PURASANGRE

Parece que la empatía es una de las características fundamentales del ser humano para permitirle vivir en comunidad con un mínimo de éxito. Y aún con ella, la pifiamos en muchas más ocasiones de las que nos gustaría y convertimos sociedades en auténticos campos de batalla, las veces que hay suerte a través de mensajes anónimos que disparan palabras y, las desafortunadas, en tragedias que ocupan los tiempos de los telediarios.

La historia y el cine nos han enseñado que la falta de sentimientos pueden tener desenlaces fatales y, muchas veces, sangrientos. Dexter calmaba su sed de sangre en medio de su vida de imitación humana cargándose a la peor calaña de Miami gracias a las enseñanzas de un padrastro que ya intuía que el gusto del niño por torturar insectos y pequeños animales no podía augurar nada bueno y una radiografía de un extraño adolescente de familia desestructurada y emociones soterradas nos mostró en “My friend Dahmer” cual fue la semilla de la que brotó el asesino en serie conocido como El Carnicero de Milwaukee.

A Cory Finley, el asombroso guionista y realizador de la película de la que hoy hablo, le decía su madre cuando era pequeño que era hipersensible y él estaba convencido de que la empatía era lo único necesario para convertir a alguien en una buena persona. Así que cuando comenzó a escribir el guión de lo que terminaría siendo su primer largometraje tuvo claro cómo sería uno de sus personajes principales: una persona con absoluta carencia de emociones.

Esa es Amanda, una muchacha que recibe clases particulares de una compañera de colegio porque su madre le paga un buen dinero para que lo haga, viendo que su hija no tiene amigos y es una paria después de que se haya conocido una historia truculenta con un caballo de su propiedad.

La muchacha que ha accedido a darle clase por una jugosa cuantía, a pesar de vivir en una mansión rodeada de lujos y comodidades, es Lily, una chica sensible cuya vida se le hace insoportable al lado del yupi egocéntrico con el que su madre ha decidido compartir su vida.

Ambas muchachas parecen antítesis en un primer momento, dos seres que nada tienen que ver el uno con el otro y que parecen destinadas a ningunearse y, sin embargo, algo acaba uniéndolas. En sus conversaciones se encuentran y se reconocen y juntas acaban urdiendo un plan mortal que, al final, acabará separándolas y dejándolas en un lugar completamente distinto a cómo las intuíamos al comienzo.

Finley construye una historia deudora de “La soga”, de Alfred Hitchcock, filmada en muy pocos escenarios, repleta de conversaciones larguísimas y con un tempo pianissimo, que dirían los compositores clásicos, que va atrapando al espectador en una tela de araña de podredumbre emocional hipnótica. Una fábula ponzoñosa ambientada en casoplones inmaculados habitados por ricachones totalmente aislados del mundo real que han conseguido domar sus emociones hasta adormecerlas y esconderlas debajo de las ricas alfombras.

Las dos muchachas están increíblemente interpretadas por dos jóvenes valores de Hollywood.

Por un lado la nueva musa del nuevo cine de terror, esa muchacha de rostro inquietante y bello a partes iguales llamada Anna Taylor-Joy, protagonista de “La bruja”, “Múltiple” o “Morgan”.

Por otro, una actriz llamada Olivia Cooke que da un golpe en la mesa y se aleja de los papeles amables a los que tenía acostumbrada a la audiencia, como los de “Ready player one” o “Yo, él y Raquel”, pero que también había jugueteado con el cine de género en títulos como “La señal” o “Ouija”.

Entre ambas, la actuación del tristemente fallecido Anton Yelchin dando vida a un mindundi de baja ralea con aspiraciones a convertirse en un tipo importante en el negocio de las drogas de la ciudad que acaba demostrando más humanidad que las dos señoritas de alta cuna.

“Purasangre” es una película excepcional y muy diferente al producto prefabricado que se suele ver en los cines, que bien podría haberse convertido en una obra de teatro. Un thriller estilizado y repleto de humor negro que trata de ofrecer una respuesta al Cory Finley que una vez fue niño: ¿Es la empatía la condición única para ser una buena persona?

No.

Ni es necesaria, ni es suficiente.

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