NO-DO

Como dije hace un par de posts, en estos días de loca sobreactividad, me ha dado tiempo a acumular un buen número de películas de unos cuantos géneros. Pendientes de mi miope ojo crítico se pueden encontrar las vicisitudes de un hombre maduro en unas vacaciones italianas, conspiraciones informáticas futuristas con forma de gobernador de California, pérdidas de memoria por causa atentados mellizos, mentes torturadas y retorcidas por el absurdo de las guerras, planes de asesinato maestros que intentan probar la superioridad intelectual, superordenadores todopoderosos con las ganas de jugar de un niño pequeño, recorridos por las vidas de los miembros de una familia numerosa de clase media, hombres aburridos que se dan de bruces con la realidad de una inmigración pataleada, viejos huraños y conservadores con instantes de redención de una vida y unos hijos que no entienden, bocazas adictos a la música, las mujeres y la soledad de un micrófono, fantasías deshilachadas salidas de la mente de un niño-genio desfigurado por la infancia perdida o instantes de magia en los últimos metros del camino hacia el castigo y la redención. Premio gordo para el que consiga descifrar todas estas películas con descripciones tan psicotrópicas.

Probablemente no lleguen todas a Nunca Jamás, pero había que empezar por alguna y la elegida no es ninguna de las nombradas anteriormente, para continuar el caos perpetuo en el que se ha instalado el blog desde hace mucho tiempo. Una película patria de terror sobre informes secretos que el NO-DO (noticiario de los tiempos del generalito que por sí sólo ya provoca algún que otro tembleque) que, supuestamente, narraban los sucesos paracientíficos, buenos y de cagarse por la pata abajo, en la época en la que la iglesia católica era la guardiana de nuestra fe, nuestra moral y si te descuidabas, de nuestro color político y nuestros billetes de cien pesetas.

A la película llegué encabronado. Era un film de género, de los que no abundan en nuestro país, que había recibido una dosis de publicidad bastante alta, teniendo en cuenta cómo se tratan las producciones nacionales. Los posters promocionales se podían encontrar fácilmente por la capital y hasta había visto algún reportaje en la caja tonta con entrevistas al director y los actores, pero resulta que en la semana de su estreno se encontraba en unas diez salas… en toda España, número que iba bajando a medida que transcurrían las semanas. De nuevo, me instalé en un discurso de indignación por cómo tratamos nuestros propios productos, despotrique general sobre exhibidores, productores y mandamases del cine y varios insultos en sarraceno hacia la industria en general. Esto duró, aproximadamente, hasta media hora después de comenzada la película.

A partir de ahí el cabreo se transformó en duda: ¿cómo había llegado semejante película a recibir tanto apoyo publicitario? Aunque, si las producciones usamericanas de calidad tan cuestionable como puede ser “La semilla del mal”, reciben una publicidad similar y la podemos encontrar en un centenar de salas a lo largo de la península, ¿por qué no nuestra propia basurilla? Puestos a darnos un atracón de comida rápida e insulsa, casi prefiero la propia. Pero acabó resultando que “NO-DO” resulta más sonrojante que la película yankie anteriormente citada.

No es sólo que el film sea una mezcolanza de clichés mil y una veces vistos, ya que esto está a la orden del día en el cine de acongoje. Es que dicho guión sin gracia viene unido en un compacto pack a unos diálogos que en muchos de los casos provocan risas en los momentos menos esperables (ese cura enfrentándose a un gran bicharraco final muy parecido a los Dementores Harrypotterianos al grito de “¿Pues sabes qué? ¡Yo soy un martir!” debe haber puesto los pelos como escarpias al mismísimo Rouco Varela) y una dirección de actores que podría haber sido llevada a cabo por la gran actriz Yola Berrocal, de tal forma que hasta la grácil y estupenda Ana Torrent no puede hacer nada para levantar un papel avocado al fracaso.

Eso sin contar uno de esos puntos que se desvelan a finales de la trama, con subidón de música incluído, en plan “aquí te he pillado, obnubilado espectador, esta no te la esperabas, seguro”, cuando se ve venir al cuarto de hora de película.

Me diréis, “coño Heitor, algo bueno tendrá que tener la película, ¿no?”. Pues sí, algo bueno tiene. Los efectos especiales, a pesar de contar con un presupuesto más bien modesto, son vistosos y muy bien realizados. Empezamos a ser buenos artesanos en efectos digitales, animación y detalles técnicos que son capaces de elevar una película de lo correcto a lo resaltable. Pero para eso, primero tiene que haber una historia atractiva y un guión trabajado y para ello, deberíamos tratar mejor a nuestros guionistas, un gremio bastante vapuleado y bastante necesario en esto de contar historias.

Que después de REC ésta haya sido la siguiente película española de terror que me calzo, tiene delito.

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