OBLIVION

 photo oblivion-poster_zpsf4551b7f.jpg

La palabra Oblivion, en inglés, es un sustantivo poético y con regusto a fábula que describe a un olvido parcialmente autoprovocado, un toque de abandono e inconsciencia personal en el que uno se sume bien por placer anárquico o por intentar superar un dolor.

Joseph Kosinski, el director que me provocó uno de los ataques de sueño más devastadores que he sufrido en una sala de cine con la secuela de “Tron”, “Tron legacy”, no ha podido encontrar un título mejor para su nueva película, la primera de las grandes superproducciones fantásticas del año, en la que descansaban por mi parte grandes esperanzas. En efecto, a los diez minutos de salir del patio de butacas, tras la sana y necesaria discusión sobre la peli con los acompañantes uno olvida lo que ha visto casi por completo. La sonrisa perfecta de Tom Cruise se pierde entre brumas y las visiones de robots, poliedros voladores, paisajes post-apocalípticos y lujosos duplex entre las nubes se diluyen como un azucarillo en una taza de té y enseguida me quedé con la sensación de haber visto un punto de partida interesante, aunque no demasiado original que se iba tornando en una colección de postales para acabar en uno de los finales más ridículos y poco logrados de los últimos tiempos, en cuanto a blockbusters jolibudienses se refiere.

Jack (Tom Cruise) es un técnico en robots que se ha quedado en la tierra junto con su novia Victoria (Andrea Riseborough) a limpiar el desastre tras una guerra nuclear contra unos extraterrestres malísimos que venían a dejarnos sin recursos naturales. Los humanos han ganado pero, como en las guerras no gana nadie, y menos en las de uso de armas nucleares, el planeta se ha quedado hecho unos zorros y Jack, cual Wall-e guapete y musculado, se dedica a reparar robots que hacen cosas… no sabemos muy bien qué.

Pero Jack está preocupado, meditabundo, angustiado, porque tiene un sueño recurrente en el que se ve a sí mismo ligando con una morenaza despampanante (Olga Kurylenko, que últimamente está en todos lados) en lo alto del Empire State Building. El hecho de despertarse palote cada mañana parece que le hace pensar, o al menos cuando la sangre vuelve a borbotones al cerebro, después de la ducha fría y cuando observa el comportamiento extraño que tienen los robots que él mismo repara, con unas cápsulas que caen del cielo, empieza a plantearse muchas cosas.

Tras el disfrute de las impresionantes imágenes de devastación planetaria que filma el director de Iowa en su introducción y los primeros momentos de búsqueda del protagonista uno aún se acomoda en la butaca esperanzado de ver algo grande. Porque, hasta ese momento, todo fluye con gracia, con Cruise haciendo de héroe simpático, con el despliegue de efectos especiales, con la relación con su diligente novia. El problema es que, en el momento en el que Kosinski, que también firma la historia, empieza a darle la vuelta a las cartas, todo se desmorona.

Los sinsentidos aparecen en la pantalla, sacándote la lengua y haciendo burlas, los momentos románticos comienzan a lastrar el devenir del relato y la conclusión supuestamente épica carece de cualquier pizca de emoción o razón de ser.

A pesar de que el realizador bebe de las fuentes de numerosas grandes obras de la ciencia ficción (“Wall-e”, “2001: una odisea en el espacio”, “Moon”…), el refrito que se forma es demasiado artificial, con una falta de coherencia y alma que acaba por derrotar a la película.

Así que, me temo que tendremos que seguir esperando por la obra maestra del género fantástico del año. Para poner los dientes largos, antes de la película pudimos ver los últimos trailers de “Iron man 3”, “Star Trek: into the darkness” y “Man of steel”. Malo será que alguna de las tres no nos haga mearnos en los pantalones, sobre todo la tercera, que tiene una pintaza bárbara.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.