MISIÓN IMPOSIBLE: NACIÓN SECRETA

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Es curioso ver cómo la saga “Misión imposible” está ocupando el hueco dejado por la saga Bond desde que alguien decidió que los tiempos habían cambiado y que lo que quería ahora el gran público era un Agente de Su Majestad más oscuro y realista.

Y es en ese mundo oscuro y realista, donde parecía que se imponía también el Batman oscuro y realista y hasta las Tortugas Ninja oscuras y (ejem) realistas, es donde, mira tú por dónde, triunfan los Guardianes de la Galaxia más fantásticos y cachondos, el Mad Max más loco y psicotrópico y donde Tom Cruise ha sabido leer a la perfección el negocio y le roba la cartera al agente 007, consolidando una saga que crece en espectacularidad, fantasmada y diversión a cada nueva iteración.

Ya todos hemos olvidado aquellos San Fermines donde quemaban santos en las calles en el patinazo de John Woo y tenemos muy presentes las entregas de Brian De Palma, J. J. Abrams y Brad Bird, a la que se le suma ahora la nueva pirueta con triple tirabuzón y carpado de Christopher McQuarrie, reclutado por Cruise después del buen tino que se le vio en “Jack Reacher”. Aunque, McQuarrie no era exactamente un desconocido, ya que tiene en su casa un Oscar por el tremendo guión de “Sospechosos habituales”.

Bueno, no sé si lo tiene en su casa. Eso me lo he inventado. El caso es que lo ganó.

Y demostrando su pericia con la pluma, firma un guión plagado de escenas de acción memorables, puntos de humor fantásticos, adrenalina a raudales, su dosis de erotismo light y remata el ensamblado del equipo imposible formado por el todopoderoso Cruise, la vis cómica de Simon Pegg, la chulería serena de Jeremy Renner y la grave voz de Ving Rhames.

Además, como buen producto de espías imposibles, se necesita un acompañamiento femenino a la altura, que no se limite a actuar de mujer florero, demostrando que algo evolucionamos. Y para ello está Rebecca Ferguson, como agente británico que trae loco al bueno de Ethan Hunt. Que si soy aliada, que si te la lío, que no que era broma, que no te fíes ni un pelo… Entre los dos se marcan unas cuantas escenas de acción de las de hacer pegar pataditas involuntarias en la butaca, con el consiguiente cabreo del mastodonte de la fila de delante.

Y cómo no. Ningún héroe es nada si un buen maloso al que hacer frente. Y ahí pone careto hierático el desasosegante Sean Harris construyendo uno de esos antagonistas al viejo estilo. Uno de esos cabrones que mueven los hilos en las sombras, más listos que los ratones coloraos y que parecen incapaces de detener. Un Moriarty, un Dr. No, un hijo de puta con pintas que lleva la vida del protagonista al borde del desastre.

Por si esto fuera poco, unas cuantas set pieces se quedan en la memoria como muestra de lo que debe tener un buen guión de thriller. El cacareado y visto en el trailer vuelo de Tom agarrado a la puerta de un avión, como se ha dicho hasta la saciedad, sin dobles. Un juego de engaños y triples intenciones por las bambalinas de la ópera de Viena que recuerda por momentos a los juegos del maestro Hitchcock. Y un final emocionante y perfectamente ensamblado que redondea la peli de forma inmejorable.

Así, donde otros se empeñan en dotar a todo de realismo y se quedan a años luz de caballeros oscuros, Cruise lo tiene muy claro y ha venido a jugar. A jugar él y a jugar con nosotros. A que nos lo pasemos pipa. A que sigamos atentos a esa sonrisa pícara que no pierde hipnotismo con los años.

Ahora dice Sam Mendes, que volvía a dar brío al agente 007 en su última entrega, devolviendo la leyenda a su cauce, que lo ha preparado todo para ver el verdadero nacimiento de Bond tal y como lo conocemos en la siguiente entrega.

Veremos si también se deja de tanta seriedad y nos ofrece un poco de pirotecnia, que para eso han nacido estos superespías dispuestos a todo por salvar a la humanidad una y mil veces.

De momento Ethan Hunt lo ha hecho ya cinco y, viendo lo ágil que está, las que le quedan.

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