MIENTRAS SEAMOS JÓVENES

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Hay películas que se ven como autopistas rectas y sin cambios de rasante. El espectador sólo tiene que seguir un brillante camino de baldosas amarillas donde es muy difícil tropezar. Sin curvas, sin baches, sin peligro de animales saltando a la carretera, el viaje puede ser placentero o tornarse algo mecánico. Las escenas se prevén antes de que lleguen, los arcos de los personajes se barruntan y el destino es una casa rural a la que ya has ido un montón de veces. Puede que esta vez la hayan reformado un poco, le hayan puesto una piscina que no estaba o el chef del restaurante haya cambiado y la cena te vaya a saber un poco distinta, pero la sensación de ya haber estado ahí, perdura.

Otras son carreteras comarcales sin asfaltar. Tienes que ir con los cinco sentidos puestos en el trazado, los socavones te hacen saltar y pegarte cabezazos contra el techo, salen otros vehículos a toda velocidad de los numerosos cruces y las curvas son pronunciadas y están llenas de gravilla, con el consiguiente peligro de despeñamiento y vueltas de campana a lo largo de una ladera hasta algún riachuelo. Las tomas por la diversión de pilotar, por lo inesperado del camino y por la curiosidad del destino, ignoto y misterioso.

“Mientras seamos jóvenes”, la nueva película de Noah Baumbach, es un viaje del segundo tipo. Lo que parece, al mirar el mapa/trailer, una comedia indie con un punto de amargura, tiene muchas más ramificaciones, curvas y baches de lo que uno podría llegar a esperar. Los personajes son mucho más humanos que lo que el típico blockbuster de Ben Stiller suele contener, repletos de imperfecciones, manías, prejuicios y todos más perdidos que un toro en el medio de Tordesillas en el día equivocado. Los cuarentones que sienten que fingen en una sociedad que les pide encarecidamente que crezcan y se comporten como adultos, el veterano cortometrajista que, en un repaso a su carrera, reconoce haber tratado de buscar una verdad en su arte que jamás ha llegado a acariciar, a pesar de los premios que se agolpan en las estanterías, los jóvenes que viven en un mundo hipsterizado y tratan de reflejar valores que el mundo ya ha perdido y que sienten que, tras esa fachada, todo se desmorona, los padres primerizos que tratan de convencerse a sí mismos que un retoño es lo mejor que les ha pasado en la vida mientras se ven desbordados a cada instante. Un puñado de almas que toman decisiones apresuradas e irracionales bajo la mirada de un director que en ningún momento trata de moralizar ni dogmatizar, sino tan sólo de filmar pedazos de vida.

Y mientras estos personajes se emocionan y desencantan a cada paso vital, Baumbach nos habla de la pureza o artificialidad del arte, de lo efímero de las modas, de la nostalgia de una época que ni siquiera hemos vivido, de los cambios en las formas de comunicación, expuestas en estos días a la inmediatez y la viralización de cada fotograma grabado en nuestros teléfonos móviles, del camión de ocho ejes imparable que supone un paso del tiempo que no espera a que encuentres tu momento de dar el siguiente paso, de una sociedad que te marca el camino y te señala y se mofa en cuanto te sales de él, de la fragilidad de las amistades, que aunque se asienten en toneladas de experiencias, motes cariñosos y guiños de complicidad, pueden desmoronarse al menor atisbo de desconfianza, de la paradoja de una generación en torno a los cuarenta tecnoadicta y atenta a cada nuevo gadget que aparece en el mercado frente a otra en torno a los veinte que colecciona vinilos, cintas de vhs y muebles reciclados.

A todo ello nos acompañan de copilotos, asegurándose de que tomemos cada curva a la velocidad adecuada, la naturalidad y la verdad de Naomi Watts, la contención y el carácter magnético de Ben Stiller, el manierismo y el atractivo moderno de Adam Driver y la frágil belleza y el aura indie de Amanda Seyfried. Un poker de intérpretes que dotan de alma a unos personajes complejos y rematadamente humanos.

Estas carreteras no son fáciles de transitar, pero una vez superadas, nos dan más puntos de vista y más debates que decenas de las clásicas autopistas de piloto automático.

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