READY PLAYER ONE

Fui con mucho miedo a ver la nueva película de Steven Spielberg, adaptación del best-seller de Ernest Cline del mismo título. Por varias razones.

La primera, porque aunque me sumergí en el libro y lo devoré feliz por las millones de referencias ochenteras que andamian su historia y me parecía lógico que Hollywood acabara hincándole el diente, también me parecía fácil cagarla en su traslación a la pantalla.

La segunda, porque aunque hay muchas voces que cantan alabanzas sobre la peli, gente que aprecio y de la que me fío, también hay algunas, a las que leo y tengo en gran consideración, que no han comulgado con la retahíla de referencias y guiños, que la han considerado fea y simple y que, en definitiva, han salido decepcionados.

Por ello, me acerqué a la proyección con cautela, con las páginas de Cline en la cabeza y tratando de entrar a la sala con el criterio más neutro posible, circunstancia que soy incapaz de alcanzar, por ejemplo, con las películas de Marvel Studios, que han conseguido atraparme en su secta y me han arrancado gran parte de objetividad. Malo para mis críticas, bueno para mí, que las disfruto como un babuino hasta el culo rojo de LSD.

Ya fuera por las bajas expectativas, ya fuera porque Spielberg, a sus 71 años sigue siendo un jodido genio, ya fuera por la labor de Zak Penn en la escritura del guión, la película me gustó mucho. Quizá eché en falta algún detalle de la novela y desde luego me pareció que la parte romántica está metida con calzador y a toda prisa, pero en general los cambios introducidos me parecieron muy acertados y la amalgama de referencias, esta vez ampliadas también a la década de los 90, me volvieron a atrapar y a emocionar.

Antes de nada, para los que aún no la hayan visto no hayan leído nada, vayamos con una pequeña sinopsis exenta de destripes. Estamos en el año 2045 y el mundo se ha convertido en un lugar peor, esquilmado de recursos y abandonado a la pobreza. La gente se ha cansado de pelear por sus derechos y vive en el conformismo, dedicando su tiempo de ocio, cada vez mayor, a un enorme universo virtual llamado Oasis, diseñado por un genio con problemas de sociabilidad y apasionado de la cultura ochentera.

Este informático brillante, llamado James Halliday, deja un mensaje póstumo en el que informa al mundo de que existe un huevo de pascua en Oasis y para conseguirlo hay que encontrar tres llaves diseminadas a lo largo del vasto campo de unos y ceros. Para ello, deberán conocer su historia y sus pasiones y deberán superar ciertas pruebas. El primero que lo consiga, se hará con la insondable fortuna del finado y el control de Oasis.

En una esquina del cuadrilátero binario, chavales como Wade Watts, enamorados de la misma cultura que Halliday y de las posibilidades de aventura del espacio virtual. Por otro, una malvada corporación que pretende ser aún más poderosa y llenar dicho universo de banners y cobrar por todo. La carrera está servida.

Me va a resultar muy difícil elaborar este texto sin incluir spoilers y va a haber continuos cambios de contexto y comparaciones entre el film y la novela, así que si no la habéis visto y queréis frenar la lectura por aquí, tenéis mi absoluta bendición.

Empecemos pues por el superventas de Ernest Cline, una novela que no se distingue por las cualidades literarias del escritor, ni por una historia particularmente original. La narración es simple y directa y muchas veces me encontré articulando una mueca ante las carencias estilísticas de Cline. Se trata de un viaje del héroe más bien simple, que acumula sucesos y referencias nostálgicas de forma casi compulsiva avanzando la trama muchas veces a trompicones. Y aún así, la devoré y la disfruté como un enano.

¿Por qué?

Creo que el truco está en que la aventura de Parzival y el huevo de pascua de Halliday, que homenajea con pasión la década de los ochenta, tiene una estructura muy similar a muchas de las películas de la infancia de los de mi generación que alimentaron sueños y juegos y nos expandieron la imaginación. También se parece a algunos videojuegos colmaron nuestras horas de procrastinación, con sus diferentes niveles, sus trucos leídos en la revista Micromanía y su apuesta por la miopía al frente de una pantalla verde, donde funcionaba mucho mejor lo que se imaginaba que los gráficos del momento o el argumento en sí.

Quizá Ernest Cline no sea un gran escritor (y sin quizá, no lo es) pero es un tipo muy inteligente y honesto. Le encanta la misma cultura pop que a nosotros nos sigue flipando y ha conseguido convertir dicha nostalgia en la aventura que el niño que llevo dentro sigue queriendo vivir. Quizá (y de nuevo sin quizá) no tiene las herramientas necesarias para construir personajes de carne y hueso pero sí las tiene para generar imágenes muy poderosas que beben del cine, la literatura, los videojuegos y la música de aquella época.

Por cierto, Ernest Cline no es del todo ajeno al mundo del cine. Fue también el responsable, junto a Dan Pulick y Adam Goldberg de la historia y el guión de una película tan divertida y tan plagada de nostalgia y referencias adolescentes (¿debería decir aquí bien entendidas?) como “Fanboys”.

“Ready player one” no es literatura que intente trascender, pero logra divertir, entretener y empatizar por medio de la nostalgia. Por cierto, he leído más de una vez críticas hacia este tipo de utilización de la nostalgia como un uso “mal entendido”. No sé qué quiere decir esto. Que triunfen libros como “Yo también fui a E.G.B.” o novelas y películas como éstas no creo que diste mucho de las historias de la mili o la infancia en la posguerra que nos contaban nuestros abuelos. No creo que se pueda usar mal. Cada uno tiene su propia nostalgia y, si tuvo una infancia feliz, hablará con pasión de ella. Ernest Cline no sólo habla con pasión de la cultura popular que le ha hecho feliz sino que se ha tomado la molestia en construir la historia que le hubiese gustado ver a partir de sus gustos. No entiendo por qué tiene que molestar esto aparte de que haya gente a la que le moleste que determinados productos se hagan muy populares. No entiendo por qué ante dos formas de entender algo, una es buena y otra adolece de un “mal uso”.

Que la novela acabara en las pantallas de cine, dada la enorme cantidad de gente que la compró y la devoró de la misma manera compulsiva que yo, era cuestión de tiempo. Que Steven Spielberg fuese el elegido para dirigirla ha sido una bendición. Que Zak Penn haya coescrito el guión, junto al propio Ernest Cline, ha sido una buena decisión. Quizá no la mejor, pero sí muy buena.

Zak Penn es el tipo que escribió la historia de “El último gran héroe”, la de “X-Men 2” y la de “Los Vengadores” y por ese lado bien. Pero también es el guionista de “El inspector Gadget”, “Elektra” y “X-Men: la decisión final” y por ese lado peor y es que da la impresión de que se le da mejor inventar historias que plasmarlas en un guión final.

Aquí parte de material ajeno y toma determinadas decisiones para recortar y transformar la novela. Algunas me parecen necesarias, otras las adaptan a los gustos del director y también echo de menos alguna faceta que se quedó por el camino. Pero dejémonos de vaguedades y entremos en materia.

El primer punto que los guionistas se ven forzados a cambiar son las pruebas en sí para conseguir las llaves que llevarán al trofeo final. Con esto se sacrifica la originalidad, de nuevo basada en la nostalgia, en pos de la espectacularidad. Donde en el libro hay que jugar una partida del videojuego “Justa”, aquí tenemos una increíble carrera a motor plagada de referencias a películas de los 80 y 90. Donde en el libro hay que encarnar al personaje de Matthew Broderick, calcando sus diálogos palabra por palabra, en la película “Juegos de guerra”, aquí tenemos un paseo por el hotel Overlook con homenaje a “El resplandor”. Quizá en algún momento perdemos algún escenario que hubiera quedado muy bonito e intimista en pantalla pero ganamos escenas brutales, tanto de acción como de aventura y humor. El cambio es justo.

Sin embargo, en esta necesidad de crear un blockbuster con piezas de acción repletas de adrenalina, perdemos una de las características más acertadas de Oasis, presentes en el material original: las clases sociales y la vida cotidiana dentro del mundo virtual. En las páginas escritas, al inicio, el protagonista, Wade Watts o, más bien, su avatar, Parzival, se ve confinado a un reducido espacio en el que acude a clase o se relaciona con sus colegas virtuales y no puede salir de ahí por falta de crédito. Ahí se definen las reglas de Oasis, donde conviven los espacios públicos con otros mundos virtuales que requieren de un medio de transporte y, por consiguiente, dinero. Una idea muy interesante tanto por la importancia de Oasis en la sociedad como por las (aparentemente) mayores dificultades de ganar la prueba de la gente pobre.

En el caso de la película, Oasis parece simplemente un lugar de recreo y quizá esto venga dado por la crítica inherente que hace la película hacia el gamer que se olvida del mundo real que no tenía la novela, que al contrario, ensalza las posibilidades de educación y trabajo en un mundo de estas características. Ahí triunfa un poco el modelo de mentalidad conservador sobre la generación 2.0.

Otro cambio. En la obra literaria la aventura es mucho más individual. Es Parzival el total protagonista y su único contacto con sus aliados es a través de Oasis, al menos hasta casi el final. Él se las ingenia para salir airoso de todos los problemas que se va encontrando sin ayuda, de nuevo hasta que se acercan al desenlace y unen fuerzas. En la película, esto no es así. Los protagonistas se conocen cara a cara mucho antes y la aventura se acerca mucho más a las constantes del cine de Spielberg, en el que el héroe no es nadie sin la ayuda de sus amigos. Además, este encuentro temprano posibilita un romance en este caso demasiado forzado y atropellado y quizás un pelín machista. Esto provoca también que el mundo real sea mucho más benévolo en el film que en el libro, donde salir de Oasis suponía penar por ciudades grises y hostiles, frías y egoístas. Steven Spielberg se permite el lujo de mostrar calidez en el mundo real, reservando la frialdad y la hostilidad a las tripas de la empresa IOI. Y al igual que en otro de los cambios ya mencionados, esto ayuda a la moraleja final, que aboga por vivir la vida real y a cuidar las relaciones palpables y besables en vez de dejarse fagocitar por el brillibrilli del universo informático. Moraleja que se antoja algo impostada y que, si pensamos algo en ella aboga por luchar por un espacio de ocio público frente a la privatización pretendida por IOI en vez de luchar por cambiar una sociedad repleta de injusticias y pobreza. Puestos a moralizar, igual han errado un poco el tiro.

Además, hay otros pequeños cambios que amplían el registro de espectadores. Se añade la década de los 90 en el tema de las referencias y se suprimen las pruebas musicales, dejando el registro sonoro a los temas que ambientan la película, sin peso en la propia trama y a su score, firmado por Alan Silvestri, el mismo que compuso la banda sonora de “Regreso al futuro”, relación que no se ha dado por puro azar. Sin embargo permanece la idea de la importancia del autor en las obras, escenificada por la escena del videojuego “Adventure”, el primero en incluir un huevo de pascua que llevaba al nombre del programador.

Todos estos cambios convierten la peli en algo mucho más concreto, mucho más rápido y mucho más colorista que una novela que se paladea de una forma más calmada, algo que es lógico ya que las experiencias de leer un libro, durante días o semanas y la de ver una película en dos horas y pico también son radicalmente distintas.

Todo esto nos lleva ya hasta la propia dirección de Spielberg que sigue siendo una lección de cine en cada plano, ya sea en la parte del mundo real o la parte del mundo virtual. Todo lo que me emocionaba en la novela de Cline, es decir, el uso de la nostalgia y de las referencias a la cultura pop de los 80 y todo lo que me rechinaba, como el escaso talento literario para la estructura de la historia y su desarrollo, aquí invierte las tornas. La nostalgia y los referentes están, obviamente, pero más en forma de guiños y codazos al espectador, bien diseminadas para quien quiera comprarse la película y dedicarse a darle a la pausa para asimilarlas, pero eso no es lo que hace avanzar la trama. Sin embargo, la estructura de la película y la manera en la que Spielberg se mueve a través de las diferentes fases del juego son fluidas como un perfecto mecanismo bien engrasado.

Por otra parte, lo que no mejora es la construcción de personajes, lastrados por aquellos diseñados por Cline. El malo se acerca a la parodia, los buenos carecen de profundidad y Spielberg pone todo su empeño en, al menos, mejorar la empatía a través de las relaciones entre ellos y añadiendo algún que otro villano, como la fría y despiadada mano derecha de Nolan y el avatar del pecho de calavera.

Sin embargo, lo que no logra a través de las personalidades de los protagonistas, el septagenario director (hay que decirlo más, 71 años gasta el barbudo y sigue dando lecciones de cinematografía independientemente del género de la película) lo consigue a través de la acción y unos diálogos mucho más cargados de humor que los originales y despojados de la trascendencia vacua que Cline pretendía otorgarles.

La película es tan divertida como las producciones de Amblin que tantas alegrías nos regalaron en el pasado. El espíritu de “Gremlins”, de “Regreso al futuro”, de “Los Goonies” o de “Parque jurásico” nos golpea a cada momento y ahí es donde Spielberg concentra su dosis de nostalgia, en recordarnos cómo era una aventura juvenil de los ochenta: desprejuiciada, colorista, repleta de amistad, de amor, de rebelión ante la injusticia y de buenos sentimientos.

No cabe mucho hablar de las interpretaciones, porque aunque hay una buena parte de película que transcurre en el mundo real, los actores están gran parte del tiempo tras unas gafas virtuales y haciendo que hacen. Tye Sheridan, Olivia Cooke o Ben Mendelsohn están correctos, pero quien vuelve a brillar con luz propia es el nuevo actor fetiche de Spielberg, un Mark Rylance que encarna a un Halliday que queremos achuchar y llevar a nuestro cuarto a jugar con el Amstrad todo el rato. Un actor enorme que parece mentira que haya permanecido en un plano secundario tantos años hasta que el realizador de Cincinnati le dio un papel más visible en “El puente de los espías”.

En definitiva, entiendo que la película no le guste a todo el mundo. Entiendo que la novela no le guste a todo el mundo. Entiendo a algunos les guste la peli y el libro no y viceversa. Sobre gustos no hay nada escrito y es cierto que ambas tiran de un tipo de público determinado; no veo a Carlos Boyero emocionándose en el momento en que suena el famoso sonido de campanitas de “Regreso al futuro” cuando Parzival lanza el Cubo Zemeckis para huir de los Sixers.

Sin embargo, si eres un tipo que ha crecido en la década de los ochenta, que disfrutaba como loco yendo al videoclub del barrio a alquilar un VHS con portada dibujada en tonos azulados y promesas de aventuras infantiles, si has tenido uno de aquellos primeros ordenadores de pantalla verde y has jugado al “Arkanoid”, a “La abadía del crimen” o al “Manic miner”, si el niño que discutía en el recreo sobre si era mejor Sylvester Stallone o Arnold Schwarzenegger aún vive dentro de ti, me parece muy difícil que no disfrutes con esta película.

O con la novela, ya puestos.

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