MOONWALKER

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No sé si os habéis enterado, pues la noticia ha pasado de puntillas por los medios nacionales e internacionales. Una necrológica a pie de página, alguna biografía en revistas especializadas y poco más. El caso es que, para un investigador del mundo de la música y el celuloide como yo, no ha pasado inadvertida la noticia de que Michael Jackson, “Jacko”, el rey del pop, ha fallecido. Siento el palo si, como sería lo lógico, no lo sabíais.

En Nunca Jamás no se suelen hacer homenajes a personajes que han dado el salto al otro lado de la laguna Estigia. Me gusta más la idea de, si el tiempo lo permite, admirar el trabajo del sujeto, viendo alguna película para luego daros la tabarra con ella. En el caso de MJ, las opciones no eran muchas. O bien buscaba el curioso remake “afro” de “El mago de Oz” que bailó junto con su amiga Diana Ross o nos sumergíamos en su colorido e infantil universo metiéndonos ese tripi videoclipero llamado “Moonwalker”. Como la segunda la tenía en la lista de pendientes, me decanté por esta opción.

Debo decir, a priori, que la figura de MJ me resulta simpática. Entre simpatía y pena, se decantarían mis sentimientos hacia él. Siempre me ha parecido un tipo superado por todo lo que le rodeaba, sin demasiado margen de maniobra, maniatado y zarandeado como una marioneta por supuestos amigos que sólo querían una porción de su enorme masa de dinero o fama. Su música me gusta, sus coreografías imposibles me parecen sublimes y en las entrevistas que he podido leer de él, me parece un niño perdido, pero no de los de Nunca Jamás, sino de los que no encuentran su camino en medio de la noche más oscura y cerrada.

En 1988, Jackson se encontraba en la cumbre de su carrera. Había publicado sus tres primeras joyas en solitario, “Off the wall”, “Thriller” y “Bad”, su rostro, aunque ya modificado por causa de la cirugía, aún se veía joven y humano y el vídeo de la canción que daba título al segundo disco, dirigido por John Landis, había deslumbrado a medio mundo. Era el primer cantante afroamericano que había aparecido en la MTV y en 1984 había mostrado al mundo una de sus grandes señas de identidad, el paso Moonwalk, en una actuación homenaje del 25 aniversario del sello Motown. Parecía que nada podía detenerle y que su leyenda iba a ser la más grande del panorama musical mundial.

La publicación del álbum “Bad”, vino acompañada de una gran campaña publicitaria y, en medio de toda ella, se encontraba “Moonwalker”, una extraña película sin línea narrativa, tan sólo hecha de videoclips, recuerdos de su evolución musical desde que empezara en los Jackson five, y una curiosa historia, salida de la imaginación del cantante, en la que tenía que salvar a unos niños de las garras del malvado “Mr. Big”, un maloso (interpretado por Joe Pesci) que quería dominar el mundo atiborrando a todos los chavales con drogas (esto prueba que la visión de MJ era bastante simple e inocente).

En realidad, el valor de “Moonwalker” como película es escaso. Ha de verse como una rareza ochentera en la que asistimos a un bizarro collage de ideas, lanzadas a la pantalla sin mucho sentido. Pasamos de divertirnos con una especie de parodia del vídeo “Bad” donde los actores son niños, a reirnos con la absurda escapada de MJ de un puñado de fans transformándose en conejo de plastilina, a admirar su capacidad para expresar sus sentimientos en canciones en el clip de “Leave me alone”, donde se queja del continuo asedio al que le tienen sometidos los medios, a mover los pies con el estupendo vídeo de “Smooth criminal” y flipar con la escena en la que los bailarines se inclinan pareciendo ignorar la ley de la gravedad (que luego reprodujo en concierto, sorprendiendo a todo el mundo, gracias a unos zapatos de su invención) e incluso a sentir una pizca de vergüenza al ver cómo el rey del pop se transforma en coche, macro-robot  plagado de armas o nave espacial para conseguir salvar a tres chavales de un malvado ejército.

Es probable que ni siquiera se pueda calificar a “Moonwalker” de película, sino de vehículo propagandístico y juguete de un eterno niño que perdió su infancia en algún lado, entre pasos de baile y castigos paternos e intentó recuperarla haciendo lo que mejor sabía, dejarse la piel encima de un escenario, cuando no malgastaba su fama y su dinero en excentricidades absurdas, que pusieron, demasiadas veces, a demasiada gente en su contra.

No, Michael, aún no hemos encontrado tu infancia. Espero que, al final, la hayas recuperado.

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