MOON

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Es raro ver hoy en día una película que nos llega del otro lado del charco, con proyección internacional, de ciencia-ficción y sin apenas efectos especiales. De sobra tenemos comprobado que la enjundia en el guión se suele suplir con explosiones espectaculares, infografías imposibles, terceras dimensiones y todo tipo de juegos visuales que nos ayudan a disfrutar sin la necesidad de una historia bien armada.

Soy el primero que disfruta con algunos de estos productos realizados, que van directamente del ojo a la región cerebral del placer, sin hacer parada técnica en el raciocinio, pero de pascuas a ramos, cuando una película estimula la olvidada zona del intelecto y sacude las telarañas, reconozco que se me cae la baba.

Duncan Jones parece opinar que merece la pena rascarse las meninges para dar con una buena idea sin apresurarse. Sin apresurarse, porque ha esperado hasta los 39 años para desarrollar su primer largometraje, algo que posiblemente hubiera conseguido mucho antes si hubiese querido, utilizando en vano el nombre de su padre, el gran duque blanco, David Bowie. Pero ha preferido elegir la senda del trabajo y la constancia (algo raro en esta era de Grandes Hermanos y escaladas gracias a amigos de amigos de amigos) hasta lograr perfilar un proyecto personal que bebe de las aguas de la ciencia-ficción clásica.

En un relato con prácticamente un solo protagonista, se alía con un inconmensurable Sam Rockwell (“La milla verde”) que se marca un ejercicio actoral perfecto, acompañado a ratos de la voz de Kevin Spacey (“Seven”, “American Beauty”) en un papel que recuerda en gran medida al HAL9000 de “2001, una odisea espacial”. “Moon” es la experiencia vital y filosófica de un hombre aislado en un asentamiento lunar que se replantea toda su existencia. Un tratado sobre nuestra mortalidad y sobre el lugar que ocupamos en el universo.

Jones se toma su tiempo en desarrollar lo que tiene en mente y evita centrar todo en un giro de guión final que podía haberlo fagocitado todo. Por el contrario, da el giro casi al principio para desarrollar las implicaciones de tal revelación en el protagonista, optando por la meditación en vez del efectismo, por el debate en vez del espectáculo.

Ni siquiera se molesta el director en cerrar por completo todas las interrogantes mostradas en pantalla, dejando al espectador un camino que debe recorrer sólo, si uno es capaz de aceptar los juegos mentales en los que introduce a su protagonista.

Sé que la información sobre el argumento queda más críptica que una comisión de investigación interna del caso Gürtel, pero la gracia de la película es poder llegar a ella con el mínimo de información y el cerebro abierto a las propias interpretaciones.

Después de ver la película, tan sólo me queda una pequeña duda: ¿cuántas veces habrá escuchado el pequeño Duncan la canción Space Oddity y se habrá quedado con una mirada de ensoñación, imaginando como sería salir de una nave y notar la soledad del universo a su alrededor?

Estoy convencido que más de una.

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