MOONRISE KINGDOM

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Al fin, vencí al miedo. Me coloqué al borde del abismo, miré hacia abajo, vi un mundo que no comprendía, del que no sabía qué esperar, cerré los ojos y salté. Y cuando llegué abajó, contra todo pronóstico, me gustó. Me encontré surrealismo, muchísimo surrealismo, personajes locos e inexpresivos, un sentido del humor personalísimo, una puesta en escena de mirada propia y una historia llena de puntos de humor, amor, aventura y ternura. Y también me encontré a la sonriente Sara, señalándome con el índice, con carcajada maléfica y diciendo: “te lo diiiiiije. Wes es lo más. Le quiero, le quiero, le quiero”.

Sólo había visto de él “Fantastic Mr. Fox” y me había divertido como gorrino en lodazal ante el festival de imaginación y el universo visual que planteaba Wes Anderson. Pero claro, aquello era animación y todo está permitido. ¿Qué pasaría si toda esa locura se llevara al mundo real, a actores de carne y hueso, a un mundo palpable? Los trailers de “Life aquatic” o “Viaje a Darjeeling” me creaban serias dudas y cada nueva película del nerd de la clase entre las posibilidades de la semana, se planteaba como una incógnita con más posibilidades de urticaria que de triunfo.

Finalmente, lo que me hizo decidirme, fue la cartelera anoréxica de la que disponemos últimamente. La falta de opciones convertía “Moonrise kingdom” en la más excitante de las opciones, la menos predecible. La historia de un chaval inscrito en un campamento de esos que siguen códigos castrenses estrictos y en los que te enseñan a sobrevivir en el bosque, que se fuga con una joven aburrida de su vida y emprenden una huída de padres, tutores, policías y monitores, como si de una imberbe pareja de gangsters se tratase.

Lo primero que me llamó la atención de Anderson es su manera de mover la cámara. Llamadme gafotas empollón, pero es imposible no fijarse. Como si estuviese dirigida por un robot, los travellings dejan fijo el eje y se mueven en una de las tres dimensiones de forma suave y constante, acabando casi siempre en un plano perfectamente simétrico. O bien, deja la cámara fija en un punto y mueve solamente el eje. Me imagino a Anderson como un tipo extremadamente meticuloso, rayando en la extravagancia, escribiendo un guión en un folio inmaculado, con bolis, lápices y demás bártulos alineados perfectamente en una mesa ordenada de forma obsesiva.

Evidentemente esto es sólo echar a volar la imaginación y probablemente lo haga en un portátil de lo más normalito, pero oye, fabular sale gratis.

Otro de los puntos de identidad de Anderson, además de esos planos cenitales rarunos por toda la cinta, es la inexpresividad de sus personajes. Creo que le daría igual rodar una película con humanos o con marionetas, si no se fuera a liar con tanta cuerda para manejar. Todos los protagonistas exhiben una economía de gestos faciales asombrosa, que acaba por formar parte de ese universo extraño del director. Bill Murray, Edward Norton, Bruce Willis (¿os lo imaginabais sin su típica sonrisita pícara de medio lado? Parecía imposible quitarle el tic, pero Anderson lo ha conseguido), Tilda Swinton y Harvey Keitel parecen sus versiones de guiñol. El mismo talento pero con una ausencia de emociones, o más bien, de capacidad para expresarlas, que nunca llega a incomodar pero sí a pensar que algo anda mal en ese universo paralelo.

El caso es que estos aspectos visuales, en unión con ese sentido del surrealismo que el spaghetti volador le ha dado, ese humor de pandilla de inadaptados de instituto del que hace gala y esa elección de la banda sonora de vinilo enterrado en tiendas de segunda mano que debe aplaudir el mismísimo Tarantino, acaba conjuntando de maravilla. Además, dentro de sus excentricidades, al tipo le da por juntar géneros y retorcerlos. No sé si era Hitchcock el que decía que no tiene nada de malo partir de un cliché, lo malo es acabar en él. Wes Anderson aplica la máxima a pies juntillas y parte de la clásica escapada de outsiders enamorados, a lo “Bonnie and Clyde” para acabar construyendo algo personalísimo, bello y raro, como un edelweiss en medio de la nevada. Una historia de amor sin barreras, desgarrada y apasionada enmarcada en parálisis facial.

Al parecer, voy a tener que tragarme mis palabras y mis prejuicios, one more time y explorar el cine gafotas del tejano inadaptado.

Sea pues.

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