MI SEMANA CON MARILYN

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Debo tener alma de portera. Me encantan las biografías de famosos, escritas y en pantalla. Disfruto con las anécdotas de Peter Bogdanovich sobre las grandes personalidades del cine clásico, con los chismorreos de las estrellas, con los excesos de los rockeros. Me fascinan las vidas complicadas y rutilantes, me hipnotizan las amistades y las envidias del famoseo americano, en una mezcla entre mitomanía, melomanía y cinefilia que podría derivar en cualquier momento en paranoya esquizoide múltiple.

El caso es que luego, veo un famosete en persona y no voy corriendo a pedirle un autógrafo, ni me tatúo su nombre en la nalga, ni merodeo su casa con gafas de visión nocturna. Quizá me gusta más la parte de leyenda mezclada con el aura de estrella que la pura realidad, que suele quedarse gris y desangelada.

De entre todas las personalidades y épocas, una que me llama la atención poderosamente es la del Hollywood dorado. Esas grandes estrellas que se convirtieron en leyendas y se grabaron a fuego en nuestras retinas a base de películas en blanco y negro y Technicolor. Tipos que vivieron el fenómeno fan a nivel planetario como jamás nadie lo había logrado, alcanzando la categoría de deidades. Y de entre todas esas figuras, Norma Jean Baker, convertida por el estilismo y el márketing de los estudios en la inmortal Marilyn Monroe, fue una de las estrellas que brilló con mayor fuerza. A lo mejor más de la que podía soportar.

Basada en las notas de Colin Clark, un joven británico de poderosa determinación que consiguió el puesto de tercer asistente de dirección en “El príncipe y la corista”, el director Simon Curtis consigue, con su primer largo, una visión cercana y nostálgica de la insegura actriz. Una película que se ve beneficiada del increíble trabajo de Michelle Williams, que clava los gestos, la voz y el alma de Marilyn, que transmite esa sensualidad y esa fragilidad en cada mirada, en cada caída de párpados, en cada mohín.

Desde la primera aparición en pantalla, Marilyn (imposible pensar en Williams en ningún momento) enamora, transmite la necesidad de ser protegida de la cohorte de aduladores y rémoras que la rodeaban, del menosprecio de su recién estrenado marido, el dramaturgo Arthur Miller, del sufrimiento de afrontar un nuevo rodaje ante las miradas burlonas de sus compañeros de reparto, de las iras de un Lawrence Olivier que la admira y la rechaza a partes iguales. Si Marilyn no fue así, estoy seguro de que se le acercaba muchísimo.

Además, Marilyn/Williams no está sola. El trabajo de Kenneth Branagh interpretando al impulsivo Sir Lawrence Olivier es impresionante, Judi Dench, como siempre, deja su impronta de calidad en cada plano y Eddie Redmayne le da la réplica a la perfección. Curtis se introduce en el rodaje de la deliciosa comedia romántica y pone sobre el tapete la difícil vida de Norma Jean. Su lucha para que la tomaran como una buena actriz y no como una bomba repleta de sexualidad, su miedo a ser abandonada, su facilidad para enamorarse y romper corazones, su adicción a las pastillas, su carácter voluble y frágil.

Quizá, bien pensada, la película no tenga nada de especial, nada más que anécdotas de un rodaje vistas a través de los ojos de un chaval que pudo tocar con la punta de los dedos la luz de una de las mujeres más deseadas de la historia. Unas cuantas hojas de papel couché, de propaganda jolibudiense, de secretos contados a voces.

Quizá sólo sea eso… pero no he podido desprenderme de la sensación de haberme acercado un poquito a la personalidad y el talento de la inigualable Marilyn Monroe. No he podido evitar emocionarme y sentir la soledad de una chiquilla que puede que sólo quisiera que la tomaran en serio, que la quisieran por ser ella misma y no su versión del celuloide.

Quizá sea una película para mitómanos y porteras. Así que conmigo lo ha clavao.

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