OSLO, 31 DE AGOSTO

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Para apearme de la vorágine revisionaria de los Oscar y poner un puntito de europeísmo y bajo presupuesto, Carlos decidió la semana pasada escoger una pequeña película noruega, dirigida por el primo del director non grato más conocido de los festivales mundiales, el traumado Lars Von Trier. La peli se llama “Oslo, 31 de agosto” porque transcurre durante las 24 horas del día mencionado, en la localización mencionada y el primo se llama Joachim Trier. Sin el Von.

El dia que narra el film es la oportunidad de un chaval de un nuevo comienzo. Un adolescente de familia acomodada, que nunca ha tenido demasiados problemas, con una habilidad hacia la escritura por encima de la media, que trata de encontrar su lugar en el mundo y saciar una oscuridad en su interior a la que teme. Un tipo como otro cualquiera salvo por un detalle: es un ex-drogadicto. O más bien, un drogadicto que hace ya tiempo que no consume y trata de vivir sin volver a hacerlo.

Su terapia de rehabilitación está a punto de tocar a su fin y una entrevista de trabajo puede suponer la línea de salida de un nuevo futuro, aún sin escribir. A pesar de la oscuridad, de los miedos, del ansia, de los reproches que se agitan en su interior pidiendo la facilidad de una vía de escape por vía intravenosa. En sus propios pasos se encuentra la oportunidad de un nuevo camino pero, para ello, deberá volver, por un día, a Oslo, el escenario que fue testigo de su caída.

Allí le espera su familia, sus amigos, sus exnovias, sus recuerdos. Un álbum de fotos movidas que construyen el collage de un pozo del que ha conseguido salir y que ahora debe atreverse a saltar.

La peli se divide en mi cabeza en dos mitades, no porque la trama se vea segmentada, sino por un interruptor de mi cerebro que hizo click hacia el meridiano del metraje. En el off, asistía a un punto de partida interesante, aunque algo lento, de un viaje a los pensamientos del protagonista, que va narrando el viaje de vuelta a la capital noruega. El on se produjo en el momento en el que empecé a empatizar con el torbellino interior que azota al chaval, el punto en el que empecé a comprender los obstáculos de su camino y el estado mental que le condujo, en algún momento de su vida, a buscar un alivio que le apease de una realidad que le golpea en cada asalto. A entender, incluso, ese punto de altanería y soplapollez que forman parte de su carácter.

El éxito de la propuesta hubiese sido imposible sin el enorme curro de su actor protagonista, Anders Danielsen Lie, de 34 años, que realiza una interpretación poco menos que perfecta. Con una economía de gestos muy natural, es capaz de transmitir ternura a un personaje que en otra piel hubiese podido parecer hostiable. Aunque es difícil llegar a aprobar su actitud, infantil y de una autocompasión galopante, es complicado también distanciarse del miedo al exterior que parece atenazarle continuamente, con lo que acabé sufriendo a pesar de querer darle un par de bofetadas para espabilarle.

Veinticuatro horas de viaje al interior de los miedos propios de la adolescencia, filmadas con la cadencia y la frialdad de nuestros vecinos del norte que te atraparán si llegas a conectar en algún momento con el proceso neuronal del chaval y que te aburrirán o dejarán indiferente si su camino te la bufa.

¿Quieres arriesgar a lanzar la apuesta?

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