MIDNIGHT IN PARIS

 

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¿Qué será del año en el que Woody Allen no dirija una película? Ese año, cuando llegue, esperemos que dentro de mucho, mucho tiempo, se debería declarar luto cinematográfico. Cancelaría los Oscars, los Cesar, las Palmas de oro y todo premio del mundillo, pondría crampones negros en las salas de todo el mundo y deberíamos entrar a la sala con sus típicas gafas, hablando entre nosotros con ese estilo nervioso y atropellado que le caracteriza. Porque ese día echaremos de menos a un genio capaz de idear una historia diferente cada año, de asombrarnos con diálogos brillantes y ágiles y con la capacidad de poner a cualquier actor del planeta a sus pies. Creo que ni siquiera tengo una idea original al año y va el tipo y se casca un guión nuevo periódicamente desde el 69… un número muy indicado, por cierto.

Por mi parte, suelo hacer los deberes y puntualmente acudo a su cita, esperando que la musa le haya visitado. No siempre lo hace, desde luego, eso ya induciría a pensar en pactos con Lucifer. Vuelvo a repetir, desde el 69. No se puede estar inspirado continuamente. “El sueño de Cassandra” me aburrió y me dejó frío “Vicky, Cristina, Barcelona”, pero luego aparece en otras ocasiones con “Match point” o con “Si la cosa funciona” y sabes que merece la pena tanta expectación.

Después de las postalicas de Barcelona, en ese viaje turístico que nos está haciendo el Woody lejos de los rascacielos de su querida Nueva York, le ha tocado el turno a París. La diferencia le ha salido abismal. Esta vez la señora musa se ha sentado en su regazo y le ha llevado a escribir un cuento mágico, romántico, perfectamente enmarcado por la historia y el hechizo que vaga por las empedradas calles de la ciudad de la luz. Un alegato a la nostalgia, al espíritu bohemio y al surrealismo con un actor perfecto en ese eterno papel de alter ego del director, al que nadie se esperaba. Un Owen Wilson que creía empantanado en la comedia de trazo grueso que se destapa bajo las órdenes de Allen como un tipo sólido y natural, sin las muecas que le caracterizan. Nunca se había visto en un papel como este y mucho me temo que va a tener que esperar sentado antes de verse de nuevo.

No voy a contar de qué va y es que es mejor meterse en el mundo que nos propone Woody Allen a ciegas, dejándose sorprender por el encanto de la propuesta, aceptando esta nueva realidad de forma tan natural como el protagonista. Tan sólo decir que el personaje de Wilson es un guionista de Hollywood que intenta meter el hocico en el mundo de la literatura, amante de un espacio temporal ya pasado, escondido en las buhardillas de París y que tiene que lidiar con la preparación de una boda con una chica radicalmente diferente a él, más preocupada por los muebles de diseño que van a comprar antes de mudarse a una vida de clase alta en Malibú.

Como siempre, Allen rodea al asombrado prota de un montón de secundarios, apariciones y cameos de lujo, que se mueren por trabajar con él. Rachel McAdams, Marion Cotillard, Kathy Bates, Adrien Brody y sí, la esposísima francesa, Carla Bruni, en un papel anecdótico que apenas da para un par de planos, tanto que se había hablado de ella. Personajes que entran y salen de escena, regalando al protagonista la oportunidad de vivir un sueño y de hacerle comprender que no siempre se cumple aquella máxima que reza que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Un cuento moderno imborrable que demuestra que el genio del pequeño cineasta de la gran manzana posee un genio inagotable.

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