PACIFIC RIM: INSURRECCIÓN

Me pasa algo curioso con “Pacific Rim”, la primera, la de Guillermo del Toro.

Hace poco, El Maestro de Motores me preguntó qué me había parecido en su momento para valorar si debía verla antes de acudir a la segunda, que se proyectaba, en un principio, en la Muestra SyFy. Yo puse los engranajes y relés a trabajar y recuperé, con esfuerzo, la impresión que tenía de las primeras luchas entre robots gigantescos y monstruos enormes. Cuando tuve la bola de recuerdos correspondiente en el panel de mandos, al estilo “Del revés”, le dije que me había parecido entretenida y poco más. Vamos, que incluso me había aburrido un poco. Eso sí, recordaba la banda sonora que había compuesto Ramin Djawadi – el responsable de las notas de “Juego de tronos” – con la colaboración de Tom Morello, con una sonrisa en el rostro.

Tras emitir mi juicio y esperar satisfecho a su reacción, me impelió a que revisase la nota que le di en su momento en FilmAffinity. Mi cara fue todo un poema cuando vi el pedazo ocho que tenía allí plantado.

¿Qué pasó con mi impresión sobre la peli? ¿Por qué se fue degradando con el tiempo?

Ahora tengo una curiosidad infinita por volver a verla y saber si disfrutaría como cuando la vi por primera vez o lo haría como mi cerebro de hoy en día me dice que voy a hacerlo.

En fin, eso es algo que en algún momento comprobaré, o no. Lo que es seguro es que ambos cerebros, el del pasado y el actual, están plenamente de acuerdo en que Steven S. DeKnight, el realizador de esta nueva entrega, que hasta el momento sólo había dirigido capítulos de series, no es Guillermo del Toro.

Del Toro quizá no se distinga por urdir historias complejas, con diálogos afilados y tramas elaboradas, pero sí lo hace por dotar a sus personajes de una humanidad y una empatía brutal y por construir universos ricos en detalles, muy bien planificados y fantásticamente dirigidos. “Cronos”, “El espinazo del diablo”, “El laberinto del fauno”, “La cumbre escarlata”, “La forma del agua”, ninguno de estos guiones son como para estudiarlos en una clase de escritura pero, ¡ah, las películas! Todas ellas están repletas de imágenes que se graban de manera indeleble en la materia gris, todas tienen personajes entrañables, ya sean los humanos o los fantásticos, todas están rodadas con mimo y envueltas en una factura impecable.

A “Pacific Rim” le pasaba otro tanto de lo mismo. La historia es algo tan básico como que aparecen bichos grandes y construimos bichos igual de grandes para darles cera, sin embargo algo había allí que atrapaba (a juzgar por mi ocho).

“Pacific Rim: Insurrección”, que finalmente vimos de preestreno fuera de la mencionada muestra SyFy pero invitados por ellos, conserva a los bicharracos, conserva los armatostes de metal de doble pilotaje, conserva algunos personajes (pocos) pero ha perdido todo lo demás. Ha perdido el amor por el mundo de los Kaiju, ha perdido la dinámica entre personajes, ha perdido la magia que permitía al espectador entrar en este universo y, en definitiva, ha perdido el rumbo.

Jake es hijo de uno de los héroes que salvó en su día a la humanidad de los animalotes extraterrestres y, lejos de continuar el espíritu altruista de su difunto padre, se dedica a sacar tajada de los restos de aquella batalla, vendiendo piezas de robots al mejor postor y escapando de las patrullas de vigilancia.

Su vida cambiará el día que encuentra una preadolescente que construye su propio Jaeger y se ve obligado a alistarse de nuevo en el ejército para entrenar a una pandilla de cadetes aspirantes a pilotar los robots. Así que le pilla bien para volver a enfrentarse a una nueva oleada de monstruos que aparecen de repente.

Quizá John Boyega es de lo poco salvable de la película, con esa actitud chulesca y canalla que imprime a su personaje, aunque lo hace a expensas de un guión que jamás logra empatizar con nada de lo que sucede en pantalla. Ni el prólogo ayuda a identificarse con su historia, ni su relación con un Scott Eastwood que se limita a lucir palmito, tiene la más mínima química, ni se le saca partido a la pandilla de tópicos con patas que conforma el escuadrón de cadetes, ni las peleas entre bichos y gigantes metálicos tienen la emoción de la anterior.

Quizá levante un poco el interés cada vez que salen en pantalla Burn Gorman y Charlie Day interpretando a la pareja cómica de científicos que ya apareció en la primera parte pero incluso en este caso, una trama relacionada con ellos que podría explorarse para dar algo más de riqueza a la trama se abandona por completo para centrarse en seguir a gente corriendo de aquí para allá sin demasiado criterio.

En definitiva, esta película es un compendio de algunas de las características más notorias del cine de acción de los 90, aunque mal ejecutadas. Aquellas típicas secuencias de gente caminando y soltando punchlines que antecedían a batallas épicas contra enemigos o la naturaleza que caracterizaban cintas como “Independence day”, “Armaggedon” o “Demolition man” se encuentran aquí, pero sin gracia, como deslucidas y desganadas.

Es probable que no hubiera ninguna necesidad de una segunda entrega de “Pacific Rim” pero lo que es seguro es que, si la había, ésta no era la manera adecuada de construirla.

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