RED DE MENTIRAS

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Ridley Scott me ha dado sobradas muestras de que es un director capaz de mantenerme enganchado a sus películas. “Thelma y Louise”, “Alien”, “Blade runner” e incluso “Legend” – que a media humanidad le aburre soberanamente – lo han hecho, por eso ver su nombre en la cartelera sitúa al título que le anticipa como una opción probable.

Pues bien, después de “Red de Mentiras”, voy a tener que bajarle unos cuantos puntos de su crédito.

La película es un galimatías político de concepción bastante infantil al servicio de dos grandes actores que son lo único rescatable en un guión confuso, vacío de contenido y, lo que es peor, con ínfulas de denuncia social y de pepito grillo sabihondo. Un Mensaje que no llegó a calarme en ningún momento en medio de tanto personaje tópico y tanto diálogo pretendidamente profundo.

No sé si sabré explicar medianamente bien de qué va, pues me perdí continuamente entre los nombres y las relaciones que iban cambiando delante de mis ojos, pero básicamente el asunto trata sobre lo siguiente: Leo DiCaprio es un superagente destinado en algún punto de oriente medio investigando y haciendo… cosas buenas para su país, se supone. El problema es que está a las órdenes de un tipo que se mueve entre los despachos de las altas esferas usamericanas y dirige a su marioneta sin tener ni  puñetera idea de lo que realmente sucede lejos de su hogar, de las familias que se rompen por culpa de la guerra, de las vidas que se destrozan y del verdadero drama de una sociedad muy jodida.

El punto de partida, por lo tanto es bueno. Un agente que ha vivido media vida en medio de otra cultura, empapándose de sus costumbres, de su gente y de su idioma y que debe obedecer a un chupatintas sin otra visión que la miopía que le produce el mirar a través del prisma de un gobierno, con sus intereses políticos y monetarios.

Así, podemos ver a Leo intentando salvar su vida y no enmarañar más la inestable situación del país en el que se encuentra mientras recibe instrucciones de un Russell Crowe en bata que levanta o baja el pulgar mientras se zampa unos cereales cómodamente en el porche de su mansión, como si estuviera dando cuenta de monigotes en una PlayStation.

El problema viene a la hora de desarrollar esta historia, que así contada ocupa menos de medio folio. Es en ese momento cuando Scott se pierde entre tanta bala, tanta carrera, tanto personaje y tanto lío político que, con mi limitada capacidad de procesamiento neuronal, fui incapaz de seguir.

Por si toda esta tela de araña no fuera suficiente, para humanizar aún más el personaje de DiCaprio y diferenciarlo de su jefe sin corazón, se mete con calzador una historia romántica. Así podemos ver las diferencias culturales, que el chaval es un buenazo, que la chica es una luchadora, bla bla bla. Sin embargo, esta historia ni se desarrolla ni nos aporta nada más que una pausa antes de volver a disparar, correr, torturar, gritar…

La conclusión final es la de siempre. En las guerras pagan justos por pecadores, los gobiernos manipulan y conspiran independientemente del color de su bandera, la distancia y la comodidad de nuestra situación parece restar importancia a la injusticia y DiCaprio y Crowe son dos grandes actores capaces de sobresalir en casi cualquier desaguisado. Nada que no supiéramos antes de ver la película.

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