ON THE ROAD

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En la década de los cincuenta, nuestros bravucones amigos los usamericanos vivían algo acojonados por todo lo que estuviese más allá de sus fronteras, aunque no supieran situarlo demasiado bien. Miedo por una guerra fría que situaba en un frágil equilibrio el colegueo de las dos grandes superpotencias llenas de siglas, EEUU contra URSS, miedo por que la amenaza comunista inundase de rojos malísimos el suelo yanki, miedo por que la carrera armamentística nuclear acabase de repente con un tipo nervioso dándole a algún botón, miedo por que Elvis preñara mujeres con un par de movimientos de cadera a través del televisor, miedo por que los negros saliesen de los campos de algodón y se sentasen al lado de algún puritano ario en un autobus contagiándole su acento, miedo de que alguna civilización extraterrestre quisiera hacer experimentos sodomizando con tubos a alguna parroquia. Miedo, en general.

Fue en ese ambiente de rectitud y normas en la que la sociedad pretendía permanecer inalterable ante el acojone al más mínimo cambio cuando surgió un movimiento literario promovido por jóvenes brillantes dispuestos a romper las reglas. Una generación amante del jazz, la juerga, el sexo, las drogas psicodélicas y las emociones fuertes en general, que admiraban la filosofía oriental y leían con voracidad todo lo que caía en sus manos. Un puñado de románticos locos de prosa furiosa y poesía desgarradora, caldo de cultivo para grandes películas sobre sus vidas o su obra.

Pues bien, no es el caso. Quizá “On the road” sea la novela cumbre de dicha generación, escrita por Jack Kerouac, admirada por un público enorme y Walter Salles, el realizador de “Diarios de motocicleta” o “Estación central de Brasil” se ha atrevido a afrontar su traslación a la pantalla. Sin embargo, nada de la fuerza de la narrativa de Kerouac ha saltado al fotograma. Os lo digo yo que no he leído ni una palabra de los libros de estos chicos Beat. Pero he leido a gente que los ha leido y dicen que nada de nada, que Salles se queda en la carcasa y no logra profundizar en el alma libre de estos vividores.

Y tuvo un plantel de actores jóvenes comprometidos y con talento para intentar atrapar la esencia de la novela. Sam Riley, que se dio a conocer con el biopic sobre Ian Curtis y parece que se está especializando en encarnar a tipos reales, protagoniza la cinta metiéndose en la piel del propio Jack Kerouac, que en su novela se cambia al nombre al de Sal Paradise. Garret Hedlund, que puso su cara al blockbuster fallido “Tron Legacy”, interpretando a otra gran personalidad de la cacareada generación Beat, Neal Cassady, Dean Moriarty en la novela y la peli, un tipo complejo e hiperactivo que fue inspiración para varios escritores y movimientos de aquella época. Kristen Stewart, continuando con su carrera tras la saga Crepúsculo, más sensual que nunca o Kirsten Dunst, en un papel más bien sosete. Además de Viggo Mortensen o Amy Adams en pequeños papeles que van poco más allá de un cameo.

Sin embargo, tal y como decía, a pesar de los mimbres de una novela tan apreciada y los vehículos de expresión de grandes actores, la película es poco más que una sucesión de fiestas etílicas y viajes en coche a toda velocidad a lo largo y ancho de los Usamérica, un bucle sin fin que no aporta nada, con un final soso y desangelado donde los haya.

Así que quizá sea mejor cogerse el libraco y comprobar por uno mismo si varias generaciones de lectores que han sido absorbidos por una concepción de la vida y la literatura tienen razón.

Un día de estos.

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