. Así que, si no queréis ningún tipo de spoiler y pretendéis llegar a verla vírgenes cual vestales, podéis dejar de leer por aquí. Tampoco es que vaya a destripar el final, pero sí ciertas decisiones tomadas por los guionistas para el lavado de armadura.

Para empezar y para que quede claro, diré que este nuevo robot policía no es un mojón. Tiene cosas buenas y, por lo que he leído, es probable que muchas de ellas marquen un camino por el que Padilha quiso tirar y no pudo. Por la misma estupidez de siempre, la de los trajes de tweed con chistera y pupilas en forma de dólar. Ya sabéis, esos tipos que dirigen enormes productoras que creen saber qué es lo que quiere ver el público y que, con una cámara en la mano, crearían algo tan artístico como un babuíno con un Super Cinexin.

El inicio, por ejemplo, marca un dilema actual, por el que podría haber seguido investigando la película. En mitad de un conflicto iraní pacificado por las tropas usamericanas (ah, ese eje del mal, los nuevos soviéticos malosos), una reportera informa de lo molones que son los droides del ejército, que protegen a la población de maravilla sin tener que poner en peligro vidas humanas. De soldaditos americanos, se entiende. Una visión cínica y crítica que, en eso sí, establece paralelismos con la visión de Paul Verhoeven de 1987, que luego llevaría al límite de la parodia en “Starship troopers” (aunque mucho público pareció no entenderlo así).

También es muy molón el papel de Samuel L. Jackson (¿pero cuantas películas hace este hombre al año?), que indaga en la manipulación de los medios de comunicación, transformado en un Losantos de color que se dedica a acojonar a la población desde un plató de televisión 2.0.

Sin embargo, empiezo a arrugar el entrecejo cuando se construye la personalidad de ese experimento parte hombre, parte máquina, todo policía, como rezaba el cartel ochentero. Cuando en el film primigenio vemos un Murphy que ha perdido una gran parte de alma humana, transformado en una máquina, que poco a poco va dando muestras del tipo que un día fue, aquí es todo lo contrario. Ahondando en una explicación pseudo-científica que me sobra, la conciencia de Murphy sigue ahí, intacta, pero con una rueda de volumen que puede regular lo robótico que se vuelve. Por no decir que tiene un botón de off que produce algún que otro momento absurdo.

También desaparece el papel de Sancho Panza que recaía en la oficial Lewis y que actuaba como conciencia y guía del Murphy humano. Aquí se acentúa el papel del científico y creador y de la familia, que actúan más como descargas emocionales con las que un tipo encerrado en una lata tiene que lidiar.

Y, claro, al ser Murphy más señor que cyborg, desaparecen esas normas que se grababan a fuego en el firmware del primer Robocop, que le instaba a proteger a la sociedad y, en última instancia, a los trabajadores de Omnicorp y que, al final de la peli, desemboca en aquel giro tan redondo que todos recordamos. Aquí, lo que hay es algún chip soldado de mala manera en la masa encefálica, que sobre todo le ayuda a ser una máquina de matar precisa, pero todo es mucho más difuso.

Por lo tanto, el drama planteado es muy distinto y a mí, particularmente, me gusta mucho menos. Por no hablar de aquella violencia rayana en el gore que marca dos de los momentos más geniales de la de Verhoeven, como son la tortura de Murphy y la posterior venganza de este contra los malosos, que en la nueva peli desaparecen por completo. Esto provoca que se vaya por el desagüe gran parte de la empatía que sentimos por Alex Murphy. No hemos sufrido tanto con él y, por tanto, no estamos tan ansiosos de que dé su merecido a los antagonistas.

En vez de estos momentos álgidos, la peli de José Padilha se centra mucho más en el entrenamiento del semi-humano y en un personaje tocapelotas que interpreta Jackie Earle Haley, permanentemente enfadado no se sabe muy bien por qué.

Tampoco hay mucho que sacar del resto de secundarios. Michael Keaton en su sobreactuación de serie con un personaje sin mucha chicha, Gary Oldman poniendo galones, Abbie Cornish poniendo ojitos y Jay Baruchel, un tipo que me gusta muchísimo cómo trabaja, desaprovechadísimo en su papel de lacayo cómico del malo de turno, como si fuese el loro de Jafar.

Ah, bueno y por supuesto el actor principal, que tiene que lograr empatizar mientras trata de moverse con una armadura rígida. Muy difícil competir con un Peter Weller que marcó la tendencia y los movimientos de forma magnífica. Un nivel que Joel Kinnaman, que está de moda con la serie “The killing”, no consigue alcanzar.

Eso sí, estamos en el 2014, la tecnología avanza y, en general, las escenas de acción tienen sus FX molones y disfrutables pero, por el camino, el alma de Murphy se ha perdido en algún cambio de guión y todo desluce bastante.

Será por eso el negro de la nueva armadura. Luto por un Robocop caído que ya no volverá.

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